COLUMNA

Socorro, llega la hora de la política

La sociedad asiente ante las decisiones de los diversos Gobiernos para afrontar la crisis, pensando que es la única solución realista. Sin embargo, el autor se confiesa escéptico y cuestiona que no haya voces en contra de dejar a los políticos las manos totalmente libres

Estamos ante algo más serio que una grave crisis económica. Estamos siendo testigos mudos de un profundo cambio en las reglas del juego de la economía y las finanzas. Probablemente, también de la política, quien sabe. Vivimos en un estado de excepción económica en el que todo es posible. ¿Quién se hubiera podido imaginar que EE UU nacionalizara sus bancos o que Islandia, tantas veces puesta como ejemplo, quebrara? Muchas cosas serán las que aún veremos en este doloroso camino hacia la recesión o, lo que sería aún peor, la depresión. Nos queda sufrimiento por delante, y no tenemos otro antídoto que el de la confianza de que, más tarde o más temprano, volveremos a remontar el vuelo desde una base más estable y sostenible.

'Ha llegado la hora de la política', oímos afirmar ufanos a los líderes internacionales mientras sacan pecho en alguna de las muchas cumbres que se celebran desde el desconcierto. Las empresas, los trabajadores, los ciudadanos del mundo entero, los observan con ojos compungidos como los únicos salvadores posibles para el desaguisado económico al que, supuestamente, la avaricia de unos pocos nos ha despeñado. 'Es cuestión de confianza, y sólo el Estado es capaz de proporcionarla'. Pues muy bien, sin otra alternativa real sobre la mesa, los Gobiernos del mundo entero han aprobado gigantescas inyecciones de capital para asegurar el funcionamiento del sistema financiero. En un contexto de urgencia, han adoptado medidas que hubieran resultado del todo imposibles en cualquier otra circunstancia. Jamás antes se habían comprometido cuantías presupuestarias de tales envergaduras ni trascendencia. De ser ciertas las cantidades que se barajan en prensa, nuestros próceres nos han hipotecado por varias generaciones sin que, hasta ahora al menos, haya servido de mucho ni -y esto es aún más extraño- de que ninguna voz se haya alzado en contra. ¿Cómo es esto posible? ¿Es que todos estamos completamente seguros de que el camino elegido es el mejor? No lo sé. Las medidas se están acordando con nocturnidad y premura, sin ningún debate previo ni análisis de sus posibles consecuencias. ¿Es esto bueno? La experiencia democrática nos dice que no. Los Gobiernos exigen manos libres e intentan esquivar controles externos que 'dificulten la eficacia en la aplicación de las medidas extraordinarias' con las que han de salvar al mundo. No me gusta el aroma providencial que emanan nuestros principales gobernantes.

¿Por qué ningún partido de la oposición ha levantado la voz contra unas aplicaciones económicas que nos hipotecarán por varias generaciones? ¿Tan seguros están que son las únicas posibles o, sencillamente, no tienen la menor idea de lo que ocurre y por eso corren a apuntarse al plan que hay sobre la mesa para que no los acusen de no estar a la altura de las circunstancias?

Sarkozy, feliz en su papel de salvador, quiere prolongar su mandato europeo, convencido de que su experiencia y clarividencia nos resultan del todo imprescindibles. Anuncia la creación de un fondo soberano para luchar contra las bajadas de las Bolsas y para evitar la entrada de los pérfidos extranjeros en sus capitales. Tanto él, como los otros presidentes, podrán nombrar consejeros en los principales bancos del mundo. Muchas gentes de bien respiran tranquilas al comprobar que, por fin, la economía tendrá garantía pública. Nadie protesta contra la estatización que nos venden como única solución frente al caos financiero. No me gusta lo que veo. Comprendo que, en esta angustiosa situación, todos los ojos se vuelvan a los Gobiernos, a la espera de una solución. Pero debemos comenzar a recordar lo obvio. Que los Estados no cuentan con una caja ilimitada. Nadie lo dice, pero corremos el riesgo de trasladar la falta de liquidez que sufren los privados al corazón del tesoro público. Y eso aún sería peor. El Estado debe ser una pieza fundamental para la convivencia y no existe cosa más terrible que un estado quebrado.

Denunciemos el silencio cómplice. Queremos oír voces que cuestionen lo que nuestros líderes están haciendo. A muchos nos preocupa seriamente su política de hechos consumados y, sobre todo, nos aterra la mirada iluminada de los que claman, providenciales, que ha llegado la hora de la política.