Culpables ausentes

Una crisis cuya paternidad nadie quiere reconocer

Responsables de banca y supervisores se disculpan por la debacle financiera, pero no admiten su mano en ella.

Una crisis cuya paternidad nadie quiere reconocer
Una crisis cuya paternidad nadie quiere reconocer

Philip Angelides hace unas preguntas muy largas. El presidente de la Comisión de Investigación de la Crisis Financiera busca un doble efecto. Por un lado trata de obligar a que quien testifica ante él sea preciso, mientras le asesta una feroz crítica. Su misión y la del resto de sus compañeros de comisión extraparlamentaria es estudiar la crisis financiera y hacer recomendaciones para evitar que vuelva a ocurrir. En su tarea, inevitablemente, debe encontrar a los culpables de la situación, y esto está probando ser una labor casi imposible. La mayor parte de los llamados a testificar ante la comisión han hecho un pequeño esfuerzo por disculparse, pero nadie acepta la paternidad de la crisis o una responsabilidad central en ella.

La semana pasada, Charles Prince, el que fuera hasta 2007 el primer ejecutivo de Citigroup, dijo ante la comisión presidida por Angelides que lamentaba "profundamente que nuestros gestores, empezando por mí, no fuéramos más clarividentes". El tono se le agradeció porque Robert Rubin, una de las figuras más representativas de su consejo, un ex secretario del Tesoro de mucho peso durante la era de Bill Clinton, no abundó en disculpas durante su testimonio conjunto.

Amalgama de razones

De hecho, Prince, cuyo banco tuvo que necesitar 45.000 millones del Estado para no desmoronarse debido a los riesgos que asumió en su cartera, y Rubin coincidieron en señalar que la situación tiene como orígenes una amalgama de razones. Entre ellas, los excesos de los mercados, los bajos tipos de interés a largo (por el capital que amasaron y usaron sin miedo países con altos superávits comerciales como China), el apetito con el que se abrazaba el riesgo, el sueño americano de tener una vivienda y la labor de Fannie Mae y Freddie Mac para lograrlo, la complejidad de los derivados, las buenas calificaciones de las agencias de rating, el alto apalancamiento...

Alan Greenspan, ex presidente de la Fed cuando se formó la burbuja, coincidió en el diagnóstico, pero rechazó que su papel fuera el del cirujano que tuviera que eliminar el cáncer antes de la metástasis. Greenspan, que ha admitido en el pasado que, para su sorpresa, esta crisis le ha enseñado que las firmas financieras eran capaces de proteger a sus accionistas y al sistema, se autoabsolvió. Según alegó, no hubo fallos en la regulación ni en el uso del poder de la Fed y, de hecho, un refuerzo en ambos no habría variado nada porque el problema fue el poco juicio de las entidades.

Rubin, que negó tener la responsabilidad que se le atribuye (pese a ser compensado con más de 100 millones de dólares por su trabajo), aseguró que mirando al pasado se puede concluir que había peligro. "Eso sólo es obvio ahora". Entonces, los CDO que precipitaron multimillonarias pérdidas no eran motivo de preocupación porque tenían triple A. Las alarmas que hizo sonar en 2006 y 2007 Richard Bowen, que trabajaba en el banco con estos productos que se han revelado tóxicos, no fueron oídas.

Angelides y la Comisión intentan ser duros con sus testigos para depurar responsabilidades con las que sacar conclusiones, pero están teniendo dificultades para poner nombres y apellidos a quienes estuvieron al frente de un barco que terminó haciendo aguas. El problema es que nadie quiere admitir su papel a la hora de poner rumbo a una crisis.

La alquimia financiera no se detiene

La banca no ha cerrado los laboratorios de alquimia financiera. Es algo que da la razón a José Viñals, del FMI, que dice que "los banqueros no han aprendido nada".

Según The Wall Street Journal, 18 grandes bancos han enmascarado su nivel de riesgo en los últimos cinco trimestres rebajando temporalmente su deuda una media del 42% antes de dar a conocer sus resultados a los inversores. Es una maniobra como la que usó Lehman para mejorar las cifras de sus libros.