TRIBUNA

La guerra de los vídeos

Ningún invento lo es mientras no se independiza del inventor y sobrepasa las intenciones determinadas bajo las que fue concebido. Recordemos la imprenta, invento sobre el que tanto acaba de ilustrarnos Alberto Corazón en su discurso de ingreso ante la Real Academia de Bellas Artes. La imprenta quería ser el instrumento maravilloso para la difusión de la Biblia pero enseguida se les fue de las manos. Primero, porque el fenómeno de la difusión no fue neutral en el desarrollo del conflicto religioso sino que jugó de modo decisivo a favor de la reforma protestante, al hacer posible en la práctica el libre examen de los textos sagrados. Se disolvía así, en consecuencia, el poder que hasta entonces había acompañado al acceso que casi en exclusiva tenían los clérigos a los contados códices que atesoraban en monasterios y demás instituciones religiosas.

Además, de modo inmediato se probó que con la misma facilidad que se imprimía la Biblia se podían imprimir otros textos por muy desviados que estuvieran del dogma y de las buenas costumbres. Por eso, la aparición de la imprenta acarreó en perfecta sincronización la modernización de la censura, que llevó a la confección del índice de libros prohibidos, que acarreaba penas canónicas y anatemas contra todos aquellos que se dieran a la lectura de obras y de autores declarados perniciosos para el mantenimiento de la fe verdadera o que se consideraran incitadores del desenfreno de las pasiones. Algunos eclesiásticos se reservaban el derecho exclusivo de hacer esas lecturas que luego con todo celo procedían a prohibir a los demás. Ellos podían leer porque tenían la formación suficiente para resistir esos embates pero se irrogaban el poder de evitar a sus hermanos más débiles el impacto de las malas doctrinas.

Del mismo modo que la imprenta, las leyes de la propaganda y las de la demoscopia enseguida han sido de conocimiento general y han quedado a disposición de todos. De ahí que ahora también se utilice con renovada intensidad la moderna herramienta de los vídeos. Lo hizo Convergència i Unió en las autonómicas de Cataluña por mimetismo con la campaña electoral norteamericana. Lo hicieron en la campaña del 2004 los socialistas con la imagen del dóberman, fue un recurso de la FAES para deslegitimar el resultado de las elecciones que dieron la victoria a José Luis Rodríguez Zapatero y en esa línea continuó el Partido Popular, deseoso de reforzar sus mensajes sobre la ineficiencia del Gobierno socialista en materia de seguridad ciudadana.

Del mismo modo que la imprenta, las leyes de la propaganda enseguida han sido de conocimiento general

Querían esgrimir mensajes contundentes y buscaron en su apoyo imágenes de impacto. Olvidaron cuidar las circunstancias de lugar y tiempo. Luego sucedió que aquellas imágenes sometidas al análisis detallado se probó que procedían de hechos reprobables acaecidos durante la época de los Gobiernos del PP de José María Aznar, incluso siendo Mariano Rajoy titular de la cartera de Interior. Otras imágenes estaban tomadas más lejos, en Colombia. Pero semejantes apaños han quedado sin consecuencias. Ni Ignacio Astarloa, responsable de los asuntos de seguridad; ni Eduardo Zaplana, portavoz del grupo parlamentario; ni Ángel Acebes, secretario general del partido que tanto las pía, han asumido responsabilidad alguna.

El propio Mariano, líder máximo, ha querido quitarse el asunto de encima con respuestas a los periodistas en las que señalaba cómo se consideraba perjudicado y seguía esperando las excusas de la productora, todavía innominada, y de la propia agencia Atlas, que al parecer había suministrado las imágenes fuera de lugar y tiempo insertadas en el vídeo de marras. Son actitudes que recuerdan a las de Jaimito, cuando se encontraba a bordo de un navío y le advertían 'Jaimito, que se está hundiendo el barco'. Y nuestro Jaimito respondía impasible aquello de 'y a mí qué, si el barco en nuestro caso, el vídeo no es mío no lo he producido yo'.

Dicen que el vídeo de José Blanco forma parte de un ejercicio de legítima defensa. Que para nada incorpora músicas estridentes. Que se limita a una escueta aportación de hechos con las voces de los propios protagonistas empeñados en mentir negando lo que hicieron cuando gobernaban a la vista de todos. Pero el vídeo queda también disponible para su utilización por Arnaldo Otegi, porque como siempre la división de los demócratas abre espacios utilizables por sus adversarios afines al terrorismo. En definitiva, que la guerra de los vídeos nos seguirá brindando nuevos desastres.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista