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Tribuna

¿Es necesaria una nueva medida de prosperidad?

John Maynard Keynes ya advirtió en referencia a la crisis de los años treinta que "la dificultad no radica tanto en desarrollar nuevas ideas como en desprenderse de las antiguas". El comienzo del siglo XXI ha estado marcado por el agotamiento de los paradigmas que nos han acompañado durante gran parte del siglo anterior. Nos enfrentamos a una situación que demanda la generación de ideas y acciones innovadoras, pero sobre todo coraje y determinación para resistir la tentación de aferrarnos a los patrones que conocemos. Eso es, sin duda, lo que define el progreso.

Desde los inicios de la economía como ciencia social, al analizar el grado de desarrollo de una sociedad se utiliza una premisa esencial, que hasta ahora apenas había sido cuestionada: el papel central del PIB per cápita, suma del valor añadido de los bienes y servicios que se intercambian en el mercado entre la población, como medida de la riqueza de un país, y de su tasa de crecimiento como motor y garante de estabilidad y bienestar. Fenómenos como la crisis económica global, energética y medioambiental, así como el aumento de los desequilibrios globales, parecen indicar la necesidad de replantearse la vigencia de este axioma.

El PIB no sólo deja fuera de la ecuación de desarrollo económico aspectos cruciales como el daño al medio ambiente (sostenibilidad medioambiental) o la distribución de la riqueza (sostenibilidad social), sino que además dificulta la evaluación del potencial de crecimiento futuro en términos puramente económicos (sostenibilidad económica). Así, el modelo imperante hasta hoy no se ha traducido necesariamente en un aumento de la prosperidad, definida como la mejora continuada de las condiciones de vida y las oportunidades de todos los ciudadanos de acuerdo con sus expectativas.

Ante esta evidencia, que aunque no es nueva sí es cada vez más acuciante, algunos economistas y académicos destacados han revitalizado una reflexión y debate tan oportunos como necesarios en nuestros días, alrededor de dos cuestiones esenciales. ¿Es el PIB la medida más adecuada de la riqueza o calidad de vida de un país, y es su crecimiento el mejor objetivo a perseguir para aumentar el bienestar social? ¿Es posible un modelo de prosperidad y sostenibilidad alternativo que no se base en el perpetuo crecimiento de la producción y del consumo?

Para responder a la primera pregunta, Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi, por encargo directo del Gobierno francés, han creado una Comisión sobre la Medición del Desarrollo Económico y el Progreso Social y han coordinado un estudio sobre las deficiencias del sistema de medición de la riqueza y el bienestar basado en el PIB.

La conclusión: es necesario incluir aspectos como los cambios de calidad o la valoración de servicios públicos, que carecen de un precio de mercado, en la cuantificación de riqueza material, así como desarrollar y potenciar indicadores que reflejen mejor el bienestar o estándares de vida en sus múltiples dimensiones -educación, salud, vivienda, seguridad, participación política, redes sociales o condiciones medioambientales-.

En respuesta a la segunda cuestión, la Comisión para el Desarrollo Sostenible de Reino Unido ha llevado a cabo otro estudio, Prosperity without growth, en el que se plantea la posibilidad de compatibilizar estabilidad y sostenibilidad a través de una nueva economía de la prosperidad que no se fundamente en el imperativo del crecimiento económico y del consumo perpetuo y a toda costa.

Los autores concluyen que sería factible desarrollar una macroeconomía de la sostenibilidad, en la que la estabilización del PIB no llevase al colapso del empleo y del resto de indicadores macroeconómicos, a través de un nuevo equilibrio entre sectores productivos, variables convencionales como consumo e inversión y entre inversión pública y privada.

Estos esfuerzos teóricos parecen evidenciar que es posible un cambio en los patrones de producción y consumo, y en las normas del juego generadoras de profundos desequilibrios en el largo plazo. En la base de esa transformación debe estar la de los criterios y medidas de riqueza, hacia un concepto que se ajuste mejor a lo que entendemos por prosperidad. Es evidente que mientras todos los esfuerzos públicos y privados continúen dirigiéndose a la mejora de un indicador que no refleja de manera fiel nuestros verdaderos objetivos, éstos serán difícilmente alcanzables.

Carmen de Paz Nieves. Responsable de la Red Internacional de la Fundación Ideas

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