Por una auténtica sociedad civil
España se debate en un estado de shock derivado de la crisis. Para salir de él y emprender el camino de la recuperación es imprescindible el esfuerzo común liderado por la sociedad civil

Fue como una puñalada a traición. Llevaba a mi hijo pequeño a la guardería con el corazón aún encogido porque mi vieja amiga, la radio, me acababa de contar que Miguel Delibes había fallecido. Entonces apareció ella. Una mujer joven, probablemente apuraba la veintena y presentaba aspecto y maneras digamos de clase media acomodada, preguntaba con cara de asombro a una colega de guardería: "Oye, ¿quién es ese tal Delibes?".
¿Una simple anécdota o algo más profundo? Mucho me temo que más lo segundo que lo primero. Mucho me temo que esa escena es el reflejo de una sociedad cada vez más individualista, desatendida y despreocupada, que ha estado durante bastantes años anestesiada por una bonanza económica que mudó en derroche y que ahora se encuentra paralizada por el temor a las negativas e imprevisibles consecuencias de la crisis económica más profunda en casi un siglo.
Y es una sensación que, desgraciadamente, se ha atizado desde todos los frentes posibles. Empezando por los partidos políticos sin la más mínima excepción. Qué envidia da observar cómo el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se arremanga y se somete a un debate de seis horas ininterrumpidas con sus adversarios políticos, para analizar una reforma sanitaria histórica, en el que las únicas armas arrojadizas son las cifras y las razones, nunca la demagogia barata, las insinuaciones y las descalificaciones.
Pero esa sensación de desánimo también irradia de unas organizaciones empresariales y sindicales que han perdido predicamento y representatividad y que necesitan urgentemente una profunda revolución. Y, por supuesto, de los medios de comunicación, que nos hemos metido en esa espiral y hemos fallado en nuestra misión sagrada de ser agitadores de conciencias y moscas cojoneras de los poderes establecidos. Eso sin contar con los cada día más numerosos representantes de un nuevo oficio, el periodista-trabuquero, que trafica con la información, sea cierta o no, sin el más mínimo recato ni rubor.
Este análisis, emanado de conversaciones mantenidas en muchos de los despachos más sensatos del mundo económico nacional, conduce a un escenario deprimente en el que todo, incluido el ansiado inicio de la recuperación, amenaza con retrasarse, cuando no anquilosarse y enquistarse.
Un escenario que solamente puede empeñarse en cambiar una figura inexistente, o más bien durmiente, de nuestra aún joven democracia: la sociedad civil. Indudable y afortunadamente, España tiene los mimbres necesarios para hacerlo. Y para corroborarlo sólo hace falta echar un vistazo a la nómina de empresarios, intelectuales, científicos y profesionales en las más variadas ramas de la actividad que se codean con la élite mundial y que triunfan allá donde se lo proponen.
Lo único que falta es que sean conscientes de su capacidad de influencia colectiva, den un paso adelante y se conviertan en el revulsivo que despierte a una sociedad adormecida que transita sin rumbo entre la perplejidad ideológica y el miedo a los efectos de la crisis.