Lealtad, 1

Nada que comprar, nada que vender

Los medios especializados se empeñan, o nos empeñamos, en explicar qué demonios se cuece en la Bolsa. A la mayor parte de la población, por el contrario, le escama sobre todo el asunto del valor de los ladrillos, pues una vez adoptada una costumbre -en este caso, valorar mark to market la habitación donde se duerme- es difícil desterrarla. Y, sin embargo, la realidad de los dos mercados, aparentemente tan opuesta entre la modernez de las finanzas y el pedregal del denostado negocio inmobiliario, es similar.

Ambos sufren el mismo mal: no hay ni qué comprar ni qué vender. En la vivienda la horquilla entre compradores y vendedores es tan amplia como pertinaz: nadie se baja del burro, luego no se cierran operaciones. En la Bolsa sucede lo mismo, pero de otra forma. Poniéndose uno la piel de un operador, ¿qué hacer, comprar o vender? ¿O ninguna de las dos cosas? Las valoraciones son, sobre el papel, atractivas, por más que estén sujetas a revisiones del beneficio. Sólo el endeudamiento se puede esgrimir como arma en pos de la gran purga de la Bolsa, y poner acciones a la venta después de que los mercados hayan perdido entre el 20% y el 30% de su valor suena a una rendición con armas y bagajes por la que nadie quiere pasar.

Pero, en el otro lado de la balanza, es difícil imaginar un escenario más complicado para la Bolsa: petróleo por las nubes -ayer los analistas se congratulaban de que estuviese a 128 dólares-, credit crunch, inflación, pinchazo inmobiliario y crisis económica, nada más y nada menos. ¿Comprar? No hay ningún indicio de que los fantasmas vayan a volatilizarse a corto plazo.

No es de extrañar que el mercado esté, en esta situación, bajo la dictadura de los movimientos técnicos. Es más verosímil entrar en Bolsa por tal o cual soporte que por pensar que la situación va a mejorar. Y optar, bien por dejar reposar el plato sin preocuparse demasiado de qué pasa, bien por entrar al juego, pero sabiendo cuáles son las normas.