Lealtad, 1

Siempre queda dedicarse al juego

Uno de los pocos valores que cerró al alza en la infausta jornada bursátil de este martes fue Codere, empresa dedicada a la explotación de máquinas tragaperras. Una especie de chiste en medio de una tormenta financiera: a los operadores todavía les quedaba el juego, pese a que la diferencia entre cierta operativa bursátil y la introducción de monedas por una ranura con la expectativa de que salgan más monedas por otra ranura distinta -con ruletas frutales y toscas iluminaciones temáticas de gnomos o vaqueros de por medio- es a veces sólo la forma, no el fondo.

Lo sucedido ayer con Avánzit sirve de recuerdo del lado menos académico y más ludópata de la Bolsa. El valor es, desde que se llamara Radiotrónica y formase parte del Ibex 35, uno de los más volátiles del mercado y uno de los objetivos favoritos de los inversores de perfil muy especulativo. Ayer lo volvió a demostrar. Más allá de la veracidad de las informaciones que dieron lugar al disparo bursátil de Avánzit, llama la atención que el mercado esté dispuesto a pagar un 20% más por las acciones de un valor no hace mucho en caída libre que ha desmentido la posibilidad de una operación siendo, además, caldo de cultivo habitual de rumores no confirmados.

Ahora, si uno se da una vuelta por los foros de internet, acaba pensando que ciertos valores aplican la técnica clásica de ventas piramidales, utilizada en distintos ámbitos y que se caracteriza por convertir al cliente en inversor y comercial: se compromete a adquirir una cantidad de artículos a cambio de comprometerse a venderlos, a su vez, a otras personas y embolsarse una comisión.

La diferencia entre el marketing piramidal y la estafa piramidal de toda la vida es también difusa desde el punto de vista del sentido común, aunque quizá no tanto desde el punto de vista legal. Porque a efectos de flujo de capitales, el sistema es el mismo, y es el que domina la inversión en los chicharros. Uno compra acciones porque confía en que después otro llegue y las compre todavía más caras, de forma que el capital de los nuevos genere plusvalías para los antiguos. Algo no muy distinto de la inversión tradicional, si acaso sólo en la subjetiva medida en que la expectativa de vender se basa en supuestas realidades económicas.