COLUMNA

¿Y si la crisis empieza ahora?

A primera vista nada parece apoyar esta visión de la economía española cuando los brotes verdes que hace poco se vislumbraban en la economía global han empezado a florecer y la OCDE y el BCE han revisado al alza las previsiones económicas de sus países miembros para este año y el próximo. De momento lo peor de la situación económica no ha quedado atrás y no lo hará mientras no aumente el empleo y caiga el paro. Es más, lo peor está por venir, como se hará evidente cuando la economía deje atrás la recesión en la segunda parte de 2010 y se intente alcanzar un ritmo de recuperación suficiente para crear empleo y reducir el paro, es decir, un potencial del 2% anual.

El Plan E y posibles sucedáneos serán claramente insuficientes para vencer tres desafíos que van a lastrar ese indispensable repunte. Habrá que empezar superando el enorme muro que forman el millón de viviendas que no encuentran comprador; después, si el cuantioso aumento de stocks que se han ido formando hasta mediados de 2009 moderó significativamente la tendencia recesiva, su eventual liquidación la acabará acentuando.

No es menor el obstáculo de la crisis del crédito bancario que parece se va a prolongar. A pesar de la cuantiosa liquidez recibida del BCE por las entidades de depósito y de los dos importantes programas de ayuda pública, el crédito sigue estancado. Que las cosas no van como debieran lo prueba el hecho de que los informes trimestrales sobre esta cuestión prometidos por la vicepresidencia económica y el Banco de España, aunque sin duda elaborados, no se han dado a conocer.

Podría pensarse que el sector público ayudaría a superar estos obstáculos, pero después del efecto expansivo del 20% del PIB que ha aportado en los tres años hasta 2010 y del consiguiente y elevado aumento del déficit y de la deuda públicos, las autoridades se han visto obligadas a aplicar una política presupuestaria en 2010 de simple acompañamiento. El efecto estimulante del fuerte aumento de gastos por desempleo y la considerable caída de ingresos se intenta compensar con reducciones en otros gastos y aumento de impuestos.

Tendrá que ser, pues, el sector exterior el que estimule la economía, pero eso no va a ser posible. Si está mostrando en la recesión un superávit comercial importante es gracias al desplome de la demanda interna y de las importaciones.

El déficit volverá a resurgir en cuanto se recupere la demanda interna y las importaciones, que aumentarán más que las exportaciones debido al elevado y creciente deterioro de la competitividad exterior.

Si esta previsión se realiza, el crecimiento en los próximos dos o tres años será insuficiente para frenar el continuado aumento del paro e impedir que el actual problema económico se transforme en una grave crisis social.

Esta situación no es irremediable. La clave está en una mejora importante de la competitividad que se puede conseguir con un aumento significativo de la productividad y una moderación en los costes salariales. Pero esto, y es lo difícil, requiere en las actuales circunstancias que sindicatos y empresarios lleguen a un acuerdo en un diálogo social hasta ahora infructuoso.

Es posible que su fracaso se deba a la inadecuada actuación del árbitro, el jefe del Ejecutivo. No señaló debidamente el campo de juego en que se desarrollaba el diálogo: la situación crítica de la economía, que se podía resumir en la considerable y creciente deuda pública, y la enorme e imparable deuda externa y, como consecuencia, el grave problema social que se puede crear si no mejora la competitividad y despega la economía.

Además debía haber llamado la atención a las dos partes. A los sindicatos, haciéndoles ver que la combinación de escaso aumento de la productividad y crecimientos salariales más elevados que en nuestros competidores europeos ha llevado a una continua y grave pérdida de competitividad. A los empresarios, diciéndoles que a la competitividad-coste hay que añadir la de la calidad. Con este objeto han venido recibiendo en estos últimos años considerables ayudas destinadas a I+D+i. Sería interesante que la Agencia de Evaluación de las Políticas Públicas estudiase los resultados de estas ayudas. Es de temer que una parte sustancial de ellas, que según el INE reciben 50.000 empresas, sea realmente una subvención de explotación.

Es posible que acabe imperando el buen sentido y las dos partes se percaten de que están en el mismo barco y que tendrán que llegar a un acuerdo si no quieren que naufrague. De no ser así, y como último recurso, siempre cabría la posibilidad de que los dos partidos políticos mayoritarios acordasen las medidas económicas y sociales que exige la situación.

Pero no hay que hacerse demasiadas ilusiones. El cuadro A garrotazo limpio de Goya representa a la perfección el comportamiento de estos partidos últimamente, prueba evidente de que la capacidad del sistema político para tratar los problemas reales se ha degradado a tal punto que cabe preguntarse si la economía del país es todavía gobernable.

Anselmo Calleja. Economista y estadístico