COLUMNA

La dieta de Royal Bank of Scotland

Sir Philip Hampton ha actuado rápidamente. El nuevo presidente del Royal Bank of Scotland necesitaba romper de manera clara con la era de su desacreditado antecesor, Sir Fred Goodwin. La salida de golpe de siete de diez no-ejecutivos cumple con esas exigencias. Pero su tarea no ha hecho más que comenzar.

El consejo de RBS falló manifiestamente en su control a Goodwin, incluso si la sabiduría que recibió de los políticos de Caledonia fue un tanto desleal. La salida de los miembros del consejo trae consigo la llegada de algunos peces gordos del panorama internacional. El consejo menguará de 19 a 12 miembros, pero acabará siendo más diverso.

La docena del RBS tendrá que encargarse de un registro de acciones altamente inusual. Cuando el Gobierno convierta sus títulos preferentes en ordinarias, tendrá un 68% del total. Quiere ser un accionista más, y ha creado otra entidad, UK Financial Investments, para gestionar su paquete de acciones de forma independiente de HM Treasury. Se le ha dicho a RBS que no extienda préstamos sin sentido desde el punto de vista financiero.

Será difícil mantener tal aproximación. Los políticos ya están diciendo que el banco que es controlado por los contribuyentes tiene que ser muy cuidadoso con las primas. El siguiente paso podría ser que las autoridades dictasen los tipos de interés y la política de préstamos, a no ser que Hampton y su equipo estén alerta y protejan los intereses de los accionistas que controlan el otro 32% del banco.

Los problemas llegan cuando la agenda del accionista mayoritario no converge con los valores convencionales del resto de accionistas. Por ejemplo, puede que el Gobierno quiera deshacerse rápidamente de las operaciones internacionales de RBS, mientras que a los minoritarios les interesa que se mantengan porque buscan los mejores precios.

Luego está el discutible plan del Gobierno para los malos bancos. Esto podría poner en un callejón sin salida a la valoración de los títulos tóxicos de RBS. Unos precios manifiestamente bajos podrían favorecer a los contribuyentes. De hecho, los propietarios del 68% del banco se beneficiarían a expensas de los del otro 32%.

No le será fácil a Hampton encontrar un camino aceptable. Pero al menos tendrá la ayuda de un consejo fuerte.

Por George Hay.

Moody's sigue a flote

Un 30% de caída en el beneficio trimestral es raramente una señal de compra. Pero en el caso de Moody's, los inversores lo han visto como un razón para apostar a que la acción suba un 5%. La compañía de calificación de créditos logró batir las estimaciones a pesar de la congelación de los mercados de bonos y titulizaciones. Es el negocio básico, que no se marchitó más y mostró cómo de profundamente incrustadas están sus calificaciones en el sistema financiero -un problema para los competidores y reformadores por igual-.

La compañía mantuvo verdaderamente fuerte, en el 31%, el margen operativo -11 puntos porcentuales por debajo del registro del cuarto trimestre de 2007-. Esto a pesar de una caída en sus ingresos por calificaciones, que representa aproximadamente dos tercios de su negocio, el 32%.

Pero en verdad esta caída parece más bien moderada a la luz de la penuria de nuevas emisiones de bonos y con un casi parado mercado de titulización no garantizada en el cuarto trimestre. Aparentemente, los prestatarios todavía buscan la bendición de las agencias de rating para una gama de emisiones de capital, incluso aunque su credibilidad haya sido destruida por el desastroso rendimiento de sus sobreestimados títulos hipotecarios y otros tipos de inversiones estructuradas durante la crisis financiera.

Esta aparente obstinación del sistema de calificación es magnífico para los inversores de Moody's. Pero para aquellos que esperaban que los fracasos de los calificadores podrían provocar que en adelante los inversores y prestatarios los ignoraran, la relativa tendencia al alza de Moody's frente al desastroso cuarto trimestre es decepcionante. Y para unas prometedoras agencias de calificación que parecen usar los males de los Tres Grandes de Detroit, General Motors, Ford y Chrysler para entrometerse en los negocios y dar la bienvenida a la competencia, es mala señal.

Por Dwight Cass.