CincoSentidos

En tránsito

Tomás va a subir a una nave espacial para realizar un viaje de trabajo. Cree firmemente en los milagros. A él le han ocurrido dos: haber vuelto con Carmen y haber tenido a Lucía, una chica rebelde que posee el carácter que a él le gustaría tener y que tanto le recuerda a su esposa cuando la conoció hace tantísimos años. æpermil;l es un puente entre las dos, sus amores que tanto discuten, un puente entre la Tierra y la Luna.

Es increíble. Lo de tu hija no tiene nombre. Siempre la llamaba así, ¢tu hija", cuando habían discutido las dos por algo. Y la verdad es que era algo que no acababa de gustarle. Pero Tomás suponía que al fin y al cabo era algo inevitable, y después de tantos avatares ya estaba acostumbrado al carácter de Carmen. Todo lo que él tenía de reflexivo y de paciente, ella lo suplía con su fuerza y con su empuje. En definitiva, con su mala leche.

-¿Y qué le vas a decir esta noche cuando llegues? ¿Nada?

-Hablaré con ella.

-Eso no basta, ¿no crees? Si no la atas más corto, esa chica acabará con nosotros. La verdad es que ya está empezando a acabar conmigo.

Los pasillos de Terra Incógnita estaban casi vacíos. A través del ventanal podía contemplarse el velero, lejano aún, que lo llevaría aquella noche de vuelta a la Luna. Recordaba la primera vez que había llegado a Terra Incógnita, cuando aún era una de las estaciones de tránsito más orgullosas del Sistema. Ahora, con el comercio interrumpido, los programas de exploración estelar paralizados desde la Campaña de Primavera, y Marte a punto de ser abandonado, apenas si había personal en la Estación, y las averías se quedaban sin arreglar o se arreglaban a medias. La estructura seguía siendo impresionante de todas maneras. Los arcos eran orgullosos, tenían la estructura, pensada a propósito, de los arbotantes de una catedral gótica. El Imperio construía bien sus naves; eran los tiempos del recién incorporado nuevo Canciller, y con él había llegado a todo el Imperio una juventud y un entusiasmo diferentes, entonces, antes de que se convirtiese en un fantasma muy temido. En su juventud había sido reverenciado e incluso había arrastrado a muchos con su entusiasmo. Pero de todo eso hacía ya mucho tiempo. Tomás había pasado muchas veces por aquellas salas de espera, en aquella Estación que le servía de lugar de reposo, a él y a miles de viajeros al principio. A unas pocas docenas ahora, entre las colonias humanas de la Luna y las Estaciones Astronómicas de Exploración del Espacio Profundo en Deimos. Carmen lo había seguido. Al principio la oportunidad había sido solamente suya. El joven catedrático de astrofísica, el rastreador de las atmósferas estelares, convertido en jefe del Departamento de Exploración de Espectros de Deimos 4. Deimos 4... una de las más orgullosas de las Estaciones del Espacio Profundo. Había sido inaugurada, 20 años antes, por la princesa Elaine en persona. En su despacho tenía un holograma de la ocasión. La joven princesa era más pequeña y atractiva en persona que en las fotografías o las estatuas. Su melenita dorada, su rostro decidido y sonriente enmarcado por el uniforme de paseo de los viajeros del espacio, su mano, firme, mirando directamente a los ojos en el momento de estrecharla, pero de manera humilde, no hiriente, exenta por completo de prepotencia o de soberbia. Un sueño, Deimos 4.

Pero ¿y Carmen? Había una colonia importante de habla alemana en la Luna, por supuesto. Con la nueva administración, los burócratas anglófilos de la vieja administración juliana fueron sustituidos, para bien o para mal, por los tecnócratas de Nueva Germania. El Canciller se movía mejor entre máquinas que entre papeles y su séquito le seguía tan inevitablemente como la calma a la tempestad, o viceversa. Pero Carmen tenía una vida allí, en la Tierra. ¿Cómo afrontar ese cambio? Podría buscar un buen empleo para ella, y más siendo uno de los nuevos recién llegados. La ola de los nuevos tiempos llegaba con fuerza, y su empuje, que no duraría para siempre, sí tendría unos efectos importantes al principio. Pero él ya había perdido a Carmen una vez, y no estaba dispuesto a perderla de nuevo.

