COLUMNA

La economía europea en el mundo

La integración europea es ya una realidad consolidada que ha convertido a la UE, según la autora, en un referente en la escena internacional. Pero, en su opinión, ahora comienza una nueva etapa de la que debe resultar una economía más competitiva, de acuerdo con los objetivos de Lisboa.

La integración europea ya ha pasado la etapa de adolescencia y es una realidad consolidada. El proyecto de la formación de un mercado único que permitiera la libertad de circulación de personas, bienes, servicios y capitales fue lanzado en 1985 y el avance en estos cerca de 20 años ha sido reseñable. Uno de los hitos ha sido la introducción del euro, cuya consolidación actual es un éxito que no todos los economistas anticipaban.

Hay que señalar que, en todo caso, la integración económica no es un objetivo en sí mismo, sino un medio para conseguir fines económicos, el último de los cuales es el bienestar de los ciudadanos. Los países de la Unión Europea muestran logros significativos en estabilidad económica y en apertura intraeuropea. La integración se pone de manifiesto en los flujos intraeuropeos, como en las exportaciones e importaciones de bienes, que se han incrementado alrededor de 10 puntos, hasta alcanzar un 31% del PIB de la Unión en 2005; también han mostrado un importante aumento los flujos de inversión directa que, en el mismo periodo, pasaron desde un 14% a un 28% del PIB.

Menos avance se ha producido en el ámbito de los servicios, ya que sólo crecen desde un 5% del PIB hasta un 6,5%. Es por esto que la nueva Directiva de Servicios es percibida como imprescindible. Al final los beneficios de la integración se cifran en un 2,2% del PIB de la Unión y en la creación de 2,75 millones de nuevos trabajos en el periodo 1992-2006.

El éxito de la integración europea también se pone de manifiesto en que ha logrado ser un referente en la escena internacional. El euro ha consolidado su puesto frente a dólar y yen como moneda de reserva. En múltiples ámbitos, las decisiones de la Unión son valoradas y replicadas por terceros países, emergentes y desarrollados. Y también la economía europea, a nivel micro y a nivel macro, cada vez tiene mayor presencia global. Los flujos comerciales de bienes y de servicios se han incrementado también con el exterior de Europa, incluso más que lo han hecho en el ámbito intraeuropeo, especialmente en el caso del comercio en servicios, que con el exterior alcanzó el 9,5% del PIB en 2005. Así que se puede afirmar que el área europea participa del fenómeno de la globalización, uno de cuyos rasgos es el incremento de la apertura comercial.

A partir de ahora, la economía europea entra en una nueva etapa, en la que se deben abordar nuevos retos y de la que debe resultar una economía más competitiva, de acuerdo con los objetivos de Lisboa. Tanto la Comisión Europea como el BCE se han manifestado en este sentido. La Comisión acaba de publicar un informe para el Consejo Europeo de primavera, en el que se repasan los logros de los últimos 20 años y se señalan las vías para conseguir aprovechar completamente los beneficios que debe deparar la Unión. El título oficial del informe es Un mercado único para los ciudadanos, pero se presenta como 'un mercado único para el siglo XXI'.

La Comisión planea realizar una revisión del mercado único a lo largo de 2007, de forma que se puedan proponer cambios en el Consejo de primavera de 2008. Los retos se pueden concretar en aprovechar los beneficios de la globalización, abordar los cambios estructurales pendientes y considerar la mayor diversidad de la Unión, que ahora cuenta con 27 miembros. Algunas cuestiones se especifican más, como es la necesidad de abordar el comercio electrónico, la modernización de la regulación de la movilidad de los trabajadores, la mayor apertura en las industrias de red, acabar con la fragmentación existente en áreas de la economía del conocimiento y la necesidad de revisar, simplificar y hacer efectiva la regulación europea.

Estos objetivos encajan bien con los expresados por el presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, que subraya la necesidad de que la especialización europea se haga en industrias más intensivas en investigación, tendencia que es más lenta en Europa que recientemente en China. La Unión Europea tiene que mejorar la innovación si quiere aumentar su productividad. Esta es una de las reformas estructurales pendientes, que va de la mano del avance en la flexibilidad del mercado laboral y de la creación de un marco adecuado para la empresa, con mayor alcance en las posibilidades de financiación y una regulación que no desincentive las iniciativas. Si la flexibilidad es una necesidad para absorber shocks y aprovechar oportunidades, también lo es la especialización productiva en bienes y servicios de valor añadido. Sólo de esta forma, Europa terminará de encontrar y afianzar su papel en la economía mundial.

Nieves García-Santos. Economista