Arte

Adiós al padre iconográfico del 'heavy metal', Frank Frazetta

El único de sus originales de Conan que llegó a vender costó un millón de dólares el pasado año

Muchos artistas relevantes de la cultura popular son más conocidos por su impronta, por su iconografía, que por su nombre. El de Frank Frazetta, el artista fallecido esta semana cerca de su finca de Florida, es un excelente ejemplo. Mítico para los seguidores de la fantasía heroica, la imaginería que desarrolló a partir de su trabajo como portadista en los años sesenta puede considerarse como seminal para el heavy metal. También fue pionero en el férreo control de su obra, lo que le permitió vivir con desahogo y hace aventurar que sus trabajos se cotizarán muy alto en subastas de los próximos años.

En la época en que Frazetta dio comienzo a su labor como ilustrador, los dibujantes simplemente entregaban los originales, que nadie se ocupaba de conservar. De manera visionaria, Frazetta firmó por contrato la obligación de devolverle todos sus óleos. Una vez que alcanzó el estatus de mito en su sector, los comercializó de manera pausada e inteligente. El año pasado se supo que, por primera vez, vendió una de las portadas originales de las novelas de Conan que había pintado en los años sesenta, concretamente la de Conan el Conquistador. El comprador, el guitarrista del grupo Metallica Kirk Hammet, pagó un millón de dólares -1,25 millones de euros- por la obra. El récord anterior para sus cuadros lo tenía otra portada, la de un libro de Edgar Rice Burroughs, por la que se pagaron 250.000 dólares en una subasta.

Frazetta fue un hombre de numerosos talentos que llegó al campo de la ilustración popular casi por casualidad. Nacido en 1928 en una familia de emigrantes italianos en Brooklyn, se cuenta que aprendió a dibujar en rollos de papel higiénico. La oportunidad de estudiar arte en Italia se le escapó entre los dedos tras llamar la atención de sus mentores. También estuvo a punto de fichar por el equipo de béisbol de los New York Giants, aunque finalmente comenzó a trabajar en el campo del cómic.

Su condición de deportista favorecía un conocimiento de la figura humana que luego desarrolló de manera paulatina, partiendo casi siempre de fotografías con modelos y, en muchas ocasiones, con su propio cuerpo musculado como ejemplo. Tras trabajar a las órdenes de grandes de la historieta como Al Capp, Dan Barry o Harvey Kurtzmann, le llegó en los sesenta la oportunidad de desarrollar una carrera propia como portadista firmando por un sueldo fijo con una pequeña editorial que se dedicaba a recuperar clásicos del pulp de 30 años atrás. Así surgieron sus legendarias portadas de las novelas de Conan y Tarzán, que sobre todo en el primer caso tendrían una influencia decisiva en el posterior desarrollo del arte visual popular. Curiosamente, Frazetta afirmaba sin pudor que jamás leyó las obras sobre el bárbaro cimerio escritas por Robert E. Howard, "como la mayoría de quienes las compraron", aseguraba con cinismo.

Frazetta se convirtió en una figura de culto, uno de cuyos libros recopilatorios llegó a vender 400.000 ejemplares en un año en Estados Unidos, una cifra increíble para un volumen de ilustración.

Sus últimos años fueron difíciles, ya que tras un envenenamiento con aguarrás su salud se vio progresivamente mermada. Todo hace indicar que su legado será polémico. Uno de sus tres hijos, Frank, robó 90 obras del museo del artista el pasado año, asegurando que lo hacía para respetar los deseos de su padre -ya senil- de que no se vendieran. El seguro valoró el material, luego recuperado, en 20 millones de dólares. Cabe esperar que buena parte de él se vea ahora a la venta.

Cine, carteles y portadas de discos

Una caricatura de Ringo Starr publicada en 1964 en la portada de la revista Mad abrió a Frank Frazetta el camino a la industria del cine. Su primera relación con él fue en calidad de diseñador de carteles, como el de El baile de los vampiros que se presenta junto a estas líneas. Otros de sus trabajos más recordados fueron los de películas como ¿Qué tal, Pussycat? o Tuyos, míos y nuestros. En esa época, se trasladó a Hollywood para trabajar con el director de animación Ralph Bashki, con el que colaboró en varias ocasiones para terminar produciendo y dirigiendo juntos en 1983 una película, Fuego y hielo. El uso de la técnica de animación rotoscópica de Bashki no sentó demasiado bien al trabajo de Frazetta, y el experimento terminó en fracaso. Sin embargo, Frazetta sacó de esa experiencia algún amigo para toda la vida como Clint Eastwood, o la admiración de un Quentin Tarantino que le encargaría décadas después el cartel de Abierto hasta el amanecer.

El trabajo de Frazetta también llamó la atención de los grupos pioneros del heavy metal, y sus ilustraciones sirvieron para las portadas de Nazareth, Yngwie Malmsteen o Molly Hatchet. Más allá de esas colaboraciones puntuales, la estética de Frazetta, sus héroes musculados en entornos oscuros repletos de detalles siniestros, se convertirían en referente del genero e inspiración de artistas como Boris Vallejo o Jeff Jones.

La cifra

20 millones de dólares es la valoración del seguro de las noventa obras que su hijo se llevó del museo familiar el pasado año.