Literatura

Los escritores buscan ventas directas

Las tecnologías hacen posible formas alternativas de interacción entre creador y lector, con más beneficio para el primero.

Desde hace nueve años, el escritor de literatura fantástica Bruce Holland Rogers consigue un simpático sobresueldo gracias a su servicio de suscripción a cuentos. En la actualidad, más de 700 lectores de todo el mundo, con un índice de renovación anual de más del 80%, le pagan diez euros al año para que les envíe cuentos. Rogers les remite tres relatos al mes, 36 al año, a través de e-mail. No les impide la copia ni les exige nada. Es dinero directo al bolsillo del autor, que luego comercializa algunos de los relatos en forma de libros.

Al igual que Rogers y su web short-shortshort.com, un creciente número de autores está empleando las tecnologías que parecían haberse puesto en su contra, al favorecer las copias, para cambiar su relación con el lector. Todavía es un movimiento tímido, pero la tendencia es evidente: con un reparto de ingresos que hace que solo un 10% del PVP vaya a sus bolsillos, los creadores desconocidos tienen poco que perder si apuestan por otros canales que todavía no están maduros, pero garantizan ingresos más altos en caso de éxito moderado.

Ya existen ejemplos significativos. El más contundente es el de Amanda Hocking, una joven de 27 años que escribe lo que en Estados Unidos se conoce como "romance sobrenatural": novelas de amor con vampiros, en particular. Hocking lleva vendidas 900.000 copias de sus nueve novelas, autoeditadas, a través de iTunes, con precios entre un dólar y tres. La tienda de Apple da al proveedor de contenidos un 70% de los ingresos, con lo que Hocking se ha hecho, cuando menos, millonaria en el último año. Y el fenómeno solo está comenzando: en enero, último mes totalmente registrado, vendió 450.000 ejemplares.

En España, las dos novelas que mejor han vendido por ese canal han superado los 65.000 ejemplares: Enemigo de Dios, de Juan Gómez Jurado, y Apocalipsis Z, de Manuel Loureiro, ambas con precios en torno al euro y medio. Los dos autores son ahora promotores de la iniciativa 1libro1euro.com, en la que es posible descargar esos textos gratis y solo se pide que se destine un euro a una ONG a cambio.

Esta misma semana, Diario de un zombi, de Sergi Llauger, está en el puesto 37 de las aplicaciones más vendidas para iPad en España. A todo este movimiento comienzan a sumarse algunos autores conocidos: el primero es Lorenzo Silva, que ha puesto una selección de sus libros a cuatro euros a través de Leqtor.com. En general, la paridad anunciada en su momento entre el precio electrónico y el de papel se resquebraja: los últimos best sellers de Umberto Eco o Ken Follet cuestan un 40% menos si se compran como ebooks.

Sin embargo, también hay nuevos canales para el libro de papel. Por ejemplo, el crowfunding, la búsqueda de lectores-mecenas que se promueve desde webs como lanzanos.com. Santiago Eximeno, uno de los más notables escritores nacionales de terror, pidió 666 euros para publicar su novela Condenados, y ha conseguido 1.081 en donaciones. Los mecenas tendrán ejemplares en papel y dedicados, mientras que la novela puede descargarse ya gratuitamente en formato electrónico. "Ha sido una experiencia gratificante, con una respuesta inesperada de los lectores. Estoy animado a repetir, con nuevas regalías para quienes actúen como mecenas", señala.

Otra opción es el creciente impacto de la autoedición. Bubok, una de las empresas de más éxito en el sector, lleva más de 120.000 ejemplares vendidos. Uno de los longsellers de la casa es Friso, el aprendiz de cetrero, de Ángel Remón. "He podido publicar el libro exactamente como yo quería y he obtenido más beneficio por las ventas", explica; de hecho, la norma es que el autor se quede con el 80% del PVP. Remón solo hizo promoción por internet, y el boca a boca entre los interesados por su actividad, la cetrería, le ha bastado para conseguir ventas que le animan a repetir la experiencia.

Glosario de nuevos canales

Creative Commons (CC). La licencia pública más extendida. En resumen, el autor permite la libre copia de un contenido, siempre que se cite su procedencia y no se utilice comercialmente.

Licensing for Commons. Una de las incontables variantes del CC. El autor destina parte de sus derechos a una causa social.

Crowdfunding. El contenido se publica una vez se consigue que el suficiente número de lectores cubra con sus pagos de manera conjunta una cantidad prefijada.

Autoedición. El autor encarga a una empresa la edición del libro y paga por los ejemplares que quiere, en número ampliable a través de print on demand.

Libros en la nube. El lector no puede descargar los textos, sino que los lee online al conseguir acceso pagando una cantidad, bien mensual, bien por título.

Amazon. Gigante a la vista para abrir puertas

La experiencia de las editoriales españolas con sus canales de venta de ebooks puede describirse hasta el momento como decepcionante, según analistas del sector, debido a la rigidez de precios y a la inadecuación de la oferta. El escenario, además, cambiará a toda prisa con el esperado desembarco de Amazon en España para finales de este año.

En Estados Unidos, Amazon y su Kindle se han sumado a los tablets, encabezados para el iPad de Apple, para conseguir ventas verdaderamente significativas de libros electrónicos: en estos momentos, la librería virtual vende una cantidad similar en este formato y en tapa dura.

Además, Amazon se ha convertido en mecenas para la presencia de escritores extranjeros en su librería estadounidense. Las traducciones son allí un fenómeno relativamente infrecuente, y Amazon las impulsa con su servicio Amazon Crossing, que por el momento ha publicado en formato de bolsillo una veintena de títulos. Uno de ellos, La hija del verdugo, de Oliver Potzsch, se convirtió durante un par de semanas a fines del año pasado en el libro más vendido de la web. Amazon ofrece también a los escritores un trato especial, con el 30% del precio destinado al creador. Por el momento, solo ha publicado un libro español, Soy una caja, de la barcelonesa Natalia Carrero, así como otro del economista argentino Martín Redrado.