TRIBUNA

Un nuevo orden internacional

El Diálogo Estratégico y Económico es el marco de trabajo en que se desarrollan las relaciones entre las dos grandes potencias del siglo XXI, y nació el 1 de abril de 2009, en el seno del G-20, en Londres. En aquel momento, los presidentes Obama y Hu Jintao hicieron una declaración conjunta en que pusieron de manifiesto su deseo de caminar hacia la mejora de las relaciones entre China y EE UU, en el nuevo siglo. Realmente, y al margen de eufemismos, se trataba del reconocimiento de una nueva realidad: el peso enorme (económico, político, geoestratégico) de las naciones emergentes y el hecho de que América no puede hacer las cosas por sí sola, ni puede continuar siendo el único motor económico del mundo. Como dijo la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, en su visita al Pabellón de Estados Unidos en la Expo de Shanghai, en mayo de 2010: "no hay prácticamente cuestiones que no puedan resolverse sin el concurso de China y EE UU". América, con Obama, ya no anda sola por el mundo: desea -y necesita- tener un compañero de viaje con quien compartir las arduas tareas del liderazgo mundial, aunque lo haga a regañadientes.

El llamado Diálogo abarca muchas cuestiones que afectan a los dos países. Para evitar conflictos, el marco de trabajo se divide en dos ámbitos: una parte del Diálogo, denominado Estratégico, depende de la secretaria de Estado, Hillary Clinton y su homólogo chino Dai Bingguo; la otra parte del Diálogo, la económica, depende del secretario del Tesoro Timothy Geithner y el vicepremier chino Wang Qishan. El Diálogo Estratégico trata la cooperación mutua en materias como economía y comercio, contraterrorismo, imperio de la ley, ciencia y tecnología, educación, cultura, salud, y no proliferación nuclear.

Muy importante es la solución de conflictos, como la desnuclearización de la península de Corea, el enriquecimiento nuclear iraní, la crisis humanitaria en Sudán y la inestabilidad en Asia. Todos estos temas han sido, desde hace mucho tiempo, prioridades para el presidente Obama y sus antecesores, Bush y Clinton. Durante la celebración de las reuniones del Diálogo en Pekín, en mayo de 2010, la crisis entre las dos Coreas y la consiguiente inestabilidad en Asia alcanzó su máximo apogeo: una investigación internacional sentenció que Corea del Norte era el origen del torpedo que hundió el buque de guerra Surcoreano Cheonan, en marzo de este año. Con ambas Coreas al borde de la Guerra, Estados Unidos se empeñó en imponer más sanciones a Corea del Norte a través del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. China, miembro permanente de dicho Consejo y el único país con ascendiente sobre Corea del Norte, tras mucho nadar y guardar la ropa, pareció dispuesta a adoptar una postura más objetiva sobre la disputa. Algo parecido está sucediendo ahora, con Irán.

En Japón -aliado de Estados Unidos, que se protege de Corea del Norte gracias a las bases americanas en suelo japonés-, se produjo un cambio inesperado en el Gobierno: el primer ministro, Yukio Hatoyama, dimitía a finales de mayo de 2010 por no haber cumplido con la promesa electoral que le aupó al poder: cerrar la base militar americana de Okinawa. La gran cuestión es qué hubiera hecho cualquier primer ministro japonés de haber estado en los zapatos de Hatoyama: ¿echar a los norteamericanos de Japón, dejando indefenso el suelo patrio, en el mismo momento en que Corea del Norte amenazaba la estabilidad de toda la región?

Cuando Estados Unidos envía a China, en el marco del Diálogo Estratégico y Económico a su secretaria de Estado, Hillary Clinton, y a su secretario del Tesoro, Timothy Geithner, junto a los que fueron doscientos altos funcionarios del Gobierno americano, en la más grande y alta representación norteamericana en un viaje oficial a un país extranjero, Obama está reconociendo el enorme peso de China y el inmenso respeto que China le impone. Por supuesto que las armas son importantes, pero en el siglo XXI, cuando el mundo aún no ha salido de la mayor recesión económica desde 1929, la primacía la imponen el producto interior bruto, la generación de riqueza y empleos, la innovación tecnológica y la calidad de vida. Por un momento, Estados Unidos, en sus relaciones con China, está dispuesto a dejar de lado -temporalmente- Taiwán, internet, los derechos humanos, Tíbet y el Dalai Lama. Estados Unidos ve cómo China, con un quinto de la población mundial y crecimientos del PIB, desde principios de los años ochenta, superiores a dos dígitos porcentuales, está forjando el mundo del siglo XXI.

Al mismo tiempo, Estados Unidos reconoce que las reglas del juego en política internacional han cambiado: a las viejas potencias, surgidas de la II Guerra Mundial, han sustituido otras, a las que Estados Unidos debe otorgar importancia: Eso exige, en opinión de Obama, la apertura de Estados Unidos al mundo con una voluntad de cooperación, no de imposición. "Seremos firmes en la consolidación de las viejas alianzas que nos han servido tanto, pero en la medida en que otros países empiezan a ser influyentes, tenemos que construir nuevas alianzas y diseñar instituciones internacionales más robustas".

El 22 de mayo de 2010, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, quien encabezaba "la pata" Estratégica del Diálogo entre Estados Unidos y China, hablaba sobre la naturaleza de las relaciones entre ambos países. Aprovechando su visita al Pabellón de Estados Unidos en la Expo de Shanghai, Hillary Clinton afirmaba: "La forma del futuro del mundo depende en un grado muy alto, de la relación evolutiva entre EE UU y China: si nuestras relaciones son definidas por soluciones en que ambos ganamos, en vez de juegos de suma cero basadas en rivalidades, todos triunfaremos y prosperaremos juntos. No siempre estaremos de acuerdo en todo, pero deberíamos buscar y coger las oportunidades -como esta Expo- para construir un mayor entendimiento entre nuestros pueblos".

Clinton no perdió oportunidad de decir por qué Estados Unidos es la primera nación de la tierra, todavía: "Este pabellón de Estados Unidos en Shanghai encarna muchas de las cualidades que hacen de mi país una nación próspera y vibrante: innovación, sostenibilidad, diversidad y el libre intercambio de ideas".

Jorge Díaz-Cardiel. Director de Ipsos Públic Affairs y autor del libro Obama y el liderazgo pragmático