CincoSentidos

Mil libros de soledad

Aurelio es un hombre de repetición; es decir, sin darse cuenta, recita incansablemente de memoria textos literarios. Un conocido psicoanalista argentino refiere en el capítulo XXII de su famosa obra §Una vida de memoria§, basada en Aurelio, que los hombres que han leído más de mil libros están destinados a vivir cien años de soledad. No sabemos si esta afirmación se puede generalizar, pero en este caso que nos ocupa sí se produjo.

Siempre se quedaba dormido después de comer. La cabeza recostada en el sofá, las manos cruzadas sobre la cintura y una sonrisa en la boca denotaban su placidez. Era algo habitual. La mujer y la hija, sentadas en altos sillones, combatían la somnolencia, en aquellas calurosas y tórridas tardes de agosto, con soporíferas telenovelas. De pronto Aurelio se despertó y comenzó a hablar con serenidad. A Mabel le sobresaltó la voz ronca de su padre.

-Has de saber, amigo Sancho, que fue costumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por mí no falte tan agradecida usanza -se detuvo, tomó aire y prosiguió-; antes pienso aventajarme en ella: porque ellos algunas veces , y quizá las más, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos, y ya después de hartos de servir y de llevar malos días y peores noches, les daban algún título de conde...

Las dos mujeres no daban crédito a lo que estaban viendo, y menos a lo que estaban oyendo. Al principio creyeron que sería alguna broma que les estaba gastando el marido y padre. Después, observando que como respuesta a ciertos ademanes que ellas hacían, él seguía hablando, pensaron en que sería una pesadilla de su siesta, lo cual corroboraron cuando repentinamente dejó de hablar y continuó durmiendo.

La madre miró a la hija, la hija miró a la madre, las dos hicieron un gesto de extrañeza, y a la vez de resignación, y las dos continuaron mirando las imágenes de la insulsa caja, como si nada hubiera pasado, y sin dar más importancia al incidente.

Ese mismo día, durante la cena, Mabel hizo un comentario gracioso a su padre sobre lo acontecido durante su siesta. Aurelio puso cara extrañada al oír las explicaciones de su hija. No se acordaba de nada.

Todo había sucedido hacía un mes, y desde entonces era normal que Aurelio recitara en voz alta, sin él darse cuenta del lugar o la hora, o si había o no recitado.

Al principio su familia no le dio la mayor importancia, pero después la mujer empezó a preocuparse. Los psiquiatras visitados no se pusieron de acuerdo para diagnosticar qué era, aunque todos coincidieron en que no era peligroso para la salud del paciente ni para la de los que lo tenían que soportar. Así que Aurelio siguió con sus recitales. También se descubrió que aquello que recitaba eran textos pertenecientes a alguno de los muchos libros que él había leído durante su vida.

Juan, novio de Mabel, y estudiante de Filología Hispánica, fue anotando pacientemente y a escondidas los textos que iban saliendo de la boca de su futuro suegro, y después de ver su biblioteca personal, halló la relación entre ambas cosas. Todo un hallazgo para la humanidad fue el comentario irónico de Mabel cuando Juan, todo ilusionado, le contó el resultado de sus investigaciones.

Aurelio era un hombre robusto, de 65 años, pelo canoso y enormes gafas. Una lejana infancia llena de aventuras y trastadas había dado paso a los anaqueles repletos de libros de la biblioteca municipal. El matrimonio, su única hija y los libros eran islotes en el océano gris que representaba la jubilación de Aurelio.

En el pueblo se tomaron bastante bien el problema de Aurelio. No veían ningún peligro ni molestia en que de vez en cuando tuvieran que oír sus declamaciones. Habría que exceptuar el Jueves Santo en el que en medio de las procesiones se puso a voz en grito a recitar un escabroso pasaje del Marqués de Sade. Si no es por la intercesión del párroco, don Fermín, casi lo matan. Tampoco fue problema para las autoridades municipales, que vieron en Aurelio un nuevo reclamo turístico que atraería dinero fresco para levantar la decaída economía local. Vecinos y autoridades disfrutaron al ver y oír a Aurelio en la pequeña pantalla, cuando las televisiones regionales lo entrevistaron como un caso extraordinario y sorprendente.

Sólo su mujer le reprochó durante muchos años que para lo único que le había servido leer era para volverse loco, que ella ya sabía que tantas horas de lectura no podían ser buenas, pues su difunto abuelo ya había dicho muchas veces que nada en exceso era bueno.

