TRIBUNA

Los ahorros en la caja de Pandora

Cuenta la mitología que Pandora, al abrir el ánfora ("la caja") dejó escapar todos los males. Otra versión afirma que realmente contenía todos los bienes, que escaparon al Olimpo. En ambos casos, parece que la esperanza, que era lo único bueno que había en su interior, no llegó a salir de la "caja de Pandora", al cerrarla ésta rápidamente, tal vez para que pudiéramos recurrir a ella cuando la necesitáramos.

Ciertamente, ahogada la capacidad de acción, con los males conocidos que han afectado el mundo financiero, también a las cajas de ahorros, el futuro queda subordinado a esa esperanza, que se supone a buen recaudo en el interior del ánfora, en forma de confianza, soluciones y solvencia. Aunque para algunos, agotados escépticos, es un intento más de los ya implementados, afirmando con Sir Francis Bacon que "la esperanza es un buen desayuno pero una mala cena".

La singularidad de las cajas, dentro del sistema financiero español, demanda iniciar una reflexión, evaluando cambios hacia una posible estructura mercantil diferente, incluso cotizando abiertamente. Los objetivos de las cajas parecen confluir en potenciar el ahorro, mover ese ahorro con prudencia y rentabilidad, combatir la usura, prestar servicios benéfico-sociales y apoyar intereses del territorio donde se ubican. En definitiva eficiencia empresarial desde el rigor en la gestión, y compromiso social revirtiendo a la sociedad los beneficios obtenidos. Dejando aparte la dudosa fidelidad a esa "prudencia y rentabilidad" que ha mostrado alguna entidad movilizando los ahorros de sus clientes, parece obvio que sin beneficios ni solvencia será difícil atender esos objetivos de las cajas. Dado que el propio sistema puede asumir una parte de ellos, los objetivos a preservar parecen ser los de su propia existencia y los que puedan ir referidos al territorio. Ámbitos en los que azarosamente puede incidir la composición de los órganos de gobierno y el veto de las autonomías.

Como estrategia para afrontar todo ello, parece sobresalir la opción de las fusiones entre dos o más cajas, que permita dotar a las entidades de mayor solvencia y reducir costes, recuperando parte del margen tan reducido actualmente. En cualquier caso, tras una fusión, o absorción, suele suceder un proceso de integración de culturas, cobrándose un tiempo que puede significar pérdida de cuota de mercado.

Según Martin Sikora, editor de la revista Mergers & Acquisitions, "un tercio de las fusiones generan valor para los accionistas, mientras que un tercio destruyen valor, y otro tercio no alcanzan las expectativas". Sin embargo en las cajas no hay accionistas, por lo que no está claro quiénes serán los beneficiarios del tercio exitoso, ni cómo monitorizar los dos tercios restantes.

Parece que no hay sitio para todos, y deberán desaparecer cajas (tal vez el 50%), y oficinas (tal vez un 30%), aunque ello no garantiza que el mercado se beneficie de tal reestructuración. Desde otro punto de vista, las previsibles fusiones (espontáneas o "sugeridas") deberían permitir optimizar los fondos destinados a las entidades, así como trasladar financiación al mercado, pues no tiene sentido una institución financiera que no ejerce su función. También puede ser responsabilidad de las entidades tratar al cliente con la transparencia obligada entre quienes realmente son pares ante las dificultades, más compartidas que culpabilizadas. En todo caso, debe actuarse con prudencia, dado el alto coste económico y social de cualquier ajuste.

Independientemente de cuotas de poder político, y salvo casos excepcionales, no parece justo dudar de la profesionalidad de los órganos de gobierno de las cajas, pues supondría poner en tela de juicio el funcionamiento del sistema. Por ello, deben reclamarse las oportunas responsabilidades a quienes los integran, reivindicando más disciplina en las prácticas y en la obtención de niveles de rentabilidad, aunque ello deba ser en ausencia de accionistas.

Tal vez, con suerte, lo que quedó en el ánfora no fuera la esperanza, sino los ahorros de Pandora, a los que poder recurrir para combatir los efectos de tantos males desatados. Confiemos que también en nuestras cajas se encuentren todavía los ahorros, de quienes se los confiaron a ellas, a pesar de esa opacidad consentida.

Amadeo Arderiu Calvo. Consultor