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Tribuna

La modernización de los sindicatos

Los sindicatos son necesarios. Nadie duda que en nuestro Estado social y democrático se precisa de organizaciones sindicales que agrupen los intereses de los trabajadores para la defensa de sus derechos legítimos. Esta realidad social se confirma legalmente con una especial protección en nuestro ordenamiento jurídico cuando se declara como derecho fundamental la libertad de formar sindicatos, afiliarse a los mismos y ejercitar libremente actuaciones de carácter sindical (artículo 28 de la Constitución Española).

Por otra parte, tampoco existe duda alguna del reconocimiento institucional que en los ámbitos político y financiero se viene realizando de las principales fuerzas sindicales de nuestro país. La importancia del diálogo social para regular cuestiones esenciales del mercado de trabajo, la participación activa de los sindicatos mayoritarios en instituciones financieras clave como las cajas de ahorro y la voz autorizada en los medios de comunicación que se les concede son ejemplos de todo ello.

Ahora bien, la fuerza que nuestra ley constitucional (y también laboral) concede a los sindicatos en nuestro país y el citado reconocimiento viene contrastándose en los últimos años con un claro alejamiento de la realidad empresarial y de los intereses de los trabajadores de nueva incorporación al mercado laboral. Sólo así se explica, en parte, el bajo nivel de afiliación (de los menores de Europa) de nuestros trabajadores a las organizaciones sindicales. Pero es que además recientemente estamos asistiendo a una pérdida de imagen notable y crítica respecto a las actuaciones sindicales en los momentos de crisis que estamos atravesando.

Esta asimetría (contradicción entre la fuerza legal e institucional y la representación real) puede desembocar en una deslegitimación del poder sindical en España para abordar cuestiones de trascendencia de nuestro mercado de trabajo o, lo que es peor, una pérdida del papel tradicional del sindicato como instrumento de defensa de los derechos de los trabajadores, creándose nuevas plataformas sociales que consigan aunar esos intereses o, en el plano concreto de la empresa, individualizando las relaciones entre trabajador y empresario.

Los sindicatos han cumplido y están cumpliendo un rol primordial en nuestra democracia, pero el peligro citado anteriormente debe ser advertido por cualquier observador objetivo. Por ello, se debe hacer una llamada para que los líderes sindicales reflexionen sobre la situación actual, haciendo hincapié en los siguientes cuatro puntos:

l Autonomía. Un sindicato fuerte es un sindicato independiente en sus actuaciones, en su ideología y en su relación con el poder público. No se debe estar condicionado a los vaivenes del gobierno de turno.

l Vocación de servicio. Frente al papel tradicional de defensa de los derechos laborales de los trabajadores, el sindicato debe modernizarse y ofrecer a sus afiliados algo más, servicios de valor añadido que puedan ser aprovechados por ellos mismos.

l Globalización. Las empresas, la economía y cualquier ámbito social está actualmente globalizado. Si el sindicato actúa sobre ellos debe igualmente globalizarse y conseguir un campo de acción que traspase el mero ámbito local o nacional.

l Profesionalización. æpermil;sta pasa no sólo por su funcionamiento interno sino por la selección cuidadosa, profesional y esmerada de los miembros que componen los órganos de gobierno y delegados del sindicato.

En conclusión, considero que estos tiempos de crisis deberían representar una motivación al cambio para los sindicatos, en el sentido de modernización necesaria para poder seguir cumpliendo con su objetivo fundamental que es la protección de los trabajadores.

Iñigo Sagardoy de Simón. Socio de Sagardoy Abogados y profesor de la Universidad Francisco de Vitoria

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