Cinco sentidos

Historia de un dedo

Esteban se dirá sonriendo: ¢El ambiguo aliento de vida que corre por nuestras venas bien vale un dedo¢. Y ¢cada vez que se mire la mano derecha recordará como un niño la lección aprendida: ningún destino es predecible, el viaje es la única arma que poseemos para enfrentarnos al miedo a lo desconocido¢. Todas estas palabras las ha escrito nuestra protagonista con la ayuda de Numen. Lástima que ésta posea tan escasa memoria.

Está bien, os contaré algo. Podría ser un secreto, pero no lo es. No tiene por qué serlo. No me da ningún apuro decirlo, por mucha incredulidad que mostréis. Es curioso cómo nos creemos a pies juntillas el mito del Big Bang o el mito de Edipo, por ejemplo, y después, en nuestro fuero interno, sentimos una condescendencia compasiva por los antiguos, aquellos hombres que creían en el Minotauro, sin darnos cuenta de que en esencia, siempre hemos vivido de creencias; siempre. ¿Qué me decís del mito de la igualdad social, del patrón oro o de la bobaliza... perdón, globalización, sin irmás lejos?

Tengo una musa. Eso es. Ya está dicho. Comenzaré declarando que me llamo Susana, y estoy en esa edad que Dante me enseñó a definir como: nell'mezzo del cammino di nostra vita… Soy huérfana, tengo un hermano que vive en las Bahamas -en serio, yo al principio tampoco me hacía a la idea-, un perro y una vida emocional arrebatada y confusa.

Como la mayoría de vosotros, ya he recibido unos cuantos golpes de la vida, y mi salud está resentida. Pero lo que verdaderamente me pierde es que tengo una imaginación desatada, no sé si se trata de una enfermedad o de una dádiva del Señor. Os aseguro que da bastante trabajo. Eso sí que lo sé.

Bien, pues andaba yo un día mirando la tele, bebiendo una cerveza, yendo de una parte a otra del pasillo de mi casa, fumando un cigarro, yendo de una parte a otra de la tele, bebiendo una cerveza, mirando el pasillo, fumando un cigarro, fumando un cigarro, fumando un cigarro... Y para deshacer el hechizo de las volutas de humo, ¡ale! Me pongo a escribir.

Me siento frente a la hoja en verde (para ahuyentar el temido pánico a la hoja en blanco, no sé si pilláis la referencia literaria) y he aquí que me vienen a la mente los tiempos del gran Homero.

Yo, la verdad, no tengo la costumbre de hablar en voz alta cuando estoy sola en casa, ni siquiera con el perro, porque hace ya tiempo observé que hace siempre lo que le da la gana, le hable o no. En realidad, sospecho que es el perro el que me tiene a mí. Me saca cuando quiere y sólo puedo comer cuando a él le parece bien dejar de lamerme la oreja, duerme en mi cama sin inmutarse cuando le digo que quiero estar sola; tampoco se da por aludido si lo amenazo con ir a su almohadón y llenárselo todo de mis pelos y, en fin, lo de la correa es por no llamar la atención, porque lo cierto es que es él quien me lleva donde le apetece. Horas y horas escuchando las aburridas charlas con sus amigos, paseando por parques diseñados con un mal gusto tan formidable que ni el romántico más cutre se atrevería a frecuentar. Creo que mi perro me maltrata, pero no sé si existe alguna asociación protectora a la que pueda dirigirme.

Como decía, el caso es que, por asociación de ideas con Homero y en contra de mi costumbre, me pongo a declamar en voz alta algo por el estilo:

-Musa, háblame de la heroica fémina que en largo descarrío, tras haber arrasado su ánimo con infinidad de fruslerías, muy lejos de lo humano quedó, o eso le pareció, y luchó denodadamente por sí misma y por su vida y por la vuelta al hogar, uno muy parecido a la infancia, pero sin rastro de nostalgia.

Canta, musa, sus infatigables esfuerzos por volver, volver, volver a recuperar la confianza en la raza humana. Canta, musa, las hazañas de Susana la króhnida. Hija de la tierra del Campeador, forjada en hierro y prima hermana de un licenciado vidriera...

-Tu estilo épico deja mucho que desear -me interrumpió de pronto, la musa, ajena a mi estupor infinito.

-¿Quién coño eres tú? -interpelé fingiéndome indignada, con el fin de ocultar mi estupor.

