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Sondeos con muy mala puntería

El 7-J ha dejado dos fracasos claros: el de la participación y el de la socialdemocracia. Y otro, que quizá ha pasado más desapercibido: el de los sondeos preelectorales.

En vísperas de la jornada electoral, esos sondeos condenaban a Sarkozy a la guillotina electoral. Los socialistas belgas se hundirían en las abandonadas minas de Valonia. En Alemania, la socialdemocracia dejarían a Merkel a punto para el golpe de gracia. Y en toda Europa, más de 50% de los electores avanzarían como zombies sonados hacia unas urnas de atractivo irresistible.

Nada de eso se ha cumplido. Pero los sondeos han servido para generar ansiedad, inquietud, tensión y, en ciertos casos, para orientar la estrategia de algunos partidos. Para casi todo, menos para predecir el resultado.

Y por culpa de esa imparable avalancha de encuestas sin aparente utilidad, el cortoplacismo que tanto daño dicen que ha hecho en los mercados financieros, va dominando a una clase política incapaz de levantar la vista de las barras, los porcentajes y las horquillas.

Algunos países ya prohíben la celebración de sondeos a partir de un determinado momento antes de la votación. Ahora que se quieren corregir las normas contables y los sistemas de remuneración para que las empresas vuelvan a otear al horizonte, quizá podría ampliarse también ese período de tregua sin encuestas de opinión. El resultado en las urnas, probablemente, sería el mismo. Y los partidos quizá se preocuparan de algo que no fuera la victoria de pasado mañana. Que, para colmo, casi nunca llega.cuando dicen los sondeos.

Foto: figurantes del Ommegang (B. dM., abril 2009)

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