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Tribuna

¿Se quiere realmente salir de la crisis?

Si alguien, lector, le dijera que es posible: hacer crecer un 0,4% del PIB en 2010; continuar creciendo a un ritmo anual del 3,5% durante el periodo 2010-13; rebajar el paro del 20% al 12%-14% de la población activa; disminuir el déficit público del 10% previsto hasta un 6,6% del PIB en 2013, y pasar de 21.700 euros per cápita en 2010 a cerca de 25.000 en 2013, y todo ello sin subir impuestos ni emitir deuda pública. ¿Usted le creería? ¿Verdad que suena a cuadratura del círculo o cuento de la lechera?

Pues bien, le voy a proponer un ejercicio: primero seleccione un patrón referencial de valores universales (por ejemplo, salud, riqueza material, seguridad, conocimiento, libertad, justicia distributiva, conservación de la naturaleza, calidad de las actividades y prestigio moral); después, obtenga indicadores empíricos cuantificados para cada uno de ellos y compare España con un deseable espacio internacional comparable (por ejemplo, los 10 países mayores y más desarrollados de la Unión Europea en tanto que grupo de referencia sociológico en el que mirarnos, o sea: Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Holanda, Bélgica, Suecia, Austria y Dinamarca); y las diferencias o desequilibrios que aparezcan -como mínimo 36- agrúpelas en tres dimensiones: necesidades objetivas (N), paro (P) y posibilidades financieras (F).

Entonces se dará cuenta que tener necesidades, gente parada y dinero sobrante, y además quejándonos continuamente del paro y la crisis, se acerca a lo surrealista y absurdo. Y si continúa haciendo estimaciones creíbles y cálculos correctos constatará que satisfacer N exigiría crear unos 3 millones de puestos de trabajo si pretendemos estar en niveles europeos; que respecto a P sólo constataríamos lo sabido: que doblamos la tasa europea. Y respecto a F, que disponemos de medios financieros de los que apenas dispone ninguno de estos países, a saber: dilapidar más de 30.000 millones de euros al año a 2,5 millones de parados por no hacer nada, lo que si socialmente es justo representa una enorme irracionalidad de gestión; permitir un fraude fiscal que supera con mucho el promedio europeo, estimándose una pérdida de ingresos fiscales de unos 20.000 millones de euros/año, y permitir un gasto público excesivo en las circunstancias actuales que superaría los 2.000 millones anuales.

Es decir, en términos estadísticamente objetivos, tenemos cosas por hacer, parados para hacerlas y dinero para costearlas, lo que representa la absurda convivencia de esta insostenible triada española N-P-F que, la verdad, debería causar cierto rubor intelectual y político a muchos responsables.

Pero tampoco sería necesario generar los 3 millones de puestos vacantes ni emplear todo el dinero disponible. Podemos ser menos ambiciosos y con crear sólo 1.287.000 puestos de trabajo al final de periodo 2010-13 (económicamente procompetitivos) y emplear sólo cantidades graduales cada año de la prestación por desempleo, fraude fiscal y minoración del gasto público por importe total de 113.025 millones de euros (hay un modelo ya calculado), resultarían suficientes para obtener los resultados mencionados al principio y que generaron su comprensible incredulidad. Todo ello demostrable con suficiente verosimilitud.

¿Por qué no se hace? Sencillamente porque costaría bastante esfuerzo intelectual y físico (lo que se entiende por ponerse las pilas). Ponerse las pilas para generar un plan de acción, teórica e ideológicamente integrado (o para criticar alguno ya formulado); para informar al país sobre la gravedad de la situación y la necesidad de un plan; para llamar al esfuerzo colectivo correspondiente; para reorientar todos los organismos públicos hacia los objetivos del plan, y sobre todo, para autoexigirnos y dar ejemplo de una predisposición ética y social que por el momento no parece preocuparnos en medio de esta filosofía hedonista y líquida que nos envuelve y adormece. Y aquí nos encontraríamos todos: expertos, políticos, sindicalistas, empresarios, periodistas… y hasta los parados se apuntarían a tumbarse a la bartola para no ser menos. La actitud parece ser: "ya saldremos de alguna manera, además el resto de países tirarán de nosotros", lo que viene a ser como volver al clásico "que inventen ellos".

Y tampoco es para rasgarse las vestiduras: es una opción más bien de comodones, vagos y fuleros (prometo y no cumplo), pero una opción tan humana como cualquier otra. Lo que no vale es quejarse.

Francisco Parra Luna. Catedrático emérito de la Universidad Complutense

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