-Soy la musa, punto. He venido a inspirarte, punto. Procura ser humilde y no pasarte con la ironía, punto. Si nos llevamos bien desde el principio todo será más fácil. La voz cantante la llevo yo, parece que eso lo tienes bastante claro. Deberás escribir cuando te lo ordene sin hacer preguntas impertinentes. Punto final.

La musa, que había ocupado el sillón más incómodo de la habitación, es decir, el de diseño, cruzó las piernas y se dispuso a esperar con una mezcla de resignación y displicencia en la mirada. Mientras tanto yo, con mi perspicacia habitual y mediante un hábil juego del intelecto saqué un pequeño berbiquí y trepané un reducido agujero en mi estupor para echar una rápida ojeada a la fantasmagoría que tenía delante.

Os diré que vestía vaqueros y una camiseta blanca con una gran M roja dibujada en el centro. Calzaba sandalias de marca. Era morenota y se peinaba con una cola recogida en lo alto de la cabeza, muy pizpireta. 'Es guapa, sencilla, un pelín chic y está abducida por el diseño', me dije a modo de juicio preliminar. 'Bien, ya irá aprendiendo'.

-Me gusta tu camiseta -me limité a decir, tanteando la situación.

-Gracias. Me llamo Clío Euterpe Talía Melpómene Terpsicore Erato Polimnia Urania Calíope. Mis amigos me llaman Numen.

-Bien, pero ¿qué se supone que debo hacer?

-Lo mismo que hasta ahora -respondió la musa-, sólo que ahora me tienes a mí. Para empezar, y sin ánimo de ofender, te diré que la repetición 'volver, volver, volver' en esa especie de canto tuyo, para mi gusto se aleja bastante del lenguaje poético. Además, te contradices, puesto que anuncias que pretendes deshacerte de la nostalgia, mientras que esa reiteración en tono de ranchera no hace más que confirmar que te chifla apoltronarte en ella.

-Precisamente -me apresuré a contestar, suspicaz y ligeramente escamada-, porque soy consciente de que deslizarse en brazos de la nostalgia no conduce a nada bueno, y quiero expresar mi deseo de zafarme de ella. Y te diré algo más. Tus correcciones de estilo no me interesan, por muy musa que seas. Si yo no debo hacerte preguntas impertinentes cuando me dictes, te agradecería en contrapartida que te abstengas de hacer comentarios farragosos y pedantuelos sobre mi psicología. Que te quede esto bien claro: creo en la magia de las palabras, punto. Creo en la intuición, punto. Me considero más afín al mundo de las sensaciones y de las emociones que al de la razón estricta, punto. Soy contradictoria, punto. Y te recuerdo que decir punto y punto final es una redundancia tonta en la comunicación oral.

-Vale, vale -reaccionó la musa, alzando una mano en son de paz-. Creo que nos llevaremos bien. Tienes carácter, no te falta rebeldía y posees una mirada típicamente femenina.

-¡Dios mío! ¡No! ¡Una musa feminista!

-Oye, no te pongas histérica y escucha con atención. Iré al grano:

Samuel Butler: novelista, ensayista, crítico, músico, pintor. Espíritu rebelde, original y provocador de la segunda mitad del siglo XIX. Escribe The Authoress of the Odissey, donde imagina que La Odisea fue escrita por una mujer en Sicilia.

Robert Graves: poeta y novelista de la primera mitad del siglo XX. Grandísimo mitógrafo. Obsesionado por el origen de la poesía y la universalidad de los sentimientos humanos. Queda fascinado con la teoría de Butler y escribe la novela La hija de Homero, donde da vida a la supuesta autora de las aventuras de Ulises.

Harold Bloom: l'enfant terrible de la crítica literaria de vuestro tiempo. Tiene motivos para pensar que el autor del Génesis, æpermil;xodo y Números pudo haber sido una mujer de la corte del rey Salomón.

Y para terminar, una cita de Philippe Jaenada, autor de El camello salvaje:

'...la mujer sabe ambas cosas a la vez y obra en consecuencia. Es decir, sabe que nada puede esperarse de la existencia y, como lo sabe, se lanza al asalto porque sí, sin más, por simples ganas de vivir'.

Como verás, un discurso en el que los opuestos adquieren demasiado protagonismo, pero esclarecedor. Yo represento esa forma de ver la existencia y te aseguro que no es exclusiva de ningún sexo. Es cierto que a lo largo de los siglos las mujeres la han considerado secretamente parte de su intimidad legítima y nunca han renunciado a ella. Y tienen razón; es una forma, digamos, más abierta de ver el mundo, y ciertamente peligrosa, pero de esto te hablaré a su debido tiempo. ¿Por qué creer que soy una musa y no un muso? Todos ven lo que quieren ver y comprenden lo que quieren comprender. Algunos me tienen en cuenta y otros me dan la espalda. Eso es todo. Yo voy donde me llaman. Me da lo mismo que sea un hombre o una mujer. Las estructuras binarias llegan a enloqueceros: bueno-malo, verdad-mentira, bonito-feo, guerra-paz, hombre-mujer...

Debo confesar que quedé gratamente sorprendida ante semejante discurso. Si bien bastante confusa, pensé que debería tomar nota y reflexionar sobre ello con más calma. Sospechaba oscuramente que todo tenía que ver con la alegría de vivir, sí, pero también con la continuidad de la vida y con la muerte.

-Hay algo que quisiera saber -me interrumpió la musa-. ¿Qué significa króhnida? No conozco ningún territorio ni ascendencia que se relacione con tal nombre.

-Se refiere a la enfermedad de Krohn -contesté ruborizándome-. Un azote de nuestro tiempo. Las sociedades modernas y las enfermedades de nueva generación, ya sabes. Se caracteriza, entre otras cosas, por fortísimos dolores de estómago y descargas intestinales; tales síntomas se presentan por capricho del sistema inmunológico o en situaciones de violencia emocional; en mi caso también a ciertas alturas metafísicas. No se me da bien la escalada.

-¡Ah! ¡Estupendo! Veo que posees la inestabilidad emocional típica del hombre de genio. Una gran virtud para el asunto que nos concierne...

-¡Bah! ¡Vaya una estupimusada!

-No lo creas, las pasiones son nuestra gran baza. Un ánimo inmóvil no crea nada. Bueno ¡qué! ¿Empezamos a trabajar? -interrogó Numen, levantándose con gran energía. Comenzó a recorrer la habitación a grandes zancadas.

Yo la miraba con una sonrisa bobalicona, los ojos muy abiertos, asintiendo mecánicamente. Ante mí la hoja en verde adquirió una dimensión tan descomunal que comencé a marearme. Mis dedos cogían el bolígrafo y lo soltaban una y otra vez. Mientras me esforzaba en hacerle creer a Numen que estaba tranquila, mis manos empezaron a sudar y a frotarse continuamente una con otra, a tironearse de los dedos y apretarse los nudillos, haciendo ese ruido tan desagradable con los huesecillos.

-Veamos, ¿qué quieres decir? -reflexionó Numen-. Frotar, frotar... Frío... No. Manos, manos, dedos... ¡Sí! ¡Eso es! Manos a la obra.

Y así fue como compuse mi primera historia, la cual transcribo para vosotros a continuación.

HISTORIA DE UN DEDO

Años sesenta. Esteban es un joven médico recién casado. Tiene una pequeña consulta en las afueras de Madrid. Hoy, como todos los días de lunes a viernes, monta en el metro a las ocho y siete minutos. Se siente a gusto con el flamante maletín de cuero negro y, ensartado en su anular derecho, el anillo de oro que brilla tenuemente bajo la luz adormecida del vagón cuando pasa las hojas del periódico matutino.

Pero he aquí que esta mañana el asiento contiguo es ocupado por una mujer a quien Esteban, levantando por un momento la vista del periódico, barre con la mirada. No. No la barre, más bien la acaricia. La acaricia como lo haría una brisa repentina sobre nuestra piel en una noche de agosto, la acaricia como se desliza la mano de forma inconsciente sobre el lomo de un cachorrillo peludo. E inmediatamente esta caricia, como la mecha de un cohete, conduce a la detonación de los sentidos de Esteban, incapaz ya de levantar los ojos de la página impresa, que se ha convertido en un barullo de líneas retorcidas.

