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Editorial

La vasta batalla contra la inflación

Generar una espiral inflacionista en una economía es poco complicado. Basta que un episodio externo como la subida del petróleo se mantenga mucho tiempo, como es el caso actual, y que encuentre con la guardia baja a los agentes económicos en los procesos de formación de costes. Pero frenarla y devolver los precios a la estabilidad es un trabajo ingente de todos los partícipes de la actividad económica, cuyo consenso sólo se consigue si hay un convencimiento previo de que la inflación es el peor enemigo de una economía, porque cercena todas las rentas y debilita cada día la posición competitiva de las empresas. España no ha entrado en espiral inflacionista. Pero tener una tasa interanual de inflación del 4,6%, desconocida desde hace 13 años y cada vez más alejada de los números de los competidores más directos, es para preocupar profundamente a todos. Y por eso todos tienen que poner, y mucho, de su parte.

El Gobierno debe activar todos los mecanismos a su disposición para frenar los precios, con liberalizaciones de la oferta en los mercados, hasta generar el convencimiento de empresas y consumidores de que la inflación se va a controlar. La expectativa de control de precios es clave para desactivar las demandas que la alimentan, y en todas las economías sólidas ha dado buenos resultados en el pasado. Hay un problema internacional con las materias primas, pero no habrá una compensación internacional para nadie por mantener tasas de inflación elevadas. Los costes afectarán de manera diferente a cada economía, y cada una tiene que buscar sus propias soluciones.

Competencia ha puesto la lupa en los productores alimenticios, cuyos precios se han desatado los últimos meses. Pero tiene que ampliar el tiro a otros sectores tan inflacionistas de forma estructural, aunque su peso específico sea más limitado. El núcleo duro de la inflación, la subyacente, en España sigue siendo resistente, con tasas inaceptables en todas las rúbricas, salvo los bienes industriales duraderos, vigilados por la competencial comercial. Si no, el efecto será pasajero.

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