COLUMNA

Se puede alcanzar un acuerdo en pensiones

Parece que esta vez va en serio. Tras varios intentos fallidos de diálogo social, sindicatos y Gobierno, a los que se les está incorporando la CEOE, negocian a cara de perro la necesaria reforma de pensiones que debería estar lista antes de finales de enero. Y digo que esta vez va en serio porque en anteriores ocasiones no lo fue. El diálogo social del verano pasado no fue más que la crónica de un fracaso anunciado. Los agentes sociales no estaban por la tarea y, además, le tomaron la palabra a un Gobierno desconcertado que había anunciado que sin el acuerdo de las partes no tocaría ninguna norma social ni laboral. Al final, todo terminó como el rosario de la aurora. Los empresarios, descontentos con una reforma laboral que consideraron tibia e insuficiente, y unos sindicatos tan irritados que convocaron una huelga general de discreto seguimiento.

Pero la vida continúa, y el diálogo social jamás puede congelarse. Las partes deben estar a la altura de las circunstancias y avanzar según lo hace la historia y sus circunstancias. Afortunadamente, parece que nos hemos alejado de esa negra etapa para adentrarnos en un momento más esperanzador. A pesar de las dificultades y de la tremenda distancia que los separa, algo parece indicar que, en esta ocasión, el acuerdo sería posible.

Vayamos por partes. La nueva CEOE va a estar interesada en participar en un pacto de pensiones que estabilice el sistema a medio plazo y que tranquilice a nuestros acreedores financieros. A cambio, exigirá que no se retroceda en los ligeros avances que obtuvieron en la pasada reforma laboral, al tiempo que ponen sobre la mesa su ansiada reducción del importe de las cotizaciones sociales. Rosell comenzaría con un excelente pie si logra cuadrar esa ecuación. Estoy convencido de que si le dejan campo de juego, y deben dejárselo, se dejará la piel en ello.

A los sindicatos, por otra parte, no les interesa para nada la convocatoria de otra huelga general que saben fracasada de antemano. La parroquia ya ha descontado mentalmente la progresiva elevación de la edad de jubilación, y lo único que quiere es que le garanticen que cobrará su jubilación y que la modificación no se hará de forma brusca y repentina.

El Gobierno, que no puede renunciar bajo ningún concepto a los 67 años -porque es necesario y porque ya se comprometió con Bruselas- puede trabajar con los periodos transitorios y está dispuesto a jugar esa baza. Los sindicatos se centrarán en conseguir excepciones a esa norma general. Así, parece que hay avances en mantener los 65 años a los trabajadores que hayan cotizado durante más de 40 años y seguro que están tras la pista de otros colectivos similares, como podrían ser los de trabajos penosos. El Gobierno tiene margen de maniobra en este campo y los sindicatos lograrán arrancarle concesiones a buen seguro.

Aunque las espadas están en alto -el Gobierno ha anunciado que con acuerdo o sin él habrá reforma, y los sindicatos siguen amagando con una huelga general-, asistimos a la liturgia clásica del acuerdo posible. Nos alegraríamos de que así fuera. Un acuerdo de esta naturaleza y entidad tendría una influencia muy beneficiosa tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, y abonaría una muy necesaria recuperación de la confianza.

No debemos vender la piel del oso antes de cazarlo, y aún existen escollos y dificultades que salvar. Pero, además, debemos tener muy en cuenta dos importantísimas cuestiones previas. La primera es que no podemos retroceder en lo contemplado en la reforma laboral. Hacer una contrarreforma vía reglamentaria al estilo de Romanones abonaría el desconcierto de empresas y asesores, escépticos ante el baile de la yenka que supone tanto pasito adelante y pasito atrás.

Segundo, y aún más importante, el Gobierno debería hacer partícipes del posible acuerdo a los restantes partidos políticos, resultando del todo obligado con el PP. No puede limitarse a presentar en las Cortes un texto del que hubieran estado del todo ausentes. El Gobierno debe compartir la decisión, y la oposición debe realizar el mayor esfuerzo por apoyar un acuerdo que a todos nos beneficiaría. Sería la primera imagen de cordura y altura de miras colectiva en mucho tiempo, y es precisamente el diálogo social quien puede regalárselo a los españoles.

Manuel Pimentel