Cinco Sentidos

Los abogados recuperan el arte de la oratoria

La oratoria jurídica es un arte. Y en España, además, una tradición olvidada. La última Facultad de Derecho que tuvo cátedra de Oratoria fue la de Salamanca, cuando don Miguel de Unamuno era rector, y al finalizar la Guerra Civil cerró para siempre sus puertas. Desde entonces, los abogados españoles han aprendido a salto de mata. Unos haciendo caso a su intuición, otros siguiendo los consejos de sus mayores, muchos asistiendo a los cursos de oratoria que imparten de vez en cuando los colegios de abogados. Pero sin una formación sistemática y reglada.

Un abogado consulta libros jurídicos
Un abogado consulta libros jurídicos

Quienes saben de leyes echan de menos la presencia de buenos oradores en la tribuna. 'Muchos juicios se ganan y se pierden en la sala', recuerda Julio García Ramírez, director de los cursos de oratoria que imparte el Colegio de Abogados de Madrid. 'Ante una prueba plena no hay elocuencia que valga, pero ante una dudosa, la batalla dialéctica es fundamental', apostilla. Entre los letrados sobresalientes, los expertos citan a Sagardoy, a Emilio Cuatrecasas, a Garrigues, al difunto Uría y, por supuesto, a los grandes penalistas: Pérez Vitoria, Juan Córdoba, Cobo del Rosal, Horacio Oliva y Miguel Bajo. Pero no es una virtud muy extendida. Y también ellos se entrenan de vez en cuando.

La mayoría de los licenciados concluyen sus estudios de Derecho con un excelente bagaje técnico y escasas dotes de orador. 'La Universidad es una máquina expendedora de tullidos', dice con sorna García Ramírez. En la facultad, los futuros abogados apenas han tenido exámenes orales y menos aún clases de oratoria y retórica. 'Tampoco las tuvieron en el colegio...', se lamenta el penalista Emilio Zegrí, que imparte esta asignatura en el máster de Derecho de Empresas de la Universidad de Barcelona. 'Por muchos conocimientos técnicos que tenga un profesional, si no es capaz de enfrentarse con éxito a un auditorio o al papel en blanco, su esfuerzo será baldío', asegura también Cristina Rodríguez, responsable de Gestión del Conocimiento de Uría Menéndez.

Hasta no hace mucho tiempo esta realidad pasaba desapercibida. O sólo hacía mella en los opositores. 'Cuanta gente podría haber sido un excelente juez o un concienzudo notario si hubiese tenido la brillantez suficiente para defender sus conocimientos ante un tribunal...', señala Julio García Ramírez. Los aspirantes a servidores públicos, los penalistas y los abogados laboralistas - 'obligados a realizar juicios rápidos, ágiles, brillantes', dicen los expertos- eran los únicos que salían perdiendo si no dominaban el arte de la retórica; pero eso cambio en el año 2000, tras la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Civil. Ahora los civilistas también tienen que hacer uso de la palabra en un juicio 'y muchos ganan o pierden en la sala', insiste Julio García Ramírez.

Nombres ilustres son Pérez Vitoria, Córdoba, Oliva, Bajo y Cobo del Rosal

Tras la reforma en el año 2000 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, los civilistas necesitan hacer más uso de la palabra

'Resulta extraño que la oratoria no figure como asignatura en la carrera. Carece de sentido que los abogados seamos inexpertos en el uso de la voz, la retórica, la psicología de la persuasión, la argumentación, el lenguaje del cuerpo y las figuras de las palabras y el pensamiento que acompañan a la emoción', dice Emilio Zegrí. Precisamente es este conjunto de conocimientos los que este abogado penalista enseña a sus alumnos. También los grandes bufetes (Cuatrecasas, Garrigues o Uría Menéndez) envían a sus socios a clase. Mercedes Iglesias, responsable de la Escuela de Derecho de Cuatrecasas, cuenta que los más jóvenes reciben cursos de comunicación interpersonal y los senior aprenden dialéctica en las llamadas presentaciones eficaces.

Cómo perder el miedo escénico en 10 segundos

Cualquiera que haya visto alguna vez Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959) sabe que un abogado debe ser ante todo un consumado actor. 'Unas veces defendemos al bueno y otras, al malo', recuerda el experto en Derecho civil Julio García Ramírez. Por eso, las primeras clases de Oratoria siempre están dedicadas a descubrir al intérprete que todo profesional lleva dentro. 'Nuestra voz es un instrumento musical, debemos aprender a transformar el aire en palabras sin que nos paralice el miedo escénico', señala el penalista Emilio Zegrí. Para conjurarlo, García Ramírez, autor entre otros del libro Estrategia de oratoria práctica para abogados, propone varias acciones, entre ellas respirar profundamente, beber un vaso de agua, mirar al fondo del auditorio o hablar muy despacio.

Zegrí inicia después un arduo trabajo de campo: acopio de todo el material sobre el que versará la alocución, sobre todo, aquel que contiene tópicos y prejuicios, lógicamente para desmontarlos. Después propone dotar de razón el discurso: marcarse un objetivo y utilizar la palabra y el cuerpo para alcanzarlo.

Este abogado y profesor siempre exige a sus alumnos que el discurso esté hilvanado con un simple esquema.

Rechaza la memoria 'que suele jugar muy malas pasadas' y recuerda que en la réplica lo correcto es recurrir a la dialéctica, 'lo que obliga a trabajar con un discurso abierto'.

Decálogo del buen orador

Saber canalizar el temor escénico. Conjurarlo y potenciarlo. Transformar la emoción en capacidad mental y expresiva.

Aprender a respirar. Cuando el pánico aparece en escena se activa el sistema simpático. La clave para desactivarlo es respirar con tranquilidad y beber un poco de agua. Es el primer paso para calmar los nervios.

Tener un buen bagaje intelectual. Decía Cicerón que nadie debería pretender ser orador si antes no había aprendido todo lo que merece ser conocido en la naturaleza y el arte.

Ser permeable a lo que ocurre en la sociedad. Estar al tanto de la actualidad y de las inquietudes y exigencias de los ciudadanos.

Ser un buen observador. Conocer bien el auditorio al que nos dirigimos, tanto al preparar el discurso como durante la alocución.

Tener bien delimitado lo que queremos obtener con el discurso. Convencer, sembrar dudas o desencadenar cierto sentimiento de compasión.

Conocer los fundamentos de la persuasión y la argumentación.

Hacer lo posible para que el discurso se rija por la ética, aun cuando parezca que defendemos lo indefendible.

Saber bien tanto lo que hay que decir como lo que hay que guardar.

Querer hacer arte e interpretar el alegato.