COLUMNA

Cisnes negros

Ahora que el año nuevo está cerca, vuelven los pronósticos de los expertos que intentan arrojar luz sobre el incierto futuro económico. El autor defiende que de poco sirven, pues muchas variables se escapan al vaticinio. Y por eso suelen fallar con frecuencia

Volvamos la vista atrás y situémonos a mediados de 2007. Leamos las previsiones de los expertos para este año que expira y asombrémonos de la diferencia entre lo previsto y lo realmente acontecido. Las agencias de estudios más solventes vaticinaban un petróleo a 200 dólares, unos tipos de interés por encima del 5%, y un crecimiento de la Bolsa de un 10%. ¿Qué ha ocurrido? Pues que el petróleo está a 40 dólares, los intereses se acercan al cero y la Bolsa se ha hundido más del 40%. ¿Ha dimitido alguno de esos augures? Pues no. Siguen ahí, pontificando y dibujando un futuro que nunca se cumplirá. Pero la humanidad precisa de certezas, y acudimos a nuestros oráculos con la fe del converso. Ayer fue Delfos y hoy Salomón Brothers, pero lo substancial no se ha modificado. Por muchos palos que hayamos recibido, necesitamos que alguien con una supuesta autoridad nos muestre el futuro que nos angustia. Pagamos por la ilusión de anticipar lo que puede ocurrir y eso, como en el dicho del torero, no puede ser y, además, es imposible.

¿Qué pasará en 2009? Pues no lo sabemos, responden los verdaderos sabios. Quizá sea mucho peor que el escenario más pesimista, o quizás mucho mejor que el del más optimista. Quién sabe. Yo, desde luego, no me atrevería a vaticinar nada, visto los mayúsculos errores de los que se suponen son más listos y tienen más información que el resto de los mortales. Creemos que todos los cisnes son blancos, y la realidad nos demuestra que hay más cisnes negros de lo que la ciencia afirma. Quizás, el futuro regrese sobre las alas de bandadas de cisnes negros. Tomo la idea prestada del ensayo El Cisne Negro, de Nassim Taleb, en el que se aborda el impacto de lo altamente improbable. La realidad no es gaussiana ni predecible. Por eso, todos los modelos predictivos fracasan con estrépito uno tras otro. La realidad queda condicionada por sucesos inesperados que modifican bruscamente los escenarios. Esos acontecimientos extraños, absurdos e imprevisibles, reciben el nombre de cisnes negros, por contraposición metafórica de los habituales, predecibles y gaussianos cisnes blancos. Según Taleb, un cisne negro es raro, pues habita fuera del reino de las expectativas normales y conocidas del pasado. En segundo lugar, produce un impacto tremendo. Y, como es habitual dada nuestra naturaleza discursiva, la ciencia en general y la predictiva en particular, sólo inventa justificaciones y explicaciones para su existencia una vez que ha acontecido. Como estas rarezas son las que construyen el futuro y, por definición, son impredecibles, el futuro no se puede predecir. Quienes lo intentan y a ello se dedican, simplemente están jugando a los dados. Algunas veces aciertan -y bien que vocean su acertada previsión- y la mayoría se equivocan, guardando un profundo silencio sobre el vergonzante error. La mente humana crea discursos para explicar la realidad, pero con el retrovisor de la historia como instrumento para intentar comprender el futuro. Según Taleb, somos una gran máquina que avanza mirando hacia atrás, y que nos engañamos con facilidad con los discursos que construimos. Alguien dijo con acierto que los economistas explican brillantemente los acontecimientos ya pasados. Tenía razón, nunca podrán conjurar su maldición.

Dado que lo extremo y raro es lo que suele configurar el futuro, y estas posibilidades extrañas y remotas no son consideradas en los modelos estadísticos habituales -con sus acotadas desviaciones sobre la media-, a medida que más se avance en los modelos de predicción de las ciencias sociales actuales, más grandes serán los errores. Sólo vemos una parte de la realidad. Es imposible analizar la totalidad de factores que configuran un momento histórico. Y si eso ocurre en la actualidad, ¿cómo pretendemos vaticinar el futuro? Sólo analizamos lo ocurrido, pero nunca lo que hubiera podido ocurrir. El simple azar, la conjunción de hechos fortuitos tiene una mayor trascendencia de lo que la ciencia le otorga. El futuro no es lo que solía ser.

No creamos a los augures, ya nos hicieron demasiado daño. En verdad saben del futuro lo mismo que nosotros, esto es, nada. Tenemos la certeza de que la historia del porvenir va a estar dominada por un suceso improbable e inesperado. Desgraciadamente, lo que no conocemos es cuál será. Por eso, como es igual de probable que estemos a las puertas de una catástrofe o del inicio de la senda de la recuperación, yo me apunto a los optimistas. Feliz Navidad y salud para 2009.