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Tribuna

¡Hagamos algo, por favor!

Hace casi 30 años, a la salida de la dictadura, nos abríamos como país a una etapa apasionante en lo social y lo político, a una etapa de enormes riesgos y oportunidades.

Esa historia está ya contada y, afortunadamente, muchos de nosotros, de los ciudadanos de mi generación, la tenemos muy presente en la memoria.

En lo económico nos enfrentábamos a la descomunal tarea de transformar un aparato productivo obsoleto y escasamente competitivo en otro que pudiera operar en un entorno, el europeo, en el que todos ansiábamos integrarnos: la Comunidad Económica Europea. Fuimos capaces de alcanzar esa meta y luego vinieron otras: búsqueda de la estabilidad macroeconómica, convergencia, euro…

Hoy por hoy ya nadie nos libra del aterrizaje forzoso de la economía. La caída es vertical y los próximos 12 meses serán estremecedores

Tras la reconversión industrial, el redimensionamiento de sectores enteros, las liberalizaciones y privatizaciones, la consolidación del sector financiero… han quedado un importante número de empresas en sectores tan estratégicos como la banca, las telecomunicaciones, la energía o las infraestructuras, que han hecho su trabajo y podrán enfrentarse mejor que en aquella época a los difíciles años que se avecinan. Para otras, el tiempo de la reconversión, la consolidación o la desaparición no ha hecho más que empezar.

Visto con la perspectiva que dan los años, este tipo de tareas hercúleas sólo pudieron llevarse a cabo bajo tres condiciones: la existencia de compromisos, de políticas y de políticos.

Una fuerte dosis de compromiso, en el corto, en el medio y el largo plazo, del que participaban todos los partidos políticos, incluidos los nacionalistas, patronal y sindicatos. La existencia de políticas y programas de consenso, desde los Pactos de la Moncloa a los sucesivos programas de convergencia nacidos tras Maastricht y, por supuesto, la incalculable aportación de los individuos, de los políticos que protagonizaron el ascenso de nuestro país desde la marginalidad a ser la cuarta economía de la Unión Europea.

Teníamos objetivos básicamente comunes, diagnósticos consensuados, políticas compartidas y dirigentes para desarrollarlas. Pero como todos sabemos bien, el éxito nunca es definitivo.

Una línea de continuidad iniciada en los albores de nuestra joven democracia, un ciclo largo en la economía española con los altibajos, acentos o irregularidades, de los sucesivos gobiernos de UCD, PSOE y PP y sus políticas económicas, se cierra ahora.

No soy economista y mis opiniones pueden resultar heterodoxas o, directamente, absurdas pero, honestamente, creo que la crisis que ahora se inicia es muy distinta a cualquiera de las que hayamos vivido en los últimos 20 años, y desde luego nada tiene que ver con la de los primeros años noventa ni la de comienzos de la presente década.

La destrucción de riqueza a la que estamos asistiendo y la que sufriremos en los próximos dos o tres años será la más grave que hayamos visto desde los años ochenta. Y pido honestidad para enfrentar la situación.

Me resulta incomprensible la actitud del presidente Zapatero pero la de Pedro Solbes me confunde. æpermil;l ha vivido en primera persona situaciones muy difíciles de la economía española y sabe que la actitud que tiene el Gobierno en estos momentos genera aún más desconfianza que asumir, de una vez por todas, la situación a la que nos veremos abocados.

No recuerdo que los discursos de Enrique Fuentes Quintana, Miguel Boyer, Carlos Solchaga, el propio Solbes otrora o Rodrigo Rato fueran especialmente autocomplacientes con los problemas que enfrentábamos.

Hoy por hoy ya nadie nos libra del aterrizaje forzoso de la economía española. La caída es vertical y los próximos 12 meses serán estremecedores.

Lo que nos jugamos es, nada menos, la velocidad de la recuperación. Salir del pozo en 2010 o permanecer en él hasta 2013.

María Jesús Paredes. Socia directora de IG Consultoría

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