COLUMNA

Sobre la destrucción creativa y más

Sabemos que los representantes de la patronal -ahora liderada por el empresario catalán Juan Rosell, al que nunca quedaremos suficientemente agradecidos- y de los sindicatos están de negociaciones para reformar el sistema de negociación colectiva. Esa reforma parece ser ahora la piedra filosofal que permitiría convertir en empleo el paro que nos invade hasta cotas del 20% de la población activa. Avanzan las manillas del reloj y se esperan con impaciencia los resultados. El Círculo de Empresarios, ese club emisor de doctrina económica, en su declaración del 13 de abril mantiene que habida cuenta de que el asunto es de capital importancia y afecta a la sociedad española en su conjunto debería evitarse que el debate se confinara a esos interlocutores. Propugna en consecuencia su discusión en el Parlamento. El objetivo es la mejora de la competitividad global. De manera que, siendo las relaciones laborales -y la reforma de la negociación colectiva- un factor decisivo para alcanzar esa meta, los representantes electos de todos los españoles con asiento en el Congreso de los Diputados deberían implicarse en lugar de reducirse a meros ratificadores de un acuerdo entre partes.

Todo son invocaciones a la disonancia de la estructura de la negociación colectiva respecto a las de los países de nuestro entorno y a la inalterabilidad en los últimos 35 años. Pero la idea de caducidad ineluctable, ligada a la fecha de su puesta en marcha, también debería revisarse. Porque ahí está el teorema de Pitágoras, el cálculo de probabilidades, la declaración de derechos humanos o el principio de Arquímedes que resisten sin necesidad de actualización alguna. Además de que las actualizaciones pueden ser según en qué casos regresiones. Por ejemplo, se trata de que los salarios no se acompasen con el índice de precios al consumo sino en función de la productividad. Pero este principio tampoco se quiere de aplicación universal. A los grandes ejecutivos se les deja aparte de manera que pueden haber conducido a sus organizaciones a la ruina y conservar salarios astronómicos con bonus añadidos sin causa alguna. Se dice que los empresarios se caracterizan por la asunción de riesgos pero los apuntes tomados del natural más bien indicarían en muchos casos que a quienes arriesgan es a los demás, quedándose ellos por completo a cubierto, indemnes cualquiera que sea el estrago que hayan causado.

Así que a la negociación colectiva se le ven muchos inconvenientes pero su eliminación nos llevaría por el plano inclinado hacia el esclavismo. Pensar en una negociación salarial que merezca tal nombre en el seno de las pequeñas empresas es por completo ilusorio. De acuerdo en que, como dijo Tony Judt, el comunismo profanó y saqueó la herencia radical e impulsó una desviación dictatorial que marcó su pervertida puesta en práctica durante el siglo XX. Por eso, que hoy nos enfrentemos a un mundo carente de un relato elevado de progreso social y de un proyecto de justicia social políticamente plausible, se debe en gran medida a que Lenin y sus herederos envenenaron el pozo. Pero si las respuestas y la praxis se han probado por completo inválidas, las preguntas originarias siguen interpelándonos. El libro de Tristram Hunt El gentleman comunista. La vida revolucionaria de Friedrich Engels que acaba de traducir la editorial Anagrama, permite recuperar muchas de esas reflexiones. Lanzarse por el tobogán de Joseph Schumpeter adicto a la destrucción creativa sin otra pieza de resistencia que la capacidad transformadora del empresario, requiere tanta osadía como ingenuidad.

También nos ayudan en nuestras meditaciones las palabras atribuidas al señor Alcalde de la Villa y candidato a reincidir, Alberto Ruiz Gallardón. No sabemos con exactitud que haya dicho sobre los sin techo, ni tampoco a qué cuestiones intentaba dar respuesta. Pero, en todo caso, el soneto de Miguel Hernández ya confesaba aquello de "Yo sé que ver y oír a un triste enfada cuando se viene y va de la alegría". Otro tanto podría decirse respecto de los pobres, cuando se viene y va de la prosperidad. Porque la pobreza extrema para nada es una extravagancia inexplicable, sino el resultado de un proceso gravitatorio. Los pobres no deberían ser vistos como sorpresa, son mera consecuencia. Otra cosa es que algunos querrían retirarlos ahora como si se tratara de residuos sólidos urbanos.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista