Recapitalizaciones anticompetitivas
La fuerte presión de la crisis financiera sobre la economía, con la consiguiente paralización del movimiento del dinero y la creciente restricción de las líneas de crédito a empresas y hogares, ha forzado la intervención política para ayudar a la banca a mantener la liquidez mínima exigible para que funcione la economía. Pero las fórmulas utilizadas han transformado el terreno de juego altamente competitivo en el que se desenvolvían las entidades financieras en Europa desde que arrancó el euro. La fuerza de los Gobiernos francés, alemán, holandés y británico ha terminado por permitir recapitalizaciones con dinero público, a cambio de remuneraciones que ni por asomo dan las emisiones públicas, y que cercenan la rentabilidad al capital privado.
Tiene sentido que los Ejecutivos recapitalicen los bancos dañados por los excesos, y que corrijan los errores de los banqueros poco cuidadosos con el riesgo y atrevidos en la búsqueda de rentabilidad. Entre las obligaciones de los dirigentes está impedir una crisis sistémica que bloquee la actividad económica y financiera de forma radical, aunque se debe recordar que también es imputable a los poderes públicos (los supervisores) la laxitud en el control de las actividades bancarias temerarias que han conducido a esta situación, tanto en Europa como en Estados Unidos.
Pero hacer tabla rasa con los esfuerzos de los banqueros eficientes, prudentes y respetuosos con el riesgo, y extender la inyección de capital a los bancos aparentemente sanos, introduce un riesgo moral del que todo el mundo parece haberse olvidado con esta crisis de dimensión mundial. La cesión definitiva de la comisaria de Competencia, hasta ahora baluarte del libre mercado y fiscal incansable de las prácticas anticompetitivas, ha dejado a la banca española en una situación difícil para competir en la zona euro.
De ser unas instituciones con ratios de solvencia reconocidamente más sólidos, ha pasado a tenerlos relativamente deteriorados por la recapitalización pública y artificial de sus competidores en Reino Unido, Francia, Holanda, Bélgica o Alemania. Para recomponer la situación no tendrán más remedio los bancos españoles que acudir a mecanismos de recapitalización que les devuelvan la fortaleza relativa para superar las dificultades económicas y el avance de los activos de riesgos que la recesión, sin duda, generará.
Santander ha dado un paso al frente, y BBVA, que no considera necesaria una ampliación de capital tradicional, comienza hoy a colocar en su red una emisión de preferentes por valor de hasta 1.000 millones de euros, que mejorarán su ratio Tier 1. Más allá de este tipo de operaciones, todas las entidades estarán obligadas a la recomposición de su capital por la vía de la venta de activos o recortes de sus dividendos futuros.
Pero si la calidad de la base de capital ha cambiado, han mutado también las posibilidades de operaciones corporativas: los bancos con capital estatal quedan, a esos efectos, automáticamente fuera de la órbita del mercado. Bruselas debe corregir la estrategia para que los Gobiernos desanden el camino y abandonen capital y consejo de administración de los bancos cuando retorne la normalidad financiera, para recuperar ese concepto tan simple que se llama mercado.