Dispuesto a declinar la oferta, y sin saber muy bien cómo decírselo, al final lo había hecho. Abiertamente, era una posibilidad que quedaba sobre la mesa por un tiempo. æpermil;l no haría nada para optar por esa posibilidad, no forzaría en nada las cosas. Estaba dispuesto a apartarla de un plumazo. Y sin embargo, Carmen quedó sorprendida por aquello y a un tiempo entre intrigada y decepcionada. Decepcionada por la aparente falta de ambición de él, que lo hacía aparecer ante sus ojos como alguien diferente del joven de su primer matrimonio. Sorprendida por su actitud, porque sabía lo que aquello podía significar de bueno para ambos.

-¿Es por mí? ¿De verdad estás dispuesto a dejarlo pasar por mí?

Sí, era por ella. Y el motivo no era el cariño, no exclusivamente, ni siquiera de manera determinante. De hecho, y esto ella lo supo pronto, era por miedo: por miedo a perderla de nuevo. Aquel sentimiento era lo suficientemente lleno de encanto, de callada satisfacción, como para merecer cualquier o casi cualquier sacrificio.

-Además, la niña tendrá allí más posibilidades.

Apenas una generación atrás, un embarazo a la edad de Carmen hubiera sido considerado un milagro. Pero en la época en que los falsos arcos apuntados de las galerías de la Estación de Tránsito de Terra Incógnita estaban siendo tendidos en órbita alrededor de Marte, apenas era un caso ligeramente inusual. Aparte de que, en realidad, para Carmen y Tomás seguía siendo un milagro. El valor de los milagros es relativo y no puede medirse a veces por la dificultad intrínseca de su existencia, sino por lo que representan de maravilloso para sus protagonistas. ¿Acaso es un milagro amar? ¿Y cuántos miles de hombres pasaron por la vida sin haber amado? Así, para ellos esta niña era la culminación de los anhelos de dos vidas que se unieron y marcharon paralelas la una a la otra durante un tiempo, para después separarse y más tarde, mucho más tarde, volver a reunirse por un capricho del destino, en una de las épocas más difíciles del nuevo Imperio. Aquello era realmente un milagro. Un milagro que alentó en el corazón de Tomás cada tarde, desde el primer día en que se había abrazado a su mujer muerto de miedo y henchido de orgullo y de satisfacción; un milagro que Carmen transportó en su vientre desde la Tierra a la Luna y de allí a Marte, pequeña arca de Noé llevando anuncios inesperados de buenas nuevas a través del vacío del espacio. Aquella niña había sido mecida en el cielo, en el mismísimo hogar de los ángeles.

Las colonias de la Luna fueron su hogar muy pronto. Echaron en falta las calles conocidas, los lugares eternamente revisitados, las luces, olores, colores familiares entre los que se habían criado desde que eran niños. Pero los atardeceres rojizos de la Tierra fueron sustituidos por el brillo ilimitado de las estrellas de la Cara Oculta de la Luna. Y la madre Tierra era ahora una y única, verdadera e insoslayable, eternamente azul en lo alto.

Y la hija de ambos había crecido y se había criado allí, libre de las trabas y de las limitaciones que imponía el viejo mundo. La Luna era un lugar joven. La rigidez que habían impuesto los primeros viajes espaciales para garantizar la seguridad había dado paso a una nueva generación de auténticos ciudadanos de la Luna. Qué maravillosa le parecía a Tomás la libertad de aquella chiquilla a la que apenas comprendía y que a duras penas conseguía tener sujeta a su voluntad o a la voluntad, o siquiera a los consejos, o a las sugerencias, suyas y de Carmen. Al tiempo que la libertad y el carácter absolutamente impredecible de la chiquilla le resultaban irritantes en exceso y llegaban a enfurecerlo de vez en cuando, aunque no tanto como a su esposa, le parecía inesperadamente cautivador aquel carácter libre y salvaje, y pensaba que esa libertad y esa anchura de miras hubieran hecho imposible allí una guerra como la que se libraba en la Tierra. Marte era otra cosa. Los colonos habían tenido que luchar contra un entorno natural hostil. Allí el espíritu había sido el de conquista. Pero no en la Luna, donde la tecnología había abrazado a los recién llegados, protectora, y al mismo tiempo les había hecho sentirse libres de las ataduras, de la hipocresía, de la doble moral de la Tierra.

Así que aquella chiquilla respondona y a la vez algo insegura, caprichosa pero dotada de una inteligencia natural producto de haberse criado entre computadoras, era su mayor y más secreto orgullo. Tan secreto que no se atrevía a compartirlo ni con su esposa, que veía más en Lucía el peligro de la inconsciencia o de la rebeldía que el brillo del talento. Y la chica tenía talento. Al menos había algo en aquella cabecita de melenita dorada. Los jóvenes de la Luna eran creativos. No habían tenido más amigos que las computadoras personales y los robots de apoyo. Habían pasado sus primeros días componiendo música, pintando cuadros electrónicos, animando marionetas eléctricas, imaginando historias con las que dotarlas de vida y de sentido. Así era Lucía: vivaz e inteligente. Lo que le pasaba era que detestaba las formalidades, las rigideces, las normas sociales que tan necesarias eran en la Tierra simplemente para sobrevivir. Las normas sociales que Tomás tanto había detestado en silencio.

