Lealtad, 1

Las mujeres y los niños, primero

Cuando un operador de Bolsa vive su primera crisis suele pensar que asiste al fin de los tiempos, a un crac que cambiará la historia económica y que se recogerá en los libros de texto. Los más veteranos, no obstante, suelen observar estos fenómenos con la displicencia de quien ha visto demasiadas veces desplomes y rebotes, de quien tiene en su piel y en su cartera las cicatrices de muchas semanas negras.

Pero a veces, muy de vez en cuando, el parqué sí está escribiendo páginas para la historia. Ayer fue uno de esos días. El crac de los mercados registrado el 21 de enero de 2008 es algo más que el bautismo de fuego de una generación de bolsistas. Es una puñalada en el costado de la economía financiera. Las consecuencias en el día a día de son tan difíciles de valorar como complicado es decir hasta qué punto la bonanza bursátil de los últimos años ha influido más allá de los bonus y de los precios inmobiliarios en Manhattan y Londres.

Cierto es que la economía mundial es hoy bastante parecida a antes del fin de semana. Que no estamos en 1929. Que motivos técnicos han acelerado las ventas. Que las empresas seguirán ganando dinero. Claro que sí. Pero también está claro que el 20% de valor que se ha evaporado de los mercados en pocas semanas tendrá efectos a medio plazo. Que esta sangría imprevista sacará a la luz los trapos sucios del mercado, como sucedió entre 2001 y 2002, y que el impacto psicológico será altísimo en los ámbitos empresarial, regulatorio y financiero. Se abre una nueva etapa de aversión al riesgo, después de cinco años de complacencia.

La pequeña historia de jornadas de verdadero pánico vendedor, de 1987 a 1998, indica que ahora toca un rebote, tan violento o más como la caída de ayer, pero eso no significará nada; es lo normal. El mercado ha bajado los brazos; y aunque puede haber recorrido buena parte de la fase bajista -ya lleva el 20%-, queda tocado. No se acaba el mundo, pero éste no volverá a ser el de hace un año.