COLUMNA

Exportaciones

Desde finales de los noventa hasta 2007 el sector privado español se endeudó de una forma extraordinaria. Lo hicieron las empresas no financieras (que en 2007 registraban un endeudamiento casi 9 veces su excedente de explotación), las economía domésticas (que alcanzaron una deuda del 130% de su renta bruta disponible) y las entidades financieras (que pasaron en 7 años de unos pasivos ajenos distintos de los depósitos 3,5 veces su valor añadido bruto a casi 21 veces). Estas últimas se endeudaron mayoritariamente en el exterior y esos fondos fueron utilizados en la sobrefinanciación del sector privado. Se endeudaron tanto en el exterior como con el sistema bancario español.

Esa masiva entrada de capitales que financió una robusta demanda interna tuvo como contrapartida un deterioro de la balanza por cuenta corriente que superó el 10% del PIB en 2007. A ello contribuyó la apreciación del tipo de cambio real debido a la mayor inflación española, causada por las deficiencias estructurales en los mercados de servicios y de trabajo.

En la crisis, el ajuste del desequilibrio exterior se está produciendo por reducción de la demanda interna, que disminuye el nivel de las importaciones. Apenas ha habido ajuste en el tipo de cambio real, a diferencia de lo que ocurrió en 1992-93.

La superación de los desequilibrios en los balances de los sectores privados (y del que se está generando en el sector público) y la corrección del desequilibrio exterior necesitan crucialmente una intensificación del esfuerzo exportador. De lo contrario, el desequilibrio exterior representará una restricción activa al crecimiento y a la creación de empleo y, con ello también, a la superación de los desequilibrios en los balances.

La evolución de las exportaciones en los últimos años arroja justificadas dudas sobre la capacidad de la economía española para diversificar su base exportadora e incrementar de forma sostenida las ventas al exterior.

Durante el auge que finaliza en 2008, el comportamiento de las exportaciones fue relativamente pobre, excepto las de los servicios no turísticos que crecieron a tasas altas, suponen ya el 20% de las exportaciones totales (más que el turismo) y han ganado cuota en el mercado mundial, lo cual es un elemento muy positivo. Las exportaciones de bienes se fueron desacelerando y han perdido cuota desde 2003 y el turismo experimentó un claro estancamiento.

Con algo más de perspectiva, la aplicación a la experiencia española de la interesante metodología sobre la dinámica de desarrollo realizada por Ricardo Hausmann muestra que entre 1980 y 2000 se ha producido una importante diversificación de las exportaciones españolas, pero que su grado de sofisticación es relativamente limitado. Piensa Hausmann que la relativa cercanía (en términos de las capacidades necesarias para producirlos) de muchos productos podría indicar la posibilidad de expandir la base exportadora hacia productos más sofisticados, en los que se podría llegar a competir con países que pagan salarios más elevados que en España. Pero pienso que lograr eso necesita de un mayor dinamismo empresarial. La experiencia de los últimos 15 años no es muy esperanzadora, si quitamos la comentada expansión de las exportaciones de servicios no turísticos, entre las que los servicios a empresas han crecido notablemente.

Un mayor dinamismo empresarial y aumentos en el I+D+i serían la clave para alcanzar ese objetivo. Los incentivos para la dinamización empresarial están condicionados por un deficiente marco institucional y por valores inadecuados: la ineficacia y excesiva burocratización de la Administración, la impunidad con la que actúan algunos funcionarios, la falta de confianza en la justicia, la regulación laboral que la última reforma sólo mejora marginalmente, la deficiente competencia en algunos sectores, la corrupción y el clientelismo político, la escasa valoración social del empresario emprendedor, la primacía en la seguridad del puesto de trabajo en lugar de en el desarrollo de la iniciativa. Estos factores -y otros similares- condicionan negativamente el dinamismo empresarial, y contribuyen poderosamente al atraso en la incorporación de nuevas tecnologías. Siendo ésta la causa inmediata del menor avance de la productividad.

Un mayor esfuerzo en I+D+i no es la solución al problema de la productividad, pero sí en cambio es crucial para ampliar y hacer más sofisticada nuestra base exportadora. Hay evidencia de la relación entre empresa que innova y empresa que exporta, siendo probablemente la causalidad bidireccional. En teoría, podrían definirse políticas complementarias para avanzar en esa sofisticación, pero su éxito está lejos de estar garantizado, especialmente si no mejora el mencionado marco de incentivos.

Carlos Sebastián. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad Complutense