Un toque de atención para los sindicatos
Las manifestaciones iniciadas el pasado martes en Madrid, Barcelona, Oviedo y Valencia, y que se mantendrán durante varios días en distintas ciudades españolas, para dar un toque de atención al Gobierno sobre su intención de retrasar la edad de jubilación hasta los 67 años, no están teniendo el grado de respuesta y respaldo que los sindicatos estimaban. Y en buena parte se han vuelto contra ellos, en la medida en que han aflorado una creciente desafección ciudadana, especialmente concentrada en las cohortes más jóvenes de la población, con la estrategia sindical defendida en los últimos años. Evidentemente la población no reacciona igual a una propuesta difusa y contraria a la práctica política del Gobierno que a una disposición normativa validada en el Boletín Oficial.
Pero la pérdida de pulso que se atisba sobre todo en la manifestación convocada en Madrid esconde una suerte de crítica al comportamiento sindical en los últimos años, en los que las centrales han caminado excesivamente de la mano del Gobierno. De hecho, cada vez es más extensa la corriente que defiende, incluso desde dentro de las dos grandes centrales mayoritarias, que han dejado de ser instrumentos útiles para una sociedad que demanda liderazgo intelectual y ejecutivo, tras dos años en recesión, la pérdida de dos millones de empleos y un horizonte laboral incierto.
Esa corriente esgrime que tanto UGT como CC OO han aparcado su espíritu crítico en los últimos años, convirtiéndose en los mejores avalistas de una política económica que, aunque sólo es en parte responsable de la crisis, no ha sabido dar con las teclas adecuadas para que la economía española comience a tocar la melodía de la recuperación. Y es que si los partidos políticos, el de la oposición y el que respalda al Gobierno también, tienen un ojo puesto en la demoscopia y gestionan cada gesto con cálculos electorales, los sindicatos, que no tienen que someterse a tal escrutinio, deben ganarse la legitimidad en la aportación de soluciones para sus representados. Sean éstos los afiliados que tienen (alrededor del 10% de los asalariados) o todos los trabajadores.
En enero de 1994, tras una huelga general fracasada que culminaba un largo periodo de presión al Gobierno, los líderes sindicales se percataron de que si querían recuperar el terreno perdido debían recomponer su compromiso con el país y negociar con el Gobierno, fuese del signo político que fuese. Hoy la situación de desconfianza hacia los sindicatos puede estar virando hacia ese punto. Pero la realidad económica es mucho más severa que entonces, y el comportamiento de los sindicatos debe ser también más exigente. Primero para abrir los ojos a la sociedad sobre la gravedad de la situación y los sacrificios necesarios para mantener los actuales niveles de bienestar, y después para proporcionar instrumentos que contribuyan a ello.