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Masoquismo belga

Dicen que en democracia, cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Si la teoría es cierta, Bélgica debe ser el país más masoquista del planeta.

Sólo un pueblo masoca puede prestarse voluntariamente al maltrato político que Bélgica soporta desde hace décadas. En la burguesa capital, los encargados de infligir el castigo son los conservadores flamencos, que desde Martens a Leterme, pasando por Dehaene, hunden al país moral y presupuestariamente, una sutil humillación cuyas huellas sólo se ven a largo plazo. En la proletaria y francófona Valonia, al sur, los socialistas son los encargados de poner las dolorosas pinzas de la corrupción y el clientelismo.
En 1999, a los dominadores se les fue la mano y Bélgica gritó ¡basta! después de un escándalo judicial y policial en torno a un pedófilo asesino.
Siguieron ocho años de apacible gobierno del liberal Guy Verhofstadt, durante los cuales se recuperó en parte la autoestima, se sanearon las cuentas públicas y se redujo casi en 20 puntos la deuda de más del 100% del PIB que había acumulado la orgía conservadora.
Pero el año pasado Bélgica se dejó tentar de nuevo por el morbo del dolor y volvió aofrecer sus grupas burguesas al latigo de la incompetencia. Sólo que esta vez los neoconservadores golpearon en la cartera, donde más duele a un pueblo maduro y rentista como el belga.
Primero fue un año de vacío de poder, hasta que el riesgo de los bonos belgas comenzó a dispararse peligrosamente en relación con el de la deuda pública alemana. El ¡ay! de la patronal cuando el deterioro de la imagen internacional del país empezó a dañar su actividad comercial frenó el castigo. Leterme formó entonces gobierno, nueve meses después de haber ganado las elecciones.
Mas lo peor estaba por llegar. La otrora poderosa banca belga se desangra desde de septiembre de este año sin que el gobierno se decida todavía a parar la hemorragia. Algunos accionistas minoritarios se han sublevado y amenazan con destruir el potro de tortura. Pero otros no parecen haber alcanzado todavía su umbral de dolor. Leterme, fatigado, quiere pasar la fusta al siguiente. Otra vuelta de tuerca más y quizá Bélgica reviente. Quien sabe si de placer o de angustia. Pero aunque sea una democracia, cuesta creer que le plat pays se merezca un trato tan despiadado.

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