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Repúblicas eurobananeras

Las dificultades políticas y económicas de Grecia y Rumanía han permitido descubrir incluso a los más ilusos que dentro de la Unión Europea conviven repúblicas (y monarquias) avanzadas con otras dignas de Borat.

El propio primer ministro griego, Giorgos Papandreu, ha tenido que reconocer que en su país existe "una corrupcíon sistemática en el sector público". Y en Rumanía, el presidente Traian Basescu ha sido reelegido en una reñida votación que ha debido resolver el Tribunal constitucional tras la impugnación presentada por el candidato perdedor.

Los dos países consiguieron "colarse" en la UE (Grecia en 1981 y Rumanía en 2007) gracias al apadrinamiento de Francia, en el primer caso, y a la imparable necesidad de completar la ampliación hacia el Este, en el segundo. El dracma griego, además, se "refugió" en el euro en el año 2001, aunque la deuda pública del país superaba casi en 40 puntos porcentuales el límite impuesto por el Tratado de Maastricht (60% del PIB).

En ambos países, sin embargo, la estructura política, económica e institucional acusaba y acusa serias carencias que no se acaban de subsanar.

En Rumanía, probablemente, el origen del problema estriba en una fallida transicion que arrancó hace 20 años con un brutal ajuste de cuentas en el seno del régimen Ceaucescu. Y en Grecia, desde hace cincuenta años, la oligarquía manosea el país como si fuera un cortijo.

La desconfianza de la población local alcanza tal nivel que, según el último eurobamómetro sobre percepciones en cuanto a la corrupción, el 98% de los griegos creen que su administración nacional es corrupta (el porcentaje más alto de Europa. En España, el 91%). Es fácil imaginar quienes son el 2% de confiados. Un 1% de Karamanlis y otro 1% de Papandreu.

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