Lo primero, restablecer los consensos básicos
El primer acto que debería hacer el ganador de las elecciones es hablar con su rival en las urnas, asegura el autor. Las incertidumbres que se abren ante la sociedad española son, en su opinión, lo suficientemente importantes como para justificar un esfuerzo de entendimiento entre las dos grandes fuerzas políticas
Me sugieren en CincoDías que, a las puertas de unas elecciones generales, dedique este artículo a exponer lo que a mi juicio debería ser el primer acto del próximo presidente del Gobierno.
Escrito y publicado antes del 9 de marzo, sin conocer por tanto el resultado, y sin saber si el ganador lo será por mayoría simple o absoluta, la respuesta es clara: lo primero que tiene que hacer el ganador es llamar al líder del partido perdedor (en el sentido de que no pueda formar Gobierno), y hacer todo lo posible para que los consensos políticos básicos sobre los que ha funcionado la democracia española queden restablecidos.
En el ámbito del diálogo social, y durante muchos años, los líderes sindicales y empresariales hemos recibido desde la esfera de la política constantes apelaciones a nuestra responsabilidad, admoniciones que nos ha espoleado para llegar a todo tipo de acuerdos entre organizaciones con intereses muy dispares y a veces divergentes. Si en tantas ocasiones hemos conseguido llegar a estos acuerdos, no veo razón de peso para que en el plano de la política no suceda lo mismo.
Dicho esto en medio del fragor de la lucha preelectoral, y con el foco puesto en los celebérrimos debates televisivos, puede parecer iluso. Pero lo efímero de la campaña deja luego paso a lo permanente, y ahí nos vamos a encontrar de nuevo con los grandes problemas que aquejan a la sociedad española y que exigen una respuesta coordinada y que cuente con una amplia base política.
Antes ya estaban planteadas cuestiones como la inmigración, la articulación territorial del Estado o la unidad frente al terrorismo. Ahora se viene a unir el problema de la desaceleración económica (que puede acabar en recesión si no se actúa con diligencia), de nuestra progresiva pérdida de competitividad internacional, de unos precios de la energía empujados al alza por el desbordamiento de la demanda mundial, del fiasco del modelo educativo, etcétera.
La nómina de incertidumbres y riesgos que se abren ante la sociedad española es lo suficientemente importante como para justificar un esfuerzo de entendimiento entre las dos grandes fuerzas políticas que articulan nuestro sistema de representación, incluso en el caso improbable de que alguna de ellas obtuviera mayoría absoluta.
Creo que es evidente que lo que mejor ha funcionado en la pasada legislatura ha sido lo relacionado con el consenso social: negociación colectiva, paz laboral, leyes asistenciales, crecimiento exponencial del empleo, reducción de la temporalidad, incremento del Fondo de Reserva para Pensiones, etcétera. Esto no se ha logrado por casualidad. Ha sido el fruto esforzado del entendimiento.
A la inversa, los puntos negros han residido en aquello en lo que no ha sido posible obtener consenso, ni social ni político, como es el caso del modelo territorial, educación, trasvases, etcétera.
Hay un viejo aforismo en política que dice que 'las mayorías no tienen vocación suicida'. Significa que ningún partido político que ha ganado el poder bajo un sistema electoral se siente impelido a modificarlo (¿para qué, si con el viejo ha ganado?). Este es el motivo por el cual las leyes electorales se perpetúan, fenómeno que ocurre dentro y fuera de España.
Sin embargo, es un hecho que tras 30 años de rodaje, nuestro modelo electoral presenta algunos defectos ya evidentes, no siendo el más irrelevante la excesiva dependencia de las minorías (casi siempre regionales), para adoptar las grandes decisiones de gobierno. Vuelvo al símil con el diálogo social: ¿alguien hubiera entendido que los empresarios firmasen acuerdos con pequeños sindicatos residuales marginando a las grandes organizaciones representativas?
Corresponde a los líderes políticos alcanzar consensos básicos y acometer las reformas que reparen los defectos señalados. A los que hemos ostentado responsabilidades en la esfera de lo social, o de lo económico, solamente nos toca recordar que cuando fuimos solicitados para ejercer nuestra responsabilidad desde el diálogo, nos afanamos por hacerlo y ello rindió frutos de los que nos sentimos legítimamente orgullosos, unos y otros.
Y por supuesto, cuanto más alta es la magistratura, mayor es la responsabilidad. Quien reciba el encargo de gobernar España para los cuatro próximos años deberá ejercerla comenzando por lo que acabo de señalar, por una simple llamada.
José María Cuevas. Ex presidente de la CEOE