EDITORIAL

Bernanke, el mejor aliado de Obama

La economía ha sido el auténtico juez en la mayoría de los procesos electorales que se han dirimido en los dos últimos años. La dureza de la crisis ha puesto en revisión las tendencias electorales puntuales de millones de ciudadanos en todo el mundo, e incluso los líderes políticos que habían despertado ilusión en dimensiones desconocidas, ya con la crisis devorando los niveles de bienestar de la gente, han sido víctimas de la cruda realidad. Barack Obama es el mejor ejemplo de ello: con un avance de la tasa de paro desde el 6% al 10% en los dos últimos años, los estadounidenses, que echan en sus propias espaldas la responsabilidad de encontrar empleo cuando lo pierden, han dado un serio toque de atención a su presidente para que ponga más énfasis en la economía. Pese al activismo de los republicanos más radicales, apalancados en el movimiento del Tea Party, más de 30 millones de ciudadanos centristas han retirado el sufragio al presidente demócrata, y exigen un nuevo esfuerzo para resolver los problemas de la economía, sin que por ello rechacen el apoyo a sus iniciativas de carácter social y reformista.

A partir de ahora, su gestión deberá estar en parte acoplada a los deseos de los republicanos, que han recuperado la mayoría de bloqueo en la Cámara de Representantes. Los conceptos de humildad, consenso, diálogo y cesión de posiciones volverán a la política norteamericana, especialmente en materia económica, sobre cuyos contenidos ya adelantó las líneas básicas ayer el nuevo presidente de los congresistas, John Boehner. La iniciativa privada recuperará terreno, se modificará todo el mapa de deducciones fiscales, tanto para rentas altas puestas en marcha en el pasado como para las rentas más modestas, y el Estado perderá presencia en la economía. Obama cederá, por tanto, autonomía y herramientas para recuperar con sus métodos la economía norteamericana, especialmente los de carácter fiscal.

Pero Obama encontró ayer un aliado de excepción. Mantendrá al apoyo de una política monetaria muy activa con la recuperación de la economía, a juzgar por la decisión que anunció el presidente de la Reserva Federal, Benjamin Bernanke: una segunda ronda de expansión cuantitativa. Como esperaban los mercados financieros, la Fed pondrá un volumen de dinero en circulación por valor de 600.000 millones de dólares (425.000 millones de euros) en el próximo año para recomprar títulos de deuda pública y privada, con la intención de evitar una recaída en la recuperación de la actividad.

La nueva inyección de dinero público en el sistema, que sigue a la de hace un año aunque con menor intensidad, pretende revertir una situación económica en la que "la recuperación es decepcionantemente lenta", y que no tiene los efectos esperados sobre el empleo.

Pretende de camino evitar el fantasma de la deflación con una reducción de los precios de los bonos y del coste de la financiación. Puede tener, eso sí, efectos secundarios en el medio plazo sobre los precios, aunque algunos expertos consideran que las autoridades monetarias pueden también utilizar los títulos ahora comprados como bálsamo contra la propia abundancia de liquidez sacándolos al mercados cuando vuelva la amenaza inflacionista. Un cuchillo que corta por los dos lados, por tanto.

Tiene, eso sí, el riesgo de avivar la soterrada guerra de divisas existente por las resistencias chinas a flexibilizar su tipo de cambio, ya que la pérdida de valor del billete verde con esta expansión cuantitativa deberá ser absorbida por el euro, el yen, la libra y el franco suizo. Una apreciación adicional del euro pone en riesgo serio el potencial exportador de las economías europeas, especialmente aquellas que han sobrepasado ya el umbral del dolor, como es el caso de España, que siempre ha considerado que un euro que costase más de 1,3 dólares empezaba a ser perverso para las ventas exteriores.

El presidente de la Reserva Federal, estudioso como es de la Gran Recesión de 1929, no quiere que esta vez la economía entre en una segunda recesión, ni que se estanque unos cuantos años como hizo la japonesa en los noventa. Pese a engordar el balance de la Fed en unas dimensiones desconocidas, el primer mandamiento es ahora rescatar el crecimiento, con una reducción de los tipos de interés, aunque sea como el método más heterodoxo posible.