ANÁLISIS

No más trajes horribles

Se sorprende un ami-go, que el fin de semana pasado disfrutó de la ópera sobre la tragedia de Macbeth, del compositor italiano Giuseppe Verdi, en el Teatro Campoamor de Oviedo, de que en esta bellísima ciudad las señoras se vistan de largo y los caballeros de esmoquin para ir a un evento social.

La razón, además de las costumbres y del porte que se gastan en la capital del Principado, se debe a la iniciativa de un grupo de aficionados que creó en 1978 la Asociación Asturiana de Amigos de la âpera, con el fin de dar continuidad a los antecedentes de la actividad lírica de Oviedo, y del actual Teatro Campoamor, que se remontan al siglo XVII. Por tanto, a esta institución se le tiene respeto, y como no podía ser de otra manera, también a la indumentaria. O lo que es lo mismo, al buen gusto. Algo que debería trasladarse, y no hablo del esmoquin ni del clásico traje, al mundo de la empresa.

Algunos directivos deberían dejar colgadas la chaqueta y la corbata en el armario de casa. No creo que la elegancia de los ejecutivos tenga que ver con llevar traje o no llevarlo. Muchos lo llevan y van de pena, por no hablar de los zapatos, que mejorarían con una buena capa de betún y un buen cepillado. Siempre me fijo en ellos, y en el largo de los calcetines. Y en la corbata. Algunas veces, sucias, y muchas, con llamativos colores y estampados, un insulto para la vista. A veces es preferible un buen casual, siempre ha de estar impecable en cuanto a planchado y limpieza, en colores neutros y limpios, que un terno.

Pero la mayoría de las empresas sigue prefiriendo que su personal masculino vista conforme al canon establecido, independientemente del gusto. Para ello, es preferible que impongan el uniforme, y así todos iguales en la oficina, como si estuvieran en el colegio. Total, si van uniformados igualmente. El último en reivindicar la chaqueta en los señores ha sido el cocinero Sergi Arola, que ahora, cuando va a estrenar su propio establecimiento (se desliga de la cadena hotelera Occidental y abandona el restaurante del hotel Miguel Ángel, La Broche), un bistró moderno, pretende exigir el uso de esa prenda.

Sorprende que sea un cocinero, sobre todo él que casi siempre usa camiseta ceñida, quien haga esta exigencia. Argumenta que pretende recuperar la elegancia y las buenas formas en la mesa. Lo que se debería imponer es el buen gusto.