EDITORIAL

A favor de todos los emprendedores

Este fin de semana tiene lugar en Madrid uno de los actos socioeconómicos más significativos de los últimos años: la manifestación convocada por los dos grandes sindicatos de clase españoles, con el lema Para que no se aprovechen de la crisis, por el empleo y por el diálogo social, y en cuya preparación se ha respirado, incluso con declaraciones públicas, la presión que pretende ejercerse contra al empresariado en general, haciéndolo indirectamente responsable y primer beneficiado de la recesión. Este tipo de gestos no son inhabituales en España, donde la iniciativa privada y el respeto a los emprendedores no cuentan con la estima debida de una buena parte de la ciudadanía, y tampoco de muchos integrantes de las organizaciones sindicales.

Pero es especialmente llamativo ahora, cuando los conductos del diálogo social están recompuestos tras la bochornosa y politizada ruptura del verano pasado, y cuando están encajando los mimbres para lograr un acuerdo que reparta los sacrificios sociales y recomponga el crecimiento. La estrategia tradicional de los sindicatos en España, en la que tiene un peso más considerable la presión que la negociación, pretende reafirmar su posición haciendo creer a la ciudadanía que el pacto, al que con toda seguridad se llegará, sólo ha sido posible por su contundente presión. Tal caso ha sido así en el pasado en decenas de ocasiones. Pero no lo es en ésta, en la que los líderes sindicales han reaccionado en los últimos meses hacia posiciones pactistas por el creciente oleaje interno que en sus organizaciones pedía negociar para frenar la sangría de empleo que estaba provocando la crisis. De hecho, tal como ya ocurriera en algún momento de la crisis de los noventa, los sindicalistas con mejor olfato han detectado que la calle empezaba a preguntarse dos cosas bien distintas, pero que afectaban ambas a su futuro. Primero, por qué hacían distingos con los Gobiernos en función de su color ideológico; y segundo, para qué están los sindicatos y cuál es su papel en una economía que pierde empleo en grandes cantidades, si no negocian ni presionan.

Bienvenidos, por tanto, cualquiera que sea el camino, el diálogo serio y el compromiso. Bienvenidos también los representantes de los empresarios, que no lograron evitar que el debate laboral se centrase en el coste del despido en la primera mitad del año, y que ha sido utilizado como el mejor combustible para quemar las posibilidades de acuerdo. Desde que arrancó la transición política, los sindicalistas y los líderes patronales más sensatos de este país, con planteamientos estratégicos sólidos y con altura de miras, condujeron una transición económica paralela ejemplar, que ha sido la base del desarrollo de la economía española en los últimos 30 años. Quienes ocupan ahora sus lugares no pueden desmerecerlos y deben dar cumplida réplica para, entre todos, devolver a España la posición que se ha ganado en el contexto europeo y mundial. La recesión puede estar terminando, pero la crisis tiene pinta de prolongarse un tiempo, salvo que un pacto colectivo de control de costes y de márgenes, acompañado de un buen puñado de reformas, lo remedie.

Y tal consenso no se consolida precisamente con manifestaciones contra los empresarios, que, independientemente del tamaño de su negocio, apuestan sus recursos y trabajo para abrir posibilidades de creación de riqueza y proporcionar oportunidades de empleo, renta y porvenir a sus plantillas. Hay países europeos con el sindicalismo más desarrollado que el español donde, si no veneración, se siente al menos un profundo respeto por quien corre el riesgo de montar una empresa de la que viven decenas o centenares de familias. Hay otros, más allá del Atlántico, donde el fracaso tiene un alto valor, porque de él se aprende para nuevos proyectos. España necesita cambiar la percepción que su ciudadanía tiene de los emprendedores, tan alejada del reconocimiento calvinista al éxito económico que ha hecho prosperar a los países centrales y nórdicos de Europa. Las iniciativas para enseñar determinados conceptos económicos en la escuela deben extenderse a un cuidado de las actitudes emprendedoras. Pero deben ir acompañadas de un compromiso político público de respaldo a tales actitudes, circunstancia que ha estado ausente en esta crisis.