Lealtad, 1

El hacha de Bernanke

Hoy era el día en que la Reserva Federal debería bajar los tipos en tres cuartos de punto para salvar al mundo de la crisis crediticia, o algo parecido. El día marcado en rojo, desde antes de que empezase 2008, por los operadores de medio mundo, hasta que se cruzó por el camino un banco francés que deshizo en dos días posiciones en derivados que valdrían para pagar el programa espacial de la Nasa hasta 2011, a causa según las primeras explicaciones de las actividades de un tal Jérôme. Hecho que adelantó una semana y pico el recorte de tipos.

Pero si una semana es mucho tiempo en fútbol, en la Bolsa es una eternidad. Unas pocas horas después de que Bernanke tirase de motosierra para abatir el precio del dinero, el mercado ya pedía más madera. El actual presidente de la Reserva Federal llegó al sillón con fama de académico y ortodoxo, de transparente en la comunicación de las decisiones. Se esperaba un presidente de la Reserva Federal más alejado de los mentideros de Wall Street. Un presidente aburrido.

Pero, quizá por algún tipo de obsesión freudiana relacionada con el mito del padre, Bernanke ha parecido más Greenspan que el mismo Greenspan. Quien, por cierto, ha adoptado un papel de opinador a toro pasado que es lo contrario de lo que debería ser. La historia de cómo los líderes pasan a un segundo plano, de todos modos, es otra.

Hoy es el día en que la Reserva Federal debería bajar los tipos de interés del 4,25% al 3,5%. Pero hoy es un día en que los tipos ya están al 3,5%, sin que ello haya saciado a un mercado con tics de niño malcriado. Hoy Bernanke tiene una papeleta compleja, porque sea cual sea su decisión, será difícil de explicar. Si baja los tipos medio punto, se queda sin demasiado margen, pues a diferencia de 2002, los tipos reales ya son negativos. Por no hablar de la señal de debilidad respecto de las presiones externas.

Puede no tocar los tipos y decir que, simplemente, se limitó a adelantar el recorte. Pero así puede lograr justo lo contrario de lo que buscaba, es decir, deprimir al mercado después de haberle suministrado los estimulantes. La alternativa intermedia sería un sí pero no. Una indefinición muy propia, precisamente, de Alan Greenspan, que no sirve para mucho, pero que tampoco obliga a dar demasiadas explicaciones.