Seas pobre o seas rico...
Aunque pocos lo recuerdan, todas las personas grandes hemos sido niños antes, como escribe Saint Exupery en la dedicatoria de El Principito, ese hermoso libro en el que se nos advierte por boca de zorro que el secreto de la vida es muy simple: "No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos".
Cobra especial valor esa reflexión en estos días, cuando Haití sigue sufriendo y Chile se llena de dolor y, con todos nosotros, llora por sus muertos y por los lesionados y desaparecidos en el seísmo del 27 de febrero. Es tiempo -siempre lo es- de recordar a Pablo Neruda. En el discurso principal pronunciado en la entrega del Premio Nobel, en diciembre de 1971, el universal chileno proclamó su confianza en el hombre y nos recordó que "nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia".
Vivimos tiempos de dificultad y, en ocasiones, de extrema dureza que, por si no fuera suficiente, muchas veces se trufan con tragedias inesperadas, cuya superación nos dignifica y también nos justifica; nos avala como personas y hace gozoso el afán de quien es capaz de trabajar solidariamente por sus semejantes sin esperar recompensas, y también el de quien se ofrece a los demás sin reticencias y sin esperar a que las circunstancias -sean las que fueren- le obliguen a prestar su apoyo, algo que nos recuerda la Declaración Universal de los Derechos Humanos al dejar sentado en su artículo 29 que "toda persona tiene deberes respecto de la Comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad".
Mi admirado amigo, el profesor Santiago Álvarez de Mon, acaba de publicar un libro (Con ganas, ganas. Plataforma Editorial, 2010), escrito con honradez intelectual y enorme sinceridad; un libro que, según su autor, es un rendido homenaje a la capacidad del ser humano para atravesar el puente que une todo lo que, seguramente y entre otras paradojas/contradicciones, nos hace ser y parecer más personas: deber y placer, razón con corazón y la ignorancia con la sabiduría. En definitiva, un texto para la reflexión y para ayudar a "protagonizar los sueños más limpios a base de lucha, fe y perseverancia".
Siempre me ha preocupado eso de que los seres humanos necesitamos estar motivados para hacer cosas. Me inquieta esa afirmación porque hacer bien su trabajo o la tarea de que se trate es la obligación de cada quien, y ahí no caben excusas. Para eso nos pagan (en la mayoría de las ocasiones) y para eso, además, tenemos que prepararnos sin descanso. Deberíamos ser capaces de introducir en nuestra vida personal y laboral/profesional, frente a los vaivenes motivadores del corazón y de los volubles sentimientos, conceptos tan antiguos como cumplir con nuestro deber, algo que se olvida con demasiada e inusitada frecuencia.
En general, la gente sabe hacer cosas concretas, unas mejor que otras; todas las personas tenemos algunos dones y aptitudes para determinados oficios y tareas. Tener ganas es otra cosa, aunque es posible que, al cabo del tiempo, quizás la voluntad tenga más peso que el talento para determinar los éxitos o los fracasos de una carrera profesional o empresarial. El hombre, como las empresas o los pueblos, está obligado a buscar la perfección, y por eso cuenta también la voluntad colectiva, y muy especialmente forjar líderes honestos y capaces -políticos o empresariales- que en épocas turbulentas marquen el camino y sepan poner en valor, además de lo mejor de cada uno de nosotros, la ilusión por conseguir una meta común y el esfuerzo necesario para alcanzarla. No hay otro camino, porque todos estamos en el mismo barco y a todos sin excepción nos toca remar y arrimar el hombro.
Por eso, en épocas pesimistas y sin rumbo aparente, además de trabajar más y mejor, hay que saludar la aparición de libros/fuerza, como el Álvarez de Mon, y celebrar la oportuna campaña de Fundación Confianza (estosololoarreglamosentretodos.org), largo tiempo incubada aunque no lo parezca, porque, como se nos dice en los soportes publicitarios de esa misma campaña, "cuando tú, y tú, y tú, y yo, nos convertimos en nosotros, no hay nada que no podamos arreglar". Y eso sí es esencial.
El gran Pablo Martínez, Medalla de Oro de Andalucía, fundador en æscaron;beda de la dinastía alfarera Tito, se propuso al final de su vida fumar (eso sí, puntualmente) sólo unos pocos cigarrillos cada día; y así lo hizo. Llegado el mediodía, sacaba de una cajetilla de Celtas un pitillo y repetía: "seas pobre o seas rico, a las doce un cigarrico". Como confiaba en sí mismo, cumplía su personal compromiso, alcanzaba su diaria meta y era moderadamente dichoso, que de eso se trata.
Juan José Almagro. Director general de Comunicación y Responsabilidad Social de Mapfre