Viejas recetas para crisis de nuevo cuño

Miguel Rodríguez

El mundo, para bien o para mal, ha cambiado en las últimas décadas, y la globalización, al menos la financiera, es un hecho incuestionable. Los mercados son más eficientes, porque permiten que el exceso de ahorro en cualquier lugar del mundo pueda financiar la demanda de crédito en la otra punta del globo.

'Desregulación, desintermediación e innovación financiera (con la tecnología como aliado) han creado un sistema financiero que es mucho más eficiente que antes', comenta en un informe el equipo de análisis de política financiera de Moody's. Los expertos de esta agencia de calificación analizan en dicho informe las profundas transformaciones que ha vivido el sistema financiero y que explican las dificultades con que se han topado los bancos centrales para combatir la actual crisis de liquidez.

'El problema es que los bancos centrales se diseñaron para resolver los problemas de los bancos, no las crisis de confianza de los mercados', comentan.

Una de las claves de lo que está pasando es el proceso de desintermediación financiera que se ha producido. Los bancos ya no dominan en exclusiva los flujos de capital, sino que son los mercados los que los distribuyen, en un contexto además global, de flujos transfronterizos y comunicaciones instantáneas.

Quiere esto decir que existen muchos actores, algunos de importancia capital en el sistema, que ni tienen acceso a los bancos centrales ni están regulados por ellos. Así que la tarea de la autoridad monetaria a la hora de favorecer la estabilidad financiera es ahora más difícil.

El mercado moderno se autorregula bajo la premisa de una disciplina de los inversores basada en el miedo a perder cuanto más riesgo se asume. Con menos regulación y menos intermediación bancaria, lo que mueve los mercados es la confianza. 'El sistema financiero moderno está construido sobre el endeudamiento, que sólo es posible con la presunción de liquidez', apuntan en Moody's. Y esa presunción es puramente psicológica, como muestra el que la liquidez del sistema haya desaparecido en las últimas semanas sin que aparentemente hayan cambiado las condiciones económicas. Al menos de momento.

Así que los bancos centrales tienen ante sí una tarea complicada: solucionar una crisis de nuevo cuño, para la que no bastan los viejos remedios.

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