COLUMNA

Economía y política en Portugal

Hay ocasiones en que la rapidez con que los mercados financieros reaccionan a los acontecimientos puede resultar una bendición. Claro es, que este es el caso cuando sus reacciones son positivas. Así ha sucedido tras la dimisión del primer ministro portugués, José Sócrates, a pesar de que considerada objetivamente, en el contexto en que se ha producido, cabía prever reacciones mucho menos favorables que la que hemos presenciado.

Que la economía portuguesa precisaba de un ajuste riguroso es difícilmente discutible: desde la explosión de la crisis griega, la creciente percepción de una potencial necesidad de reestructuración de su deuda ha generado una elevación gradual de su prima de riesgo país, elevando la rentabilidad exigida por los mercados hasta el 8%. Con expectativas de reducido crecimiento en los próximos años, tal coste de servicio de la deuda no es sostenible, y se hace necesario un descenso drástico del déficit, reduciendo el gasto y elevando impuestos. Si el gobierno no es capaz de hacerlo, o el problema se ha agravado suficientemente, se hace preciso algún modo de rescate por parte de la UE. La ayuda puede revestir diversos formatos alternativos, y los mercados vienen especulando desde hace meses acerca del modo en que el rescate a Portugal pudiera instrumentarse.

Es en este contexto en el que el primer ministro portugués lanzó un envite al Parlamento, sometiendo a votación un paquete de medidas de ajuste y anticipando su disposición a dimitir en caso de no ser aprobado. Una situación que recuerda la votación del Congreso español sobre el primer paquete de medidas de ajuste, que se aprobó por muy reducido margen. Como en aquél caso, sorprende que la oposición anteponga el incentivo a disponer de elecciones anticipadas, en previsión de ganarlas, a la urgencia del necesario ajuste económico. Parecería que el rigor político debería conducir a aprobar el paquete propuesto o a proponer uno alternativo, apoyándose en la expectativa de ganar el debate.

Pero el resultado ha sido otro, y el país vecino ha abierto una crisis de gobierno. Más criticable aún es la actuación del primer ministro, quien tenía dos opciones: una, cerrar un acuerdo con la UE y ofrecer su puesto al Parlamento como contrapartida, resolviendo la crisis financiera antes de abrir la crisis política. Alternativamente, existía la opción que ha seguido: imponer la resolución de la crisis política antes de resolver la crisis financiera. La secuencia escogida no es en modo alguno irrelevante: al elegir la segunda opción, el gobierno portugués ha introducido innecesariamente elementos de incertidumbre. Desaparece a todos los efectos el interlocutor portugués con la UE, por lo que la resolución del problema presupuestario deberá esperar a la celebración de las elecciones y posterior formación del gobierno. Las crisis económicas en general, y las presupuestarias muy en particular, se deterioran con el paso del tiempo. En consecuencia, el alargamiento del plazo de resolución introduce escenarios a medio y largo plazo que no habría sido preciso considerar si la crisis presupuestaria se hubiese resuelto previamente. Ahora, la incertidumbre acerca del coste de resolución del problema es significativamente superior. Incluso las deliberaciones acerca de la reforma del fondo de rescate europeo serían mucho más concretas si el problema portugués se hubiese resuelto previamente. La mayor incertidumbre tiene potenciales implicaciones para España, al deteriorar la cuenta de resultados de los principales tenedores de deuda portuguesa, entre ellos los dos grandes bancos españoles. Eleva asimismo la posibilidad de que se desarrolle en los próximos meses algún suceso negativo para España, bien como consecuencia del elevado coste de cerrar el problema presupuestario portugués cuando se consiga, o de una nueva crisis estructural en algún país de la UE. En todo caso, la verosimilitud de que se manifieste un escenario de tal naturaleza no es en estos momentos muy alta. Es, por tanto, enormemente positivo que la reacción inicial haya sido mínima: la prima de riesgo se ha mantenido por debajo de los 200 puntos básicos, el mercado de valores y, en particular, las cotizaciones de los grandes bancos ha repuntado, al igual que ha sucedido en los restantes mercados europeos, incluido el portugués. Debe interpretarse que un determinado tipo de reestructuración de la deuda portuguesa ya ha sido descontado por los mercados, pero también que, salvo contingencias ahora mismo no previsibles, la llamada crisis de la deuda periférica termina en Portugal.

Alfonso Novales. Catedrático de Análisis Económico de la Universidad Complutense. miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas