TRIBUNA

De alhelí

Hace pocos días, tras 20 minutos caminando con mi amigo Luis por la T-4 del aeropuerto de Barajas, donde cualquier trayecto es un pedazo de excursión, se cruzó con nosotros un señor vestido impecablemente y con aspecto de perdonavidas. A distancia se saludaron cortésmente y Luis me puso al tanto: 'Es socio de la empresa tal y cual, con un cargo muy rimbombante, aunque ahora está apartado de la gestión y lo han relegado a tareas internacionales, cuyo alcance y contenido se desconocen. Eso sí, apariencia la tiene toda y, además, aunque no hace nada de provecho, se lo ha creído'.

Al recordar la escena aeroportuaria, me topé con una certera reflexión sobre los directivos cuyo autor es Carlos Losada, director general de Esade. La cita viene al pelo: 'Esa lejanía de la realidad derivada de creerse el propio éxito de manera desproporcionada y la dificultad para aceptar la crítica son el primer paso hacia el fracaso'.

Claro que esto de creérselo tiene su explicación en la propia esencia del hombre, que es presumido por naturaleza. Erasmo decía que el espíritu humano está moldeado de tal forma que se deja engatusar casi siempre por las apariencias. Y eso suele ocurrir cuando perdemos el sentido de la realidad, el famoso sentido común. Entonces, además de tropezar, probablemente nos daremos también un hermoso batacazo.

Belerofonte, el héroe mitológico protegido por Atenea, no sólo superó las pruebas a las que le sometió el rey Yóbates, sino que fue capaz, a lomos de Pegaso, de dar muerte a la Quimera, ese horrible ser mezcla de cabra, serpiente y león que arrojaba fuego por la boca. Concluidas sus hazañas, borracho de éxito, jaleado por sus corifeos pelotas y malamente aconsejado, Belerofonte se creyó dios y se dispuso a ocupar su plaza en el Olimpo; Zeus, molesto por tal desatino ('¿pero qué se ha creído este niñato?', parece que dijo), hizo que Pegaso se encabritara y su jinete cayera al suelo. Tullido y ciego, Belerofonte vagó hasta su muerte por la Tierra como el humano que siempre fue.

Después de algún tiempo en el ejercicio de su cargo (y aun desde el momento en que son nombrados), algunos de los que son directivos y se creen líderes se sienten embriagados por los honores que reciben -que son del cargo, o de su empresa, pero no propiedad de ellos- y, desafortunadamente, muchas veces se comportan como el asno de la fábula, que creía que el incienso quemado ante la estatua de la diosa que portaba en su lomo se destinaba a él mismo. ¡Hay que ser burro, además de idiota! Me refiero, claro está, a esos líderes virtuales, no al pobre animal.

El directivo, el líder, tiene que ser, sobre todo, humilde; es la más eficaz fórmula o antídoto contra la depresión. Y, además, no debe ser estúpido. Pero estas exigencias no son fáciles de cumplir. Los seres humanos -ya lo hemos dicho- somos por naturaleza fatuos y presuntuosos, y más cuando triunfamos o estamos en trance de hacerlo; incluso cuando nos dan un carguillo.

El directivo, hombre o mujer, además de hacer bien su trabajo y de mantener un comportamiento ejemplar, debe ser capaz de administrar un plus de responsabilidad. Su principal compromiso no es ser florero ni ser diferente ('la desigualdad se ha convertido en el talón de Aquiles de la economía moderna', dice Sennett), sino la lealtad y el sagrado compromiso de conservar y acrecentar la empresa para los que vendrán después.

El directivo, el líder, es sólo depositario de un patrimonio, de una cultura, de una marca, del porvenir de las gentes que, cumpliendo con su deber, trabajan con él y para la empresa, del éxito empresarial…; de todo eso es depositario y, además, en primer lugar, su responsable.

Volvamos al principio. Cuando mi amigo Luis finalizó apresuradamente la información sobre el sujeto con el que nos habíamos cruzado en el aeropuerto, remató diciendo: 'Es un capullo'. Y yo -me salió del alma- añadí, de alhelí, que es una planta de flores olorosas y colores varios que se cultiva para el adorno, como ocurre con algunos directivos.

Al final, recordando mi tierra aceitunera, pensé que sería estupendo concluir que también en el mundo de la empresa, lo mejor es hacer las cosas sin alharacas, estilo olivar; es decir, dando frutos sin hacer ostentación de flores.

Juan José Almagro. Director general de Comunicación y Responsabilidad Social de Mapfre