Lealtad, 1

Después de la batalla eléctrica

No sólo abogados y banqueros de inversión agradecen la efervescencia, que también podría llamarse promiscuidad, que vive el sector eléctrico desde hace más de año y medio. También los medios de comunicación reciben con agrado páginas y páginas de publicidad, y los inversores ven la cartera engordar al hilo de la famosa reordenación del sector. En verdad, no hay tanto que reordenar, al menos en número. Se cuentan con los dedos de una mano las compañías de cada país, pero se entrecruzan como los cubiletes de un trilero mientras sus cotizaciones alcanzan cotas impensables hace sólo unos meses.

Hay gente que llama a esto creación de valor, y seguramente tengan razón, porque el dinero parece surgir de la nada. Esta misma semana Deutsche elevaba de 31,5 a 50 el precio objetivo de Iberdrola. Suena un tanto repentino, pero es la realidad la que cambia rápidamente. La empresa ha llegado a superar los 45 euros, cuando hace un año estaba a 25. Ahora, volviendo a la creación de valor, ¿de dónde viene, más allá de la simple disposición de los inversores a colocar su dinero? Porque una eléctrica, al fin y al cabo, vende electricidad.

La demanda eléctrica no crece mucho más aprisa que el PIB nominal, y los precios están regulados. Es cierto que las energías renovables son un gran nicho de negocio, y que existen sinergias, y que las compras apalancadas pueden incrementar el beneficio. Todo eso es cierto. Pero ver subir tanto empresas de sectores regulados genera una inevitable inquietud.

Quizá esté infundada. Quizá la cuentas salgan y la estructura tarifaria actual -que parece estable- soporte la exigencia que entrañan las cotizaciones actuales. Ojalá sea así. Porque de lo contrario, alguien se va a llevar una decepción; o los inversores o los consumidores. Más allá de las consideraciones sobre si la energía debe o no ser más cara.