COLUMNA

La buena noticia de los precios agrarios

Los precios agrarios han comenzado a subir después de varias décadas en depresión. Si ayer fue el aceite y la leche, hoy lo es el trigo, o el girasol. Probablemente la carne acompañará pronto a esta espiral alcista. Como la cotización de los productos agrícolas básicos repercute de forma directa en la cesta de la compra y en el consumo de los hogares, el grito de las autoridades económicas no se ha hecho esperar: ¡la inflación se dispara! ¡Alerta!

En efecto, si analizamos el mal dato de inflación del pasado mes de septiembre nos encontraremos que el precio de los combustibles y el de los alimentos han sido los responsables de la fuerte subida interanual, que ha supuesto otro jarro de agua fría a una economía que precisa de buenas noticias para sacudir el halo de fatalismo con la que nos la quieren envolver.

Ahora bien, existe una diferencia fundamental entre ambas categorías de productos. Mientras que el petróleo ha superado la barrera histórica de los 80 dólares, los productos agrarios siguen muy por debajo de los precios que alcanzaron hace ya 20 años. En efecto, basta con aplicar la deflación inflacionaria a las cotizaciones de hace 20 o 30 años para comprender la profunda senda bajista que sufrieron las materias primas agrarias. El petróleo está caro y los alimentos siguen baratos, al menos si lo comparamos con sus referentes históricos.

Otra buena prueba de que no son los alimentos la causa ni de la inflación ni del aprieto de las familias lo muestra el reducido porcentaje de renta que una familia media dedica a alimentación frente a ropa, ocio o cualquier otro epígrafe de consumo. Podremos comprobar cómo ha ido también descendiendo a lo largo de esas dos últimas décadas. Comer hoy supone mucho menor esfuerzo para nuestras economías que hace unas décadas. Razón de más para no acusar de lesa traición a los precios que perciben los agricultores.

Nadie movió un dedo cuando, año tras año, los precios agrícolas fueron descendiendo sistemáticamente, arruinando a los agricultores del mundo entero. Vivíamos en una depresión agraria sin que nadie llorara por ello. A lo más, alguna crítica que otra aislada frente al proteccionismo de los países ricos, o una diatriba contra las políticas agrarias de Europa y EE UU.

Los excedentes agrarios de los setenta pusieron en marcha una serie de mecanismos para desanimar a los productores. Se daban subvenciones por no cultivar, algo que jamás terminaron de entender bien los que se dedicaban a la agricultura productiva. Y lo curioso fue que esta reducción de producción fue acompañada por precios bajos en los mercados internacionales, lo que impedía la rentabilidad de los campos de cultivos de países subdesarrollados.

Y, mientras estábamos en esto, nadie dio la voz de alarma cuando se comprobaba que los almacenes de intervención se iban quedando vacíos. Ha bastado un año de cosecha corta, unido al incremento de consumo de la pujante población oriental y una incipiente demanda de las plantas de biocombustibles para que los precios se dispararan. Se nos había olvidado que en el campo también funciona la ley de la oferta y la demanda.

En un solo año, el precio del trigo se ha multiplicado por cuatro, lo que ha levantado el escándalo entre los funcionarios de economía y algunas ONG. Resulta -según ellos- que esos precios altos arruinarán a nuestras familias, y que los biocombustibles arrastrarán al hambre a millones de familias que no podrán pagar la subida de su precio. Pues nada de eso es cierto. Debemos decirlo en voz bien alta.

La subida de precios agrarios es beneficiosa para todos. Para los agricultores, que podrán esforzase en una noble actividad que estaba en la ruina, y para los países pobres, cuya principal riqueza suelen ser las materias agrícolas. Estamos entrando en una fase de precios alcistas en las materias primas agrarias. Es una excelente noticia para todos, que debe forzar un cambio en las políticas agrarias europeas, que han quedado desfasadas por la realidad. La población humana y su consumo crece, mientras que la producción no lo hace en la misma intensidad. Los buenos agricultores vuelven a ser necesarios.

Manuel Pimentel