EDITORIAL

Una inaceptable sangría de talento

El desánimo empieza a calar intensamente entre los universitarios españoles, intimidados por la evidente falta de alternativas para desarrollar sus carreras profesionales actualmente en España. Se comprende que una buena parte de ellos -probablemente los más audaces y emprendedores- contemplen la emigración hacia países como Alemania, Francia o Reino Unido, entre otros, como la mejor salida en estos momentos. Es una respuesta lógica si tenemos en cuenta que aquí se acumulan tasas de paro juvenil del 40%, casi el doble de la media de la UE, y equivalente a la de países como Egipto o Túnez. Además, la falta de ofertas no es la única motivación para buscar trabajo en otras latitudes. Los licenciados probablemente solo podrán aspirar en los próximos años a empleos mileuristas en España frente a salarios muy superiores en otros mercados. Y profesionalmente menos atractivos, especialmente en actividades tecnológicas ligadas a procesos innovadores y de investigación.

De momento, la respuesta que el Gobierno ofrece a los trabajadores más jóvenes es el plan de choque aprobado el viernes cuyas propuestas son bonificaciones a las empresas que les contraten a tiempo parcial y subsidios de 400 euros al mes cuando agoten la prestación contributiva. A cambio, deben comprometerse a seguir un plan de formación; algo absurdo tras meses, o incluso años, registrados en las oficinas del paro donde, en teoría, deberían haber accedido ya a procesos de formación. Una perspectiva poco halagüeña para un joven que acaba de terminar una carrera.

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, recibió con satisfacción la reciente oferta de la canciller alemana, Angela Merkel, de contratar universitarios españoles en empresas de su país. En realidad, debería haber sentido una profunda decepción, pues es triste que una de las 10 primeras economías mundiales no sea capaz de contratar a sus licenciados. La obligación de todo país, y de sus Gobiernos, es retener el talento nacional e, incluso, atraer el foráneo como principal garantía para elevar la competitividad económica y desarrollar nuevas oportunidades de negocio. Por contra, cada español que cruza las fronteras se convierte en un problema menos para un Ejecutivo incapaz de reducir las cifras del desempleo.

Cualquier trabajador, universitario o no, tiene el derecho, incluso el deber, de aspirar al mejor empleo posible. Ya sea dentro o fuera de su país. En este sentido, la oferta alemana es motivo de orgullo pues, en una lectura positiva, supone el reconocimiento de la capacidad profesional de la mano de obra española. No obstante, emigrar debería ser una elección facilitada por la Unión Europea -como sucedía hace tan solo unos años atrás- y no una obligación como empieza a detectarse por muchos licenciados. Supone un fracaso de consecuencias impredecibles, pues el talento que huya en estos años disminuirá las posibilidades de recuperación a corto y medio plazo.

Ciertamente, las generaciones actuales son las mejor preparadas de la historia y deben ampliar geográficamente su mercado laboral. Por desgracia, corremos el riesgo de retroceder, dado que la formación en España muestra deficiencias preocupantes que empiezan a mermar la competitividad de las empresas y de la mano de obra autóctonas. Hoy es evidente que el sistema educativo no cubre las necesidades de una sociedad que aspira a competir entre las economías más desarrolladas del mundo. Lo que exige una capacitación excelente, algo que no ofrece ni la formación profesional ni la universidad española, como detectan sistemáticamente las estadísticas europeas sobre niveles educativos.

Ángel Gabilondo, ministro de Educación, ha empezado a alertar de la ineficiencia de mantener 74 universidades en España. Semejante dispersión de recursos, tanto económicos como humanos, explica que ninguno de los campus públicos españoles se encuentre entre los cien mejores del mundo. Es preciso que los partidos políticos recapaciten sobre este despilfarro que pone en peligro el desarrollo económico y la creación de empleo sólido a medio plazo. Si no, emigrar seguirá siendo una de las alternativas más atractivas, cuando no la única opción inteligente, para los jóvenes.