En las largas tardes de julio, Aurelio se sentaba a la caída del sol en uno de los bancos de madera del paseo. Algunos jóvenes se acercaban a hurtadillas hasta estar muy cerca del banco de Aurelio, sin que éste se enterara, y allí esperaban.

-Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo -Aurelio hablaba en voz alta y entonando lo que decía-. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.

Junto a la potente voz de Aurelio se oían en susurro pequeñas vocecitas.

-Pertenece a Pedro Páramo -dijo una voz.

-Te habrás quedado calvo -dijo otra voz-. Eso está claro, porque lo ha dicho don Aurelio.

-Sí, pero ¿quién es el autor? -resaltó una tercera voz, esta vez de mujer.

-Es de Gabriel García Márquez -contestó la primera voz que había hablado.

-No tienes ni idea. Es de Juan Rulfo -sentenció la tercera voz.

Era para algunos jóvenes un juego divertido e instructivo el intentar acertar de qué autor era lo que Aurelio recitaba , aunque muchas veces se lo pusiera difícil y no lo lograran, y tuviera que ser al día siguiente el profesor de literatura quien les sacara de dudas.

Los textos salían de la boca de aquel hombre sin que él lo quisiera; salían y eso era todo. Salían impredeciblemente, como se cierran los párpados de los ojos o como llegan con suavidad las olas a la playa. No había voluntad alguna en la pronunciación de aquellos retales literarios que recordaba de forma prodigiosa. Y es que no sólo recordaba los textos, palabra por palabra, recordaba el color de las pastas del libro, recordaba el número de la página, incluso recordaba si había ilustraciones. Recordaba lo que había recordado mientras leía. Recordaba recordar, y él no lo sabía.

La mujer y la hija, después de recorrer con Aurelio los más prestigiosos y caros médicos, psiquiatras y psicoanalistas sin resultado alguno, decidieron acudir a un famoso curandero, que las más de las veces pasaba por brujo.

-Entramos, primer domingo después de Cuaresma, en poder del hambre viva, porque tal lacería no admite encarecimiento. æpermil;l era un clérigo cerbatana, largo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo (no hay más que decir para quien sabe el refrán)... -Aurelio hablaba con gran entonación mientras cruzaba el zaguán de una casa que por lo menos debía de tener más de cien años.

-El licenciado Cabra, de El Buscón, de don Francisco de Quevedo. Gran novela -habló un hombre de largas barbas canosas y gafas con lentes redondas que dejaban ver unos ojos como garbanzos.

La mujer y la hija miraron al curandero haciendo muecas con la cara para que no hiciera caso a su marido y padre.

-Pasen, pasen, por favor -dijo el hombre de las barbas al trío, y dirigiéndose a Aurelio continuó hablando-. Nunca nadie me había comparado con semejante personaje, pero, en fin, cuando uno tiene esta presencia estrafalaria son los riesgos que se corren -una siniestra carcajada se escapó de su boca enseñando un montón de ennegrecidos dientes y algunos huecos terroríficos.

En una habitación, que un día fue comedor, el curandero había montado una improvisada consulta en la que ni siquiera faltaban una camilla, un fichero, que a saber qué tendría dentro, y un armario de cristales, en el que se veían los utensilios típicos de la profesión médica.

Sentado en la camilla, con el pecho descubierto y descalzo, Aurelio tenía la mirada fija en un cuadro en el que un barco nunca acababa de perderse en el horizonte. Como si se tratara de un muñeco articulado, el curandero situó las manos en su cabeza, y la movió hacia todas las direcciones, haciendo lo mismo con los brazos y las piernas. Después, con una afilada y larga aguja le pinchó en las plantas de los pies y las manos, observando si en su rostro se producía algún tipo de reacción.

-Vístase y cálcese -dijo el curandero cuando se dirigía a sentarse tras la enorme mesa de comedor adaptada para su nuevo uso de escritorio, frente a la que se encontraban la mujer y la hija-. No se preocupen, no tiene nada de nada. El mal mental de Aurelio es tan antiguo como la vida misma; era lo que los romanos denominaban homo repetitionis, el hombre de la repetición -el hombre se detuvo, abrió uno de los cajones de la mesa, saco una cajetilla de tabaco, encendió un cigarro y siguió hablando con total normalidad-. Entonces no era considerado como un mal, sino que el hombre que poseía eso que para nosotros es algo malo, era venerado y respetado como un hombre en posesión de la verdad. Durante la antigüedad se dieron honorables casos...

-Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos -desde su asiento en la camilla, Aurelio había prorrumpido a hablar, dejando al curandero con la palabra en la boca-. Mitriades Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez -dejó de hablar y continuó con la mirada clavada en las velas del solitario barco navegando por los insospechados océanos del cuadro. El curandero había asistido perplejo al recital de Aurelio.

-Borges en boca de un personaje auténticamente borgiano. Increíble -fue sólo lo que añadió el curandero con sus ojos fijos en el inquietante rostro de aquel singular hombre.

Y pasaron los días, los meses y los años. Y pasaron también sobre Aurelio, que se hizo más viejo y se quedó viudo, pero con su incansable costumbre de repetir textos literarios multiplicada por mil. Mabel dejó la casa de sus padres cuando se casó con Juan, y quiso llevarse a su padre, que se negó a abandonar los recuerdos familiares.

Para él se acabaron las presencias humanas que coartaban sus recitaciones. En la soledad de aquellas paredes podía recitar sin fin y sin miedo a las malas miradas. Ochenta años sin alcohol ni tabaco dieron paso al coñac y a las pipas de tabaco, que hicieron sus largos e inesperados recitales más llevaderos.

En la primavera del año de las lluvias recitó todos los cuentos de Cortázar, los Episodios nacionales y El conde Lucanor. En el invierno del año de las nieves, con noches interminables y días tristes, reprodujo con constancia La colmena, Niebla, Crónica de una muerte anunciada y El Lazarillo de Tormes. Y en las navidades del granizo, que pasó con lo único que le quedaba de familia, en la oscuridad de la noche de Reyes, su yerno le oyó recitar en inglés Robinson Crusoe, con gran asombro y pavor, pues sabía que Aurelio nunca había aprendido la lengua de Shakespeare.

En algunas tardes melancólicas de otoño se le vio paseando por las calles infestadas de peatones, cabizbajo, silencioso, temeroso de los dioses de hormigón de la ciudad.

En alguna de aquellas tardes sombrías, vagó por enormes avenidas junto a un desbaratado mendigo cuya principal habilidad era leer el porvenir en la lenta caída otoñal de las hojas.

Y fue en alguna de aquellas tristes tardes cuando aquel único amigo le desveló que sus últimas palabras serían las primeras líneas que había leído en su lejana y olvidada infancia, aquellas que sólo aparecen, en raras ocasiones, en los más profundos sueños de las desasosegadas noches de agosto de los años bisiestos.

Desde entonces Aurelio supo que iba a morir, y su memoria se esforzó en excavar en su pasado en busca de los más escondidos secretos de su infancia. Quería encontrar aquellas primeras líneas que nunca debería pronunciar, como queriendo alargar su vida y atrasar la certera muerte. Pero su memoria, aquella que le había hecho recordar miles y miles de asombrosas y maravillosas frases, le jugó una mala pasada, le negó poder recordar cuál sería su final.

Y cuentan los más viejos del lugar que el anciano de la memoria infinita vivió más de 107 años, y que no pasó ni uno de sus días sin que recordara algún párrafo literario.

Y relata el joven que le acompañó por compasión muchos días de sus últimos años, que en los meses pares, recitaba poesía, y en los impares, novela, y que ya cercana la muerte, como si lo adivinara, inverosímilmente recitó en una sola semana la Biblia, en la versión griega, como si en un último momento buscara redimirse de sus pecados, si es que fuera un pecado recordar.

Y narra extrañado el joven párroco que le suministró la extremaunción, que sus últimas palabras antes de expirar fueron:

-Luna, lunera, cascabelera; cinco pollitos y una ternera.

Añadiendo su incomprensión de tan pueriles palabras en momentos de tanta gravedad.

Y cincuenta años después de su muerte, un conocido psicoanalista argentino que se interesó por el caso de Aurelio, y lo estudió en su famosa obra Una vida de memoria, refiere en el capítulo XXII, que los hombres que han leído más de mil libros están destinados a vivir más de cien años de soledad.

Nota: Los textos en cursiva pertenecen al El Quijote, de Miguel de Cervantes; a Pedro Páramo, de Juan Rulfo; a El Buscón, de Francisco de Quevedo, y a Funes el memorioso, de Jorge Luis Borges, respectivamente.