Manuel Pimentel

El árbitro de la discordia

El Exministro Popular ha reaparecido fugazmente en el ámbito de la conflictividad laboral. Su mediación en las negociaciones entre AENA y los controladores ha tratado de nivelar siete años de discrepancias

El árbitro de la discordia
El árbitro de la discordia

La partida parecía en un principio de ajedrez. Alfiles al ataque, de un lado, las torres de control aéreo. Rey soberano en jaque, del otro, la empresa pública encargada de su gestión. Sin resolución en la mesa, el juego pasó a lances más físicos tras el último caos generado en las pistas españolas, el pasado mes de diciembre. Por eso se hizo necesaria la figura de un árbitro, capaz de dirimir -imparcial y sereno-, lo visceral de la contienda. Y esa es la función que ambas partes acordaron adjudicar en febrero a Manuel Pimentel, de 49 años.

Con un mes exacto de plazo, el sevillano ha tenido que resolver los puntos más conflictivos en los contratos de los trabajadores. Su laudo, aunque desigual según las pretensiones de los últimos, abre las puertas a un segundo convenio que sustituirá al extinto de 2004. Comprometida tesitura, la del exministro de Trabajo, que hace año y medio rechazaba de plano en una entrevista a El País ser árbitro "de nada". La negativa hacía mención en este caso a otro desencuentro: su salida del Partido Popular en 2003, justificada por las fricciones con Aznar acerca de la guerra de Irak.

Relativista frente a la verdad absoluta del metafísico -"prefiero el concepto de perplejidad", ha llegado a decir-, Pimentel entró en política apadrinado por su paisano Javier Arenas. Su elección ideológica venía marcada por una estancia universitaria en Israel como cooperador en un kibutz (comuna agrícola) socialista. La moraleja: "Allí descubrí que no soy de izquierdas". Y respecto a los asuntos de fe, guarda cierta distancia pese a su educación en colegios del Opus. "Mantengo una espiritualidad base, he dejado la práctica religiosa, pero no tengo ningún trauma escolar, desde luego", espetó en una ocasión.

Fue diputado en el Parlamento de Andalucía en dos legislaturas y secretario general del PP en la región entre 1990 y 1994. Después ocupó la secretaría general de Empleo desde mayo de 1996 hasta enero de 1999, momento en el que saltó al Ministerio de Trabajo. Su paso por la cartera social duraría poco más de un año. El motivo, de nuevo, las discrepancias con Aznar: la percepción en materia de inmigración del expresidente no cuadraba en su mira. Y la carta de dimisión, la primera y única en aquella cúpula, llegó antes a los medios que a La Moncloa.

Hiperactivo y polifacético, ha estado ligado a multitud de proyectos empresariales. Lo mismo preside el consejo regulador de la denominación de origen del vino de Montilla-Moriles que escribe una novela histórica entre Granada y Tombuctú. Lo primero le viene de su primera formación, la de ingeniero agrónomo, que amplió con Derecho y una diplomatura en Dirección de Empresas. Lo segundo, en parte como vía alternativa para divulgar ideas sociales, en parte como redención pasional tras el chasco político.

En su historial emprendedor figura la fundación de varias empresas de ingeniería, antes de su incursión en política. Y hasta el abandono del partido, su reenganche en el ámbito como copresidente de dos compañías: las andaluzas Detea, activa en campos diversos como la construcción, la ingeniería agrícola y las energías renovables; y Arión, un fabricante de software empresarial. En esta última se puso a las órdenes de Juan Manuel Rufino, a quien conoce desde la infancia. El presidente del grupo sorprende al revelar detalles de su colega como una "timidez extrema", matizada por un sentido del humor "muy fino". Y subraya su condición de estudiante brillante, pero "de los que no querían destacar".

Su editorial, Almuzara, es ahora su principal dedicación. De los talleres que abrió en Córdoba hace ocho años han salido más de una docena de libros suyos de temática variopinta, ya sean relatos, novela, narrativa infantil o ensayos. El sello divulga además los escritos de eruditos contemporáneos, algunos de ellos antagónicos a su visión del mundo, reflejada en sus columnas habituales en CincoDías. A pesar de las puñaladas de la crisis -que le han llevado a varias situaciones de impago-, impera el entusiasmo. Antonio Cuesta, el director, aún recuerda el día en que llegó el camión con los primeros libros. "Manolo dio un salto de la silla como un colegial cuando tocan el timbre al final de clase", cuenta. Para este veterinario de formación, los adjetivos que mejor definen a su jefe y amigo son: "campechanía, inteligencia y, sobre todo, capacidad sobrehumana de trabajo".

De vida frenética pero sencilla, vive con su familia -casado y con una hija- en su finca a ocho kilómetros de Córdoba, donde tiene una explotación ganadera y unos terrenos para turismo ecuestre, que reciben el mismo nombre que su editorial. Cuesta, que le conoció "en medio del campo", destaca su habilidad en la caza. "La modalidad que más le gusta es el rececho: salir a buscar el animal a la sierra y andar el tiempo y los días que sean necesarios. Es de los que abre monte", explica. Y ahí no queda la cosa; Pimentel es también piloto, espeleólogo, arqueólogo aficionado y un "fantástico jinete", asegura Cuesta.

Desde su microcosmos rural, en casi dos horas se planta en Madrid con el AVE para sus habituales charlas, conferencias y negociaciones. Nada de política. "No volveré, no tengo talento", advertía en 2009. Atrás queda su reinmersión a través del Foro Andaluz, que fundó hace seis años, sin conseguir representación alguna en las elecciones al Parlamento de 2004 y 2008. En la fórmula del arbitraje laboral, sin embargo, ha sentado precedentes.