A fondo

Comiendo tarta fotovoltaica

La energía solar fotovoltaica tuvo una corta adolescencia. Tras una larga infancia en la que se instaló en el mundo casi un megawatio por año, entre 2007 y 2008 se hizo mayor de repente, aupada, entre otros factores, por la explosión del mercado español, que creció un 900% en dos años y absorbió más del 50% de los 5.600 MW instalados en 2008. A la vez, despertaron mercados importantes como Francia e Italia y los tradicionales (EE UU, Alemania y Japón) mantuvieron su pujanza.

Para hacer frente a la increíble demanda, crecieron exponencialmente fábricas y productores. Sin embargo, en menos de un año, esta sed de placas ya se ha contraído a causa de la crisis económica y de las limitaciones impuestas por la nueva regulación fotovoltaica española, que ha limitado la instalación a un máximo de 500 MW anuales. Por mucho que crezcan los mercados mundiales, ya no es posible absorber un ritmo del 130% de crecimiento anual.

La madurez del sector fotovoltaico está marcada, sin ninguna duda, por la paridad con la red. Este concepto define el momento en que el kilowatio/hora solar será competitivo, sin ningún tipo de ayuda, con el coste de consumo del kilowatio/hora. Es decir, que a un ciudadano le cueste lo mismo comprar la electricidad a la red que instalarse unas placas solares y surtirse. Y este concepto implica una durísima pero imprescindible reducción de costes, que ya ocurre.

Según datos de la patronal fotovoltaica europea (EPIA), los costes de la fotovoltaica bajan un 8% cada año y, en menos de ocho años, ya será un 50% más barata. Esto implica, tal y como sube el precio de la luz, que en 2010 la fotovoltaica ya será rentable en España, Portugal e Italia. En 2020, en el 76% del mercado eléctrico europeo.

El mercado camina, por tanto, hacia convertir los módulos fotovoltaicos en verdaderas commodities. Ya hay empresas fabricando con un coste inferior al dólar por watio cuando hace menos de un año, o se compraban por encima de cinco dólares o no había trato. Ya no hay prisas y hay oferta de sobra, sin necesidad de bajar la calidad de las materias primas. Y las 10 productoras más grandes a nivel mundial no abarcan ni el 50% del mercado. Hay mucho competidor pequeño pujando por mantenerse.

Así, entre tanta competencia y con severas reducciones de costes, crecer orgánicamente se ha vuelto difícil. Las recetas de toda la vida son las que valen ahora, las economías de escala y el músculo financiero para crecer con compras, como demostró el lunes el fabricante de componentes automovilísticos Robert Bosch. La compañía compró en 2008 Ersol y esta semana, ha planteado dos opas sobre las alemanas Aleo y Johanna, ambas de fabricación de módulos fotovoltaicos con distintas tecnologías. La concentración es clave.

En España, sin embargo, de momento estas recetas no funcionan. Sólo se compran y venden algunas plantas fotovoltaicas, porque la ley ha impuesto un margen muy estrecho de instalación anual y es difícil promover nuevas.

Pero los productores de módulos con problemas en España no han encontrado socio que los sustente. Pierden la batalla del coste con los chinos y echan el cierre, temporal o definitivo. BP Solar ha abandonado el negocio español después de meses con las fábricas en venta. Solaria y Pevafersa han plateado expedientes de regulación de empleo en sus fábricas. Y aunque desde Bergé se esfuerzan en asegurar que no hay deseos de vender Isofotón, la Junta de Andalucía anda buscando un socio industrial que rescate el negocio solar de la malagueña, con el 99% de la plantilla en casa.

¿Tendrán que venir la alemana Q-Cells o la china Suntech a comprar el negocio español? ¿Quién se pondrá primero en el negocio fotovoltaico? El mercado español necesita evolucionar y no hay respuesta para esa pregunta.