Porque en el fondo, Tomás detestaba la Tierra. Quizás por eso se había dedicado desde su época de estudiante a mirar a las estrellas. La misma manera de hablar de las gentes le molestaba. Hablaban del amor y decían cosas como que si le di o no le di cancha o como que si había o no había echado toda la carne en el asador. La gente hablaba en la Tierra del amor como si lo hiciese de un partido de tenis o de una barbacoa. Así que Tomás, al que tanto le echaba en cara Carmen el no haber sujetado más a Lucía, el no haberla convencido para ir a la Tierra a estudiar en serio para haber emprendido una profesión con cierta perspectiva de futuro o para haber tratado de unirse a la burocracia imperial, en el fondo, sufría solamente por no perder el aprecio de aquella hija de la que estaba tan profundamente orgulloso, la hija que era quizás como a él siempre le hubiese gustado ser y que, también en el fondo, era como siempre había sido Carmen cuando la conoció.

El velero se aproximaba. Un dirigible. Así aparecía de frente, como uno de aquellos viejos globos del siglo XX. El gran cilindro superior, rígido y entero en apariencia, en realidad era sólo un tronco de cilindro, que se abría por la parte trasera revelando una estructura hueca de 20 kilómetros de radio. Bajo esta vela, tendida al viento solar, la nave era apenas un estrecho y compacto cubo alargado delante, flanqueado por las luces del puente y de los departamentos del pasaje, terminada en una elegante cola casi lisa, que cortaba la dinámica del empuje. Tomás recordaba los viejos pasillos de Terra Incógnita, cubiertos de equipaje, y los establecimientos mineros en la Luna y en Marte, tiempo atrás. Ahora los poblados mineros en Marte eran, al igual que buena parte de la estación, un conjunto de callejuelas estrechas y sucias, restos de un paisaje vivo tiempo atrás, ahora abandonado.

-Es imperdonable que no haya venido, debes hablar con ella, por favor te lo pido.

-Lo haré, vamos, se hace tarde, nos vemos el martes, ¿de acuerdo?

Sí, detestaba la manera de hablar de la gente de la Tierra acerca del amor. æpermil;l sabía que amar era asomarse a un pozo sin fondo, explorar una tierra nueva, un universo nuevo, distinto cada día, una geografía plagada de rincones ocultos, de recodos escondidos que era necesario recorrer uno a uno, día tras día, encontrando siempre un lugar diferente en el que descansar, un paraje distinto en el que fijarse, una piedra más preciosa que las otras. Amar era como explorar el universo, y había en verdad todo un universo inagotable que conocer, dentro de la persona amada. Quizás era ese el secreto de los Navegantes, ésa la razón de la luz y de la franqueza de los ojos de aquella princesa Elaine que sonreía al ofrecer su mano en el instante congelado del ayer. Dios mío, Carmen. Saber lo que piensas con solo mirarte, sin necesidad de que pronuncies ni una sola palabra, aunque sea lo que estás pensando de mí en este instante, Carmen, amor de mi vida, qué milagro. Cada pliegue de tu cuerpo, cada centímetro de piel, cada olor, cada pequeño surco en tu rostro cada mañana cuando aún estás dormida a mi lado. Qué milagro.

Se miró en el espejo de la ventanilla y contempló un hombre maduro, un poco demasiado maduro ya y algo perezoso, torpe y cobarde. Un viejo, en definitiva. Apenas un viejo torpe enamorado.

Los destellos rojizos del pelo de Carmen le decían adiós desde las ventanas sucias de la vieja estación, tan vieja como la misma Carmen, tan viejo como él mismo. Poco más allá, sobre la Luna, los ojos de una chiquilla rubia estarían fijos en el cielo, siguiendo con sus ojillos marrones a través de sus gafas azules de pasta, el camino de la estrella verde, parpadeante y orgullosa, que llevaba de vuelta al trabajo a su padre.

Y una vez más, antes de quedarse dormido, Tomás sintió la sensación de que haber podido envejecer así, juntos, siendo los dos un puente entre un mundo viejo y cansado que termina y un mundo joven, quizás no comprendido del todo pero lleno de luz y de esperanza que comienza, era lo único de toda su vida que había merecido la pena.