Lealtad, 1

El viento no sólo sopla de cola

A veces cuesta más darse cuenta de las obviedades que poner en marcha complejos mecanismos de análisis. Llevaba la Bolsa 10 semanas subiendo de forma ininterrumpida, impulsada por unos datos económicos templados -ni malos hasta el punto de dar miedo ni buenos hasta el punto de dar pie a tipos más altos-, por las operaciones empresariales y por lo que se ha dado en llamar la liquidez, esto es, el dinero. Hay mucho dinero en el mercado, se dice, y eso sustenta las alzas. Y es verdad. Hasta que deja de serlo.

Dicen los que saben de ajedrez que el jugador novel suele obsesionarse con la superioridad material. Centra su atención en tener un peón de más, un caballo de más o en cambiar una torre por un alfil, sin darse cuenta de que las piezas son importantes en la medida en que cumplen una función, no por su mera presencia sobre el tablero. Con el dinero, o la liquidez, que es lo mismo, sucede algo similar. Que haya más o menos dinero en el mercado -algo que depende de los niveles de tipos de interés y del ritmo de crecimiento del crédito bancario- es, obviamente, muy relevante de cara al inversor, pero no salva a la Bolsa de una corrección severa si se dan las condiciones para ésta.

Baste como ejemplo el nerviosismo que ha generado en el mercado la rápida revalorización del euro de los 1,29 dólares por unidad a los 1,33. Sólo es un 3,1%, pero ha encendido las luces de alarma en las salas de negociación. La verdad es que la semana pasada había más o menos el mismo dinero que el anterior. Y eso no evitó la corrección. Tampoco habría evitado caídas de la Bolsa adicionales si la tormenta en el mercado de divisas hubiese sido más virulenta.

Que el dinero per se sirva para que la Bolsa suba frente a viento y marea es un pensamiento voluntarista y naif típico de mercados recalentados y abocados, por lo tanto, a una dosis de realidad. Que la necesaria medicina se administre de forma paulatina es la diferencia entre un mercado aburrido y uno demasiado volátil. De hecho, son precisamente estas alegres elucubraciones -normalmente soportadas por sesudos y complejos análisis- las que permiten el paso de esa invisible línea roja. Sólo queda esperar que, esta vez, el buen sentido no haya llegado demasiado tarde.