COLUMNA

Explosión demográfica

Se veía venir. Ya somos más de 45 millones de empadronados en España. Y eso que nos decían, a mediados de los noventa, que jamás superaríamos los 40, por todo aquello de la caída de la natalidad. Pues, como en tantas ocasiones ocurre, la realidad se encarga de enterrar las hipótesis más sesudas. Lo de los 45 millones es una estimación del que esto escribe, puesto que la cifra oficial a 1 de enero de 2006, esto es, hace ya más de un año, ascendía a 44.708.964 personas, y al ritmo de crecimiento de entre 400.000 y 600.000 nuevos empadronados al año, ya podemos estimar por dónde nos encontramos. ¿Las razones de esta espectacular subida? Pues las conocemos bien. Fuerte flujo inmigratorio, residentes europeos y repunte de la natalidad, todo ello entreverado con un prolongado periodo de fuerte crecimiento económico, que supera con creces a la media europea, y que apunta ser de nuevo, para 2007, más del 3,5% del PIB.

¿Es la explosión demográfica que experimentamos causa o efecto del crecimiento económico? Dejemos que los economistas resuelvan esa pregunta, pero contentémonos con analizar los datos objetivos que ya conocemos. Casi dos millones de extranjeros cotizan a la Seguridad Social, aportando más de 8.000 millones de euros, cantidad similar al superávit del sistema. ¿Qué porcentaje de coches, pisos o consumo general va dirigido a los inmigrantes?

A la vez que ofrecen trabajo, generan demanda y consumo, al tiempo que cubren oficios no deseados por españoles, evitando una espiral inflacionaria en ese tipo de salarios. Eso hasta ahora, porque, a buen seguro, muchos de ellos prosperarán, se convertirán en empresarios, generarán riqueza y ampliarán y abrirán nuestra estructura económica. Pronto nos acostumbraremos a grandes empresarios españoles de origen hindú, chino, ecuatoriano o marroquí, tal y como ocurre en las grandes cities del mundo, como Londres o Nueva York.

Pronto nos acostumbraremos a grandes empresarios españoles de origen hindú, chino, ecuatoriano o marroquí

Podemos calificar nuestro crecimiento de población como una auténtica explosión demográfica. De los 44.108.530 censados el 1 de enero de 2004, hemos pasado a los 44.708.964 ya referidos a principios de 2006. Un crecimiento de 600.000 personas, que suponen un alza relativa del 1,4%. A esta población estable deberíamos sumar la itinerante de los turistas, que rondan los 60 millones de personas al año, y que suponen uno de los grandes motores de nuestra economía.

Nuestra población crece a una velocidad sin precedentes, y sin que sepamos muy bien cuál será su límite. ¿Hasta dónde llegaremos? No lo sabemos. Pero si miramos a Reino Unido o Italia, veremos países mucho más poblados que el nuestro, y con menos superficie. Probablemente, en 10 años habremos alcanzado los 50 millones de residentes en nuestro país y, quién sabe, más a largo plazo alcancemos los 66 millones que apunta el ínclito Miguel Sebastián. Este crecimiento proporciona beneficios económicos y culturales a corto plazo, pero también tiene sus contraindicaciones, tales como las esporádicas tensiones sociales que nos alarman, la sobresaturación en los servicios públicos que no crecen al ritmo de la demanda, las dificultades de integración y sobreexplotación de los inmigrantes, la masificación de las grandes ciudades y del litoral costero, generando graves problemas de capacidad de las infraestructuras, en la movilidad y en los consumos de los suministros básicos.

La demanda de viviendas de bajo coste seguirá muy fuerte durante los próximos años, por lo que veremos reconvertirse a muchas de las empresas promotoras para satisfacer ese tipo de demanda. Uno de los mayores costes que experimentaremos, en caso de que la bomba demográfica se prolongase, será el medioambiental. Basta con recorrer nuestra costa mediterránea para comprender hasta qué punto podemos alterar el territorio y el medio ambiente. Y esto no ha hecho nada más que empezar, si atendemos a las previsiones más elevadas de crecimiento de la población y el turismo.

Aunque es fácil decirlo, y muy difícil conseguirlo, nuestros poderes públicos deben prepararse para ese escenario. Por ello, los Presupuestos de cada año deben realizarse sabiendo que cada año seremos más los que tendremos que utilizar los servicios y las infraestructuras públicas. ¿Que eso cuesta dinero? Por supuesto. Pero también es verdad que esa mayor población también se ha convertido en una mina de oro para las arcas públicas. Nuestros superávits así lo cantan.

Manuel Pimentel.