A fondo

Razón de Estado contra Figueruelas

Los intereses individuales merman frecuentemente la capacidad para el análisis económico. Cuando esos intereses se elevan a la categoría de país, surge la denominada razón de Estado, que, según los numerosos ejemplos aportados por la Historia, suele tener bastante poco de razonable.

Ahora mismo, el Gobierno alemán está esgrimiendo una de esas poderosas razones para no enjuiciar objetivamente el proceso de venta de Opel. Angela Merkel tiene 25.000 poderosos argumentos, tantos como empleos, para apoyar a uno de los dos aspirantes que se disputan la futura propiedad de una marca europea emblemática, todavía en manos de General Motors.

La austriaco-canadiense Magna le ofrece a Alemania un cambio tan espectacular como beneficioso para sus intereses sobre los antiguos planes de la multinacional estadounidense que no es extraño que Merkel le apoye, hasta "personalmente", si ello fuera necesario. El problema es que esta actitud no se corresponde con planteamientos industriales y de empresa y que ofrece daños colaterales importantes, en las plantas de España y Reino Unido.

En este tipo de cuestiones se advierte la debilidad del pensamiento europeo cuando están de por medio intereses particulares de un país. La Unión Europea no debió permitir que Alemania asumiera el protagonismo de la venta de Opel porque, aún cuando sea el país con más plantas y volumen de empleo, la industria del automóvil se ha globalizado y, si de verdad se quiere garantizar el futuro de una marca, las actuaciones deben ser racionales. Opel constituye hoy un recurso y un problema europeo, no sólo alemán. Por ello, los fondos para que las fábricas de Opel siguieran funcionando en tanto se vendía la marca debieron ser aportados por la UE y no por un país que ahora, en virtud de ese hecho, legitima su protagonismo para decidir el futuro, no sólo de las plantas alemanas, sino del conjunto.

General Motors había apostado fuertemente por Figueruelas tras la adjudicación del nuevo Meriva. Las negociaciones sobre ese modelo, frente a una competidora tan dura como la polaca Gliwice, demostraron a la multinacional que en Aragón había un gobierno y unos trabajadores con los que se podía negociar serenamente, poniendo cifras y planteamientos de futuro sobre la mesa. Justo lo que ahora no se está haciendo en la venta de Opel, porque la razón de Estado alemana prevalece sobre cualquier otra consideración.

Tras la adjudicación del nuevo Meriva a Figueruelas, el escenario que se dibujaba apuntaba hacia la venta de la planta alemana de Eisenach y el cierre de Bochum. Con Magna, Eisenach se ha convertido en protagonista, hasta el punto de que al Gobierno aragonés se le dijo que Figueruelas dependía de ella, cuando la realidad era justo al contrario. Magna no cerrará Bochum, una grata noticia, pero liquidará Amberes, que no está en Alemania. Y el compromiso del Comité Europeo era no permitir que se cerrara ninguna planta, no sólo alemana.

General Motors está en el trance de desheredar a RHJ, cuyo plan suscribe sus propios planteamientos, y venderle Opel a Magna, que destrozará a Figueruelas, a la que tantas veces calificó de su más preciada joya. Los representantes sindicales de la planta zaragozana se lo han recordado crudamente, con un apoyo expreso y oficial de la primera fuerza sindical a RHJ. Figueruelas, donde se ha invertido para producir 500.000 vehículos, va a quedarse, según los planes de Magna, en 320.000, condenada de por vida a un mercado en crisis. No pasará mucho tiempo en que se cuestione la rentabilidad de la planta, en tanto se irá acercando la producción a Rusia, el paraíso comercial preferido por Merkel y Putin. Los sindicatos de Figueruelas dicen que no sólo se acercará la producción, sino, sobre todo, los salarios bajos. Ser trabajador de General Motors era un lujo y de esos lujos ya no quedan. Ni siquiera la esperanza de que el viejo patrón, una vez restablecido, recupere su patrimonio. Magna también quiere cerrar esa puerta.