Es como si algo le soplase la nuca, un escalofrío que lo obliga a tensar los músculos de la mandíbula y a apretar los dientes. Y como consecuencia de este acto involuntario, los orificios de su nariz se dilatan, para recibir como un fogonazo el perfume sutil que florece en la piel de la mujer que tiene a su vera. Entonces sus ojos se cierran durante un tiempo más que suficiente para un solo parpadeo y tiene la súbita visión de sí mismo como un drogadicto que acaba de recibir su dosis. 'Un eterómano', piensa. Piensa también en los ojos de los pacientes muy enfermos, el gesto con que se cierran al recibir la morfina que él les administra, pero rechaza ese pensamiento, como rechaza el de los ojos que ha visto un instante, esos ojos sentados tan cerca que lo han cubierto de un manto de sensaciones dulces, extrañas y terribles.

Abre los ojos en el momento en que el vagón se detiene, aprecia confusamente unas piernas blanquísimas bajo un revuelo de gasa violeta que desaparecen tras la puerta y le dejan un hueco en el asiento de al lado. Un hueco frío dentro que nunca hasta ahora había sentido porque hasta hoy jamás había pensado en otra mujer que no fuera la suya, no así, no de este modo, y de pronto reconoce el miedo -el periódico se le cae de las manos-, miedo a la tristeza de haber equivocado su vida o no. Miedo a la duda, porque la duda es algo que odia y no sabe cómo combatirla y él siempre se ha sentido seguro, muy seguro de lo que quería y todo lo que ha hecho es lo que siempre quiso hacer, y ser médico y formar una familia y... ¡Pero ésta es su parada! Y tiene el tiempo justo para salir disparado hacia la puerta del vagón, pero sus pies se enredan de mala manera entre las hojas del periódico y debe agarrarse fuertemente al marco de la puerta para no caer en el escalón. Salta en el momento en que el vagón emprende la marcha y se da cuenta de que no puede soltar su mano del quicio, porque el anillo de recién casado se ha enganchado en un clavo absurdo que sobresale del marco. Y corre al lado de la máquina, pero corre sin fe, porque el temor a caer entre las vías lo frena, y aun así corre, aferrado al maletín con una mano y con la otra presa, consciente de que su dedo anular se va desprendiendo blanda, lenta, irremediablemente: escucha un leve crujido, piensa en el cartílago desgarrado, 'como cuando se deshuesa un pollo', discurre.

Ahora su mano está libre. Reduce la velocidad de las piernas y ve alejarse la máquina como en un sueño; se mira la mano, ve un pequeño muñón que apenas comienza a sangrar. No siente dolor. Al menos no físico.

Saca el pañuelo recién planchado del bolsillo de la chaqueta y se envuelve la mano con él, apretando fuerte. Entonces vuelve sobre sus pasos, más bien sobre su renuente carrera y escruta las vías durante un tiempo ante la indiferencia general.

Por fin, un destello lo guía y recoge de entre las vías su dedo, en el que aún permanece el anillo que arranca de la carne desgarrada y se guarda en el bolsillo. Tira el dedo al suelo envuelto en una imprecación, y con rabia sorda emprende la marcha hacia la consulta.

Habrá para Esteban más días de metro a las ocho y siete minutos, más piernas de mujer y más dudas, y más y más cruces de caminos. Durante toda su vida, cada vez que se mire la mano derecha, recordará como un buen niño la lección aprendida: que ningún destino es predecible, que es el viaje la única arma que poseemos para enfrentarnos al miedo a lo desconocido. Con cada giro que dé su vida, recreará en su mente aquel soplo en la nuca. 'El ambiguo aliento de vida que corre por nuestras venas bien vale un dedo', se dirá sonriendo.

-Bien, creo que por hoy será suficiente -sentenció la musa, ignorando mi suspiro de cansancio-. No ha estado mal, ¡eh!

-No, no… -musité, observando fascinada aquel trozo de papel verde convertido en una selva de palabras. Levanté la mirada y la observé unos segundos antes de expresarle sinceramente lo que sentía-. Gracias.

-No hay de qué. Es mi trabajo. Nos vemos cuando quieras -contestó sonriendo.

-Oye, Numen, me corroe la curiosidad. Entre tú y yo, ¿quién escribió La Odisea en realidad? Tú tienes que saberlo.

Se metió las manos en los bolsillos y se puso a silbar mirando al perro.

-Venga, tonta, dímelo.

-No me acuerdo. Fue hace mucho tiempo.

-Pues qué mala memoria.

-Sí.

-Lástima...