TRIBUNA

La vida después de Lula da Silva

Este domingo han tenido lugar en Brasil elecciones generales, incluida la primera vuelta de las elecciones a la presidencia que supondrán el retiro del presidente Luiz Inácio Lula da Silva tras ocho años en el poder. Durante su mandato Brasil se ha convertido en uno de los países más exitoso del mudo, una máquina de crear riqueza y empleo que marcha a todo tren. En 2009, pese a la crisis, se crearon casi un millón de nuevos puestos de trabajo, y este año se espera que la economía brasileña crezca entre un 7 y un 8%.

El culto a Lula se ha convertido en un fenómeno global, y hasta Obama le ha denominado "el político más popular de la tierra". Lula se ha convertido en el símbolo de la transformación del país en la última década, en la que ha dejado atrás sus complejos históricos de inferioridad, y se ha convertido en una potencia emergente, activa y confiada en la arena internacional. Aunque las bases del milagro económico se sentaron durante el mandato de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, Lula ha capitalizado gran parte del éxito.

Pese a la retórica izquierdista y anticapitalista de su discurso antes de llegar al poder, durante su mandato Brasil ha sido un modelo de políticas macroeconómicas ortodoxas que se han enfocado en reducir la inflación, pagar la deuda, y desarrollar las condiciones que han permitido a las empresas brasileñas competir internacionalmente (la oferta reciente de Petrobras de 67.000 millones de dólares es la mayor de la historia mundial, y es un reflejo del poder emergente financiero del país). En estos años la economía ha crecido una media del 3,5%, doblando casi el crecimiento de la década anterior, y Brasil será la sede de las próximas Olimpiadas y de la Copa del Mundo de fútbol.

Gran parte del éxito económico se ha debido al crecimiento de la demanda global de materias primas (sobre todo por parte de China y la India). Esta ha sido la primera gran crisis global en la que el precio de las materias primas no ha caído y Brasil se ha beneficiado extraordinariamente de esta circunstancia. Uno de los grandes logros de Lula ha sido, sin duda, la implementación de programas y políticas para reducir la pobreza.

Es una gran ironía, tal y como el mismo Lula reconocía en una reciente entrevista con el Financial Times, que un líder sindical "que clamaba en las calles por la salida del FMI, se haya convertido en el presidente que ha pagado las deudas de Brasil al FMI, y le haya prestado 14,000 millones de dólares". No es por ello una sorpresa que estas elecciones se hayan convertido no sólo en un plebiscito hacia el futuro sino también una celebración del pasado en la que la mayoría de los brasileños han votado (un 46,8%) en la primera vuelta por Dilma Rousseff, la candidata que ha escogido el propio Lula.

Rousseff, que ha sido la jefa de gabinete del Lula (y también ha dirigido Petrobras), y es popularmente conocida en Brasil como la dama de hierro, ha prometido más de lo mismo. Es una firme creyente en el poder de un estado intervencionista, y ha sido responsable de los proyectos masivos de infraestructura en carreteras, puertos y trenes que están teniendo lugar en Brasil, en parte financiados por bancos públicos; así como algunos de los programas de vivienda y electricidad para combatir la pobreza. Su oponente, el conservador José Sierra, no ha sido capaz de articular una propuesta alternativa y ha recibido solo un 36,2% de los votos. Pese a que Rousseff no ha conseguido superar la barrera del 50% este domingo y tendrá que ir a una segunda vuelta el próximo 31 de octubre, todas las encuestas la dan como la gran favorita.

Muchos consideran a Brasil como el país del futuro (y es la primera inicial de los famosos BRIC). Pero pese a todos los éxitos de Lula, la nueva presidenta, si se confirman las encuestas, tendrá importante retos. Brasil es todavía un país extraordinariamente desigual. La pobreza ha disminuido un tercio en la última década, pero todavía hay más de una quinta parte de la población que vive por debajo del umbral de la pobreza. Además pese a que la deuda ha disminuido, el país sigue siendo dependiente de la financiación exterior; y pese al boom de las exportaciones de materias primas Brasil tendrá un déficit en la balanza de pagos de alrededor de un 3% este año. El Estado sigue siendo muy burocrático e ineficiente, y la corrupción es todavía un problema recurrente y sistémico. Por último, la violencia, sobre todo en los barrios marginales, sigue siendo un problema gravísimo.

Lula deja atrás un país más prospero, más cohesionado socialmente, y más seguro de sí mismo. Brasil está ahora en la cresta de la ola y con su voto los brasileños han reafirmado que quieren más de lo mismo. Rousseff se ha comprometido a continuar con los pilares centrales de la estabilidad macroeconómica de Brasil: control de la inflación, tipo cambiario flotante, y una reducción gradual de la deuda. Pese a carecer del carisma de Lula es de esperar que el ganador el próximo 31 de octubre continúe con estas políticas que permitan a Brasil seguir por la senda del éxito marcado por su predecesor.

Sebastián Royo. Catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